De aquí a la eternidad.

Crecí viéndola atada a un poste mientras el leal Ursus tumbaba un enorme toro para salvarla, envidiándole los vestidos y la compañía de un Yul Brynner que repetía «etcétera, etcétera, etcétera» una y otra vez, maravillándome de aquel corte de pelo improvisado que ya quisiera Ruppert para sus salones y con el que se libró de la incomodidad a la vez que de la apariencia de ñoña (aquí puedo jurar que no le envidiaba para nada la compañía); empujándola hacia el Empire State a los brazos de Gary Grant y, sobre todo, saboreando con ella en la arena el beso más torrido e inmenso de la historia del cine.

Descanse en paz, Mrs. Kerr.

Círculos.

La vida son círculos. Círculos concéntricos por los que vamos deambulando desde que nacemos. Primero son círculos pequeños, como pistas en las que nos movemos y que están formadas por lo que conocemos. A medida que crecemos, los círculos se van ensanchando, porque a ellos vamos incorporando todo lo que vamos adquiriendo en el devenir de los años. Así vamos saltando de círculo en círculo conforme el anterior se nos va quedando pequeño.

Algunas veces, algún hecho aislado, sorpresivo, dibuja otro pequeño círculo dentro de la línea del que seguíamos en ese momento, nos incorporamos a él, como a una pequeña rotonda, y terminamos por seguir nuestro camino, por completar nuestro círculo una y otra vez hasta el próximo salto.

Otras veces, el hecho aislado no es tan insignificante como para que solo lo rodeemos. En esas ocasiones, el hecho aislado viene disfrazado de aire fresco y al pasar por entre los círculos concéntricos que forman nuestra vida, como si estos estuvieran impregnados de materia jabonosa, forma una especie de burbuja o pompa que nos rodea junto a nuestros círculos concéntricos. Y como todas las pompas de jabón, reflejan los colores y parece que nada hubiera fuera. Y exhalamos aire en forma de suspiros para que esa burbuja crezca, para que no le salgan manchas que son las que terminan explotándolas. Y construimos nuevos círculos concéntricos, en distintas direcciones, una especie de ovillo que forme los pilares de esa burbuja.

El aire fresco que construye mis burbujas llega del noreste.

La imagen, de aquí


Círculos.

La vida son círculos. Círculos concéntricos por los que vamos deambulando desde que nacemos. Primero son círculos pequeños, como pistas en las que nos movemos y que están formadas por lo que conocemos. A medida que crecemos, los círculos se van ensanchando, porque a ellos vamos incorporando todo lo que vamos adquiriendo en el devenir de los años. Así vamos saltando de círculo en círculo conforme el anterior se nos va quedando pequeño.

Algunas veces, algún hecho aislado, sorpresivo, dibuja otro pequeño círculo dentro de la línea del que seguíamos en ese momento, nos incorporamos a él, como a una pequeña rotonda, y terminamos por seguir nuestro camino, por completar nuestro círculo una y otra vez hasta el próximo salto.

Otras veces, el hecho aislado no es tan insignificante como para que solo lo rodeemos. En esas ocasiones, el hecho aislado viene disfrazado de aire fresco y al pasar por entre los círculos concéntricos que forman nuestra vida, como si estos estuvieran impregnados de materia jabonosa, forma una especie de burbuja o pompa que nos rodea junto a nuestros círculos concéntricos. Y como todas las pompas de jabón, reflejan los colores y parece que nada hubiera fuera. Y exhalamos aire en forma de suspiros para que esa burbuja crezca, para que no le salgan manchas que son las que terminan explotándolas. Y construimos nuevos círculos concéntricos, en distintas direcciones, una especie de ovillo que forme los pilares de esa burbuja.

El aire fresco que construye mis burbujas llega del noreste.

La imagen, de aquí


Olas.

Noche. La habitación a oscuras. Apenas una sábana cubriéndome la piel en este octubre con vocación de mayo tardío. Sola, apresto el oído. En alguna terraza cercana alguien cumple años: hace rato que voces desafinadas lo celebraban. Ahora sólo se oyen algunas risas rezagadas.

En la habitación de al lado, en otra casa, alguien ha encendido el televisor. Es triste no tener nada mejor que hacer en un dormitorio que ver una película. Parece que es de aventuras. Aventuras de otros. Ellos, a un palmo los cuerpos y sólo tienen ojos y oídos para la pantalla.

No es demasiado tarde y mañana es fiesta. Hoy también se oye el mar. No está demasiado lejos ni demasiado cerca, pero es como si la marea arrastrara arena en un murmullo hasta el pie de mi cama. No hace viento, no es un mar embravecido. Suenan las olas que llegan tranquilas a la orilla, como quien llega de un viaje sabiendo que al otro lado de esa puerta hay alguien esperándole, sabiendo que su próximo paso será un beso.

Se oye el mar. Olas rotas sobre la arena que presagian algo bueno.

La imagen, de Manuel García.

Noticia.

