Lío.

Esta es la imagen que me define ahora mismo. Intentando instalarme lo mejor posible por aquí (sí, ya está más o menos operativo), pero ya sabéis lo que tienen las mudanzas. He conseguido trasladar las antiguas entradas pero no lo he logrado con los comentarios (que por supuesto siguen a salvo en el otro blog. Por nada en el mundo quisiera perder todas vuestras palabras). Cabezota como soy, seguiremos devanando el ovillo hasta conseguirlo (espero no tener que darle mucha lata a mis informáticas favoritas). Y torpe como soy también, he borrado el ‘bienvenido’ que os puse ayer con todos los comentarios de los que ya os habíais acercado hasta aquí. Entono el mea culpa y me pongo a currar para que no decaiga la fiesta.

Actualizando (9 de noviembre): Los comentarios ya están todos en su sitio, gracias al empeño y el buen hacer de Phoebe, que más que el sueño de la luna es un sol con su sistema y todo.

Ya me lo ha dado!!

Para empezar, muchas gracias a todos los compinches ¡¡sois unos gamberrísimos todos!! ¡Cómo me habéis tenido engañada!!

A las facedoras, muchas gracias, os ha quedado precioso, además ya sé quién puede guardar un secreto perfectamente.

Y sobre todo, muchas gracias al guapísimo por el regalo, por el gato, por este nuevo blog… y más que nada, por dos años como éstos, en los que he sido, en los que estoy siendo tan feliz.

Rufus Wainwright.

Hace unos cuantos años, en un fin de semana de esos que pasaba sola en casa, sin pisar la calle ni para comprar tabaco, y sin siquiera los gatos (todavía no habían llegado a casa) para hablar con ellos, en una noche en blanco (era lo que tenía llevar el horario cambiado), disfrutando de la exquisita programación de la televisión, recalé en una cadena de esas que sólo ponen vídeos musicales. No sé lo que estaba viendo, tampoco lo que vi después, pero de pronto empezaron a sonar estos acordes que ya conocía y salió la pequeña rubia, con esos ojos verdes (¿a quién me recordó?) y ese chico que parecía arrastrar las palabras de una manera tan dulce. El rótulo con el nombre del cantante pasó demasiado rápido, y al día siguiente me aposté delante de la tele con esa cadena como único fondo a la espera de saber quién era.

Cuando hace casi dos meses me llamaron para decirme «He hablado con K. Actúa en Barcelona alguien a quien estás deseando ver», al principio no caí. Di un par de nombres antes de dar el suyo, pero a las dos horas ya tenía reservado el vuelo para pasar ese fin de semana en Barcelona. Y ese fin de semana es éste. Una perfecta forma de celebrar mis dos años más felices.

Montaigne.

Que se alejen la violencia y la fuerza, nada hay a mi juicio que bastardee y trastorne tanto una naturaleza bien nacida.

Montaigne, Ensayos. Capítulo XXV.
De la educación de los hijos a la señora Diana de Foix, condesa de Gurson.

Ilustración, de aquí.

Ropa tendía.

Vivo en una casa en el que casi todas las ventanas (es lo que tiene vivir en lo más parecido a un vagón de tren) dan a un patio interior. Enorme, eso sí, que lo forman las contrafachadas de siete fincas, pero interior. Y al ser interior no cuentan aquí los bandos de la alcaldesa, que sólo permite los gallardones (perdón, los gallardetes) en las grandes regatas y considera que tender hacia la calle es una ordinariez, con lo cual, el patio, todos los días, queda convertido por los vecinos en una fiesta de sábanas, camisas, calzoncillos y demás prendas expuestas al sol, como si de banderolas coloridas en una cabalgata se trataran.

Pero el aire de película italiana es superado por la realidad. Bárbara, mi vecina de arriba (no se llama así, pero tener un marido clon de Ángel Cristo, gastar tinte rubio-rubísimo y tener tres leones por hijos la hacen digna merecedora de ese nombre) decidió un buen día ponerle banda sonora a la ya colorida tarea de tender y así, cada vez que tira de las cuerdas, arrastrando hacia sí un trozo libre de dónde colgar la siguiente prenda, las poleas (o carruchas, como prefiráis) se quejan en un chirrido capaz de levantar a la vez todo el pelo de un cuerpo. Oyéndolo entiendo cómo debía sentirse Clarece en la matanza de los corderos, porque el «ruidito» es lo más parecido al último chillido que emite un pavo antes de Navidad.

