Puchero.

Desde que tengo uso de razón, en casa de mis padres el otoño siempre se ha inaugurado con un caldo gallego hipercalórico y supervitaminado. Ahora que los hijos ya somos mayores, además el caldo se ha convertido en la excusa perfecta para reunirnos abuelos, hijos y nietos, comer juntos, charlar, tener interminables sobremesas y digestiones tipo boa constrictor. Este año, con la abuela desplazada en labores humanitarias y puerperales y ante la bajada de las temperaturas y la llegada de las primeras lluvias en su ausencia, no ha habido más remedio que cambiar la costumbre y el menú: pucherito, con todos sus avíos, que ha salido blanquito y ha dejado la casa con un adorable olor a invierno. No es lo mismo, pero estaba delicioso.

Tormenta.

Todo fue cerrar los ojos y el tiempo se detuvo. Tu rostro frente al mío, tan cerca que no podía respirar, se iba deshaciendo en unas gotas sinuosas y espesas que ascendían a una superficie imposible, imitando a una hipnótica lámpara de lava. Apreté los ojos con fuerza, tanto que me quedé sin ellos, y a través de las órbitas vacías se iba adentrando en mí, como en un suspiro, la oscuridad en la que te habías convertido. Dolía. Las cuencas huecas de mis ojos me dolían mientras tus tinieblas me traspasaban. Detrás de mí, un resplandor cegador. Otro. A los pocos segundos, el cielo se derrumbaba en un estrépito.
Era de noche y había comenzado a llover.

Cumpleaños.

El de mi pequeña princesa, que ha sido hoy. Bueno, lo de pequeña no deja de ser una metáfora, un como veremos las madres siempre a nuestros hijos, porque la mía ya es más grande que yo, y ya empiezo a heredar su ropa. Y sólo han sido doce años (dios mío, alguien se ha fijado de qué están hechos los petit suisse?). Doce años que han pasado casi sin sentir y que me hacen casi perder la noción de lo que fue mi tiempo sin ella. Que sean muchos más, mi linda.

Cumpleaños.

El de mi pequeña princesa, que ha sido hoy. Bueno, lo de pequeña no deja de ser una metáfora, un como veremos las madres siempre a nuestros hijos, porque la mía ya es más grande que yo, y ya empiezo a heredar su ropa. Y sólo han sido doce años (dios mío, alguien se ha fijado de qué están hechos los petit suisse?). Doce años que han pasado casi sin sentir y que me hacen casi perder la noción de lo que fue mi tiempo sin ella. Que sean muchos más, mi linda.

Natalicio.

Cactus, hermana de la que suscribe, gaditana de nacimiento y emigrante en tierras murcianas por devoción, que no por obligación, y Toni, cartagenero moreno de nombre y piel, han sido padres, esta misma tarde, de un precioso churumbel al que le impondrán el bíblico nombre de Pablete, dotado con unos magníficos ojos que prometen desde ya comerse el mundo y sus aledaños, y que será, si el cielo no lo remedia, cartaginés de nacimiento y chirigotero de adopción.

Porque los gaditanos seguimos naciendo donde nos da la gana.

Lunes.

Ya nació con vocación de lunes. ¡Pero si hasta el cielo se oscureció al medio día! Un despertador que no cumple con sus quehaceres diarios, una mañana de trabajo con las típicas veinte tonterías sin solución aparente, una comida improvisada que resultó un desastre (recordadme que mañana mismo mate a mi carnicero). Por no hablar de los pensamientos que como buitres me rondan la cabeza. Menos mal que al final de la tarde el día empieza a enmendarse: vuelvo a clase de danza. Alma no tiene piedad del mes y medio que llevamos sin clase y nos muele a golpe de cintura. La sangre del cerebro desciende hasta las caderas y no deja pensar en otra cosa que no sea seguirle el ritmo. Al final, se hace perdonar con media hora de relajación a la luz de las velas y entre olores de sándalo. Cuando llego a casa, sólo puedo pensar en una ducha y en dormir.

Mañana más. Si podemos, mejor.