Primero porque lo prometí. Luego porque muchos me habéis preguntado durante estos tres meses. También porque Beaumont está ahí como un Pepito Grillo reclamando mi promesa. Y por último, porque estoy tan contenta que quiero que valga este post como grito a los cuatro vientos virtuales. Y es que lo que tengo que deciros es que, de aquel examen que hice en julio, ha salido la lista de aprobados y, contra todo pronóstico (contra todo MI pronóstico, que parece ser que los que me rodean sí estaban convencidos de que sería así)

ESTOY EN ELLA

Además ya sé que tengo plaza segura, aunque todavía el proceso no ha terminado y no sé cual será. Y como no quiero adelantar acontecimientos, sólo deciros que os seguiré manteniendo informados.

Eso sí, que alguien me tire un pellizco que estoy que todavía no me lo creo.

A través del espejo.

El espejo de Alicia que ahora es de Ana atesora imágenes. En este instante sólo devuelve el reflejo del escorzo perfecto de dos cuerpos sobre los que se derrama la luz de ópalo del atardecer, dos pares de pies entrelazados, respiraciones dormidas, unas caderas erguidas y cóncavas que acogen en su molde perfecto a otras caderas erguidas y convexas, espalda contra pecho y brazos que abrazan y manos que esquivan obstáculos para asirse a otras manos de las que no son más que el eco inverso.

El espejo de Alicia que ahora es de Ana atesora imágenes. En este momento, generoso, nos devuelve ésta, estampa del sopor del placer satisfecho. Pero si se mira a través, un poco más lejos, tanto como unas cuantas decenas de minutos, algunos meses antes o incluso dos segundos atrás, se pueden distinguir, trozo a trozo, la vida de los dormidos, sus quehaceres y sus amores, sus luces y sus sombras, cada minuto de piel recorrida y cada centímetro de tiempo apurado, todos ellos grabados en la retina de azogue del espejo de Ana, el que una vez, ya hace tiempo, fue de Alicia.

A través del espejo.

El espejo de Alicia que ahora es de Ana atesora imágenes. En este instante sólo devuelve el reflejo del escorzo perfecto de dos cuerpos sobre los que se derrama la luz de ópalo del atardecer, dos pares de pies entrelazados, respiraciones dormidas, unas caderas erguidas y cóncavas que acogen en su molde perfecto a otras caderas erguidas y convexas, espalda contra pecho y brazos que abrazan y manos que esquivan obstáculos para asirse a otras manos de las que no son más que el eco inverso.

El espejo de Alicia que ahora es de Ana atesora imágenes. En este momento, generoso, nos devuelve ésta, estampa del sopor del placer satisfecho. Pero si se mira a través, un poco más lejos, tanto como unas cuantas decenas de minutos, algunos meses antes o incluso dos segundos atrás, se pueden distinguir, trozo a trozo, la vida de los dormidos, sus quehaceres y sus amores, sus luces y sus sombras, cada minuto de piel recorrida y cada centímetro de tiempo apurado, todos ellos grabados en la retina de azogue del espejo de Ana, el que una vez, ya hace tiempo, fue de Alicia.

Brainstorming.


La D.O de la Chirimoya de la Costa Tropical de Granada y Málaga da a conocer las virtudes de este fruto.

La chirimoya cuenta con un componente natural hipotenso que activa la encima nitrososintasa, un vasodilatador, y responsable por tanto de favorecer la excitación, de forma natural, similar a los efectos provocados por la conocida viagra.

Se aceptan ideas para un eslogan.

Café amargo.

En alguna ocasión ya os he contado que todas las mañanas, antes de entrar a trabajar, suelo tomar café en una cafetería que hay justo al lado de la oficina. Creo haberos dicho también que la costumbre de tomarlo allí no obedece, precisamente, a la calidad del café, que parece que, en vez de Alejandro, lo hace José Coronado echándole todos los bifidus activos y las L. cassei inmunitas que pilla.

Pero resulta que hay veces en las que el café es todavía muchísimo peor, y no precisamente por culpa de Alejandro, de Juan Valdés ni de las vacas del valle de los Pedroches. Veces en las que el sorbo se te queda en la boca y no eres capaz de tragarlo y lo único que harías a gusto sería espurrearlo sobre una corbata de seda y una camisa tan impoluta que de ser lienzo sería ofensiva, tan ofensiva casi como la boca inmunda que acaba de hacer gala de un clasismo disfrazado de xenofobia, tan ofensiva como la mezquina mente que concibe esas ideas y que no se compunge precisamente al expresarlas, seguros de que sentarán cátedra, gustosos de oírse a sí mismos y pendientes del efecto que causan sus palabras en lo que ellos piensan público devoto.

Entonces tú tragas el café, dispuesta a que sea lo único que tragues, das un golpecito en la base del obelisco en el que se ha encaramado el sujeto, construido con su propio ego mezclado con engreído convencimiento y abominable juicio. Entonces la máquina se desmorona, y ves que está hecha simplemente de barro. De sucio y vil barro.