Y como no hay dos sin tres, ni una sin veinte, varias vecinas envidiosas y deseosas de protagonismo han entrado en competición con Bárbara no por ver, como si de un anuncio se tratara, quién tiende más limpio, sino cuál de ellas forma más escándalo a la hora de tender o recoger la ropa. Bárbara parte como favorita, claro, que por algo ya acumula varios trienios, pero esas jovenzuelas vienen siguiéndola muy de cerca.

Lo peor que llevo de esta competición es que cualquier momento es bueno para revalidar el título y da igual que sean las tres de la tarde que la una y media de la mañana (esto supongo que será cuando coincide el Gran Premio de carruchas de Japón, por eso de la diferencia horaria). Ahí están ellas, impasibles al sol, a la humedad que cae tal que empieza a oscurecer y que deja la ropa más mojada que recién sacada de la lavadora o a la oscuridad detrás de cada ventana que denota que el resto de los habitantes de este pequeño universo vecinal estamos ya durmiendo.

¿Alguien sabe dónde se puede conseguir 3 en 1 al por mayor?

Ropa tendía.

Vivo en una casa en el que casi todas las ventanas (es lo que tiene vivir en lo más parecido a un vagón de tren) dan a un patio interior. Enorme, eso sí, que lo forman las contrafachadas de siete fincas, pero interior. Y al ser interior no cuentan aquí los bandos de la alcaldesa, que sólo permite los gallardones (perdón, los gallardetes) en las grandes regatas y considera que tender hacia la calle es una ordinariez, con lo cual, el patio, todos los días, queda convertido por los vecinos en una fiesta de sábanas, camisas, calzoncillos y demás prendas expuestas al sol, como si de banderolas coloridas en una cabalgata se trataran.

Pero el aire de película italiana es superado por la realidad. Bárbara, mi vecina de arriba (no se llama así, pero tener un marido clon de Ángel Cristo, gastar tinte rubio-rubísimo y tener tres leones por hijos la hacen digna merecedora de ese nombre) decidió un buen día ponerle banda sonora a la ya colorida tarea de tender y así, cada vez que tira de las cuerdas, arrastrando hacia sí un trozo libre de dónde colgar la siguiente prenda, las poleas (o carruchas, como prefiráis) se quejan en un chirrido capaz de levantar a la vez todo el pelo de un cuerpo. Oyéndolo entiendo cómo debía sentirse Clarece en la matanza de los corderos, porque el «ruidito» es lo más parecido al último chillido que emite un pavo antes de Navidad.

Y como no hay dos sin tres, ni una sin veinte, varias vecinas envidiosas y deseosas de protagonismo han entrado en competición con Bárbara no por ver, como si de un anuncio se tratara, quién tiende más limpio, sino cuál de ellas forma más escándalo a la hora de tender o recoger la ropa. Bárbara parte como favorita, claro, que por algo ya acumula varios trienios, pero esas jovenzuelas vienen siguiéndola muy de cerca.

Lo peor que llevo de esta competición es que cualquier momento es bueno para revalidar el título y da igual que sean las tres de la tarde que la una y media de la mañana (esto supongo que será cuando coincide el Gran Premio de carruchas de Japón, por eso de la diferencia horaria). Ahí están ellas, impasibles al sol, a la humedad que cae tal que empieza a oscurecer y que deja la ropa más mojada que recién sacada de la lavadora o a la oscuridad detrás de cada ventana que denota que el resto de los habitantes de este pequeño universo vecinal estamos ya durmiendo.

¿Alguien sabe dónde se puede conseguir 3 en 1 al por mayor?

De aquí a la eternidad.

Crecí viéndola atada a un poste mientras el leal Ursus tumbaba un enorme toro para salvarla, envidiándole los vestidos y la compañía de un Yul Brynner que repetía «etcétera, etcétera, etcétera» una y otra vez, maravillándome de aquel corte de pelo improvisado que ya quisiera Ruppert para sus salones y con el que se libró de la incomodidad a la vez que de la apariencia de ñoña (aquí puedo jurar que no le envidiaba para nada la compañía); empujándola hacia el Empire State a los brazos de Gary Grant y, sobre todo, saboreando con ella en la arena el beso más torrido e inmenso de la historia del cine.

Descanse en paz, Mrs. Kerr.