Somnus interruptus.

Parece que es mi sino. Yo lo quiero, lo necesito, lo deseo, pero él parece no quererme a mí en la misma medida. Lo noto en cómo se porta conmigo. Casi todas las noches igual. Cuando estoy más relajada, leyendo o escuchando música, viene para seducirme. Utiliza armas ya conocidas. Me ronda, se me acerca. Yo lo intuyo y me dispongo a dejarme hacer. Me lleva a la cama, juguetea conmigo, que sí, que no, que caiga un chaparrón… me encandila, me embelesa. Me tortura con la incertidumbre de saber si esta noche sí será. Y cuando por fin me entrego, se aleja de mí, se me escurre por entre las sábanas, me abandona a la suerte de las vueltas y revueltas buscándolo en cualquier hueco de las almohadas. Me deja confusa y ofuscada para el resto de la noche, malhumorada y aturdida para el día siguiente, esperando ansiosa, sin embargo, que vuelva a presentarse.
Es el destino de los insomnes: perseguir eternamente al sueño, amante furtivo.

Punto y final.


Se acabó. Ya no me importas. Puedes irte lejos, muy lejos. Puedes apartarte de mí casi un metro, que no voy a echarte de menos. Y no me llames si no quieres. Tampoco me importa. Y para demostrártelo, me voy a pasar horas sentada junto al teléfono sin inmutarme. Búscate a otra si te place. Me da igual. Y para que lo veas, no voy a inventar ninguna o cien maldiciones para esa mal parida.
Sigue tu vida. Y devuélveme la mía.
Desde hoy mismo empiezo a olvidarte.

O desde mañana.

Chirimoyas y castañas.

Yo debía tener siete u ocho años. No lo sé seguro porque por aquel entonces yo no pasaba demasiado tiempo en el mundo. Pero mi hermana mayor, por lo visto, sí. Un día apareció en casa con un novio. Su primer novio. Un chico de Motril que hacía la mili en San Fernando y que se llamaba Cristóbal. A mi me pareció guapísimo, pero ahora mismo sería incapaz de recordar siquiera cualquiera de sus rasgos. Lo que sí recuerdo es su lepanto, que me tenía hipnotizada tal que entraba por la puerta y lo dejaba encima de la mesa del salón, no sé si por la erótica de los uniformes o por la prohibición de mi madre, bajo pena de llevar el culo un buen rato caliente, de tocarlo.
Tampoco puedo decir el tiempo que estuvieron juntos, ni las veces que él estuvo en casa. Lo que sí tengo grabado a fuego en la memoria es el día en que apareció con una caja. Al abrirla, como una ofrenda a la familia, un montón de castañas y unas cuantas chirimoyas recién llegadas de la vega de Granada.
Algún tiempo después, empecé a echar de menos aquellas visitas y a echar de más que mi hermana pasara casi todo el tiempo en su habitación escuchando a Camilo Sesto.
No sé porqué, pero por estas fechas siempre me acuerdo de aquella caja…

Chirimoyas y castañas.

Yo debía tener siete u ocho años. No lo sé seguro porque por aquel entonces yo no pasaba demasiado tiempo en el mundo. Pero mi hermana mayor, por lo visto, sí. Un día apareció en casa con un novio. Su primer novio. Un chico de Motril que hacía la mili en San Fernando y que se llamaba Cristóbal. A mi me pareció guapísimo, pero ahora mismo sería incapaz de recordar siquiera cualquiera de sus rasgos. Lo que sí recuerdo es su lepanto, que me tenía hipnotizada tal que entraba por la puerta y lo dejaba encima de la mesa del salón, no sé si por la erótica de los uniformes o por la prohibición de mi madre, bajo pena de llevar el culo un buen rato caliente, de tocarlo.
Tampoco puedo decir el tiempo que estuvieron juntos, ni las veces que él estuvo en casa. Lo que sí tengo grabado a fuego en la memoria es el día en que apareció con una caja. Al abrirla, como una ofrenda a la familia, un montón de castañas y unas cuantas chirimoyas recién llegadas de la vega de Granada.
Algún tiempo después, empecé a echar de menos aquellas visitas y a echar de más que mi hermana pasara casi todo el tiempo en su habitación escuchando a Camilo Sesto.
No sé porqué, pero por estas fechas siempre me acuerdo de aquella caja…

Aquí.


Mil cosas por hacer, y aquí estoy yo, con los brazos pegados al cuerpo y los pies clavados al suelo.
Mil historias que esperan en algún lugar, mil personas que conocer, y aquí estoy yo, escondida en mi sofá, acurrucada como un gato mojado.
Empieza a hacer tanto frío fuera…

Aquí.


Mil cosas por hacer, y aquí estoy yo, con los brazos pegados al cuerpo y los pies clavados al suelo.
Mil historias que esperan en algún lugar, mil personas que conocer, y aquí estoy yo, escondida en mi sofá, acurrucada como un gato mojado.
Empieza a hacer tanto frío fuera…

Saudade.


Te echo de menos. Pero no te confundas, sólo es por motivos prácticos: el té para dos termina siendo muy aburrido cuando eres uno solo. Necesito ayuda para quitarme estas botas y no tengo quien me ponga azúcar en el café. Bailar el Round here de George Michael sola tampoco tiene demasiado sentido, y me resulta muy difícil comprobar que cada uno de los lunares de mi espalda siguen donde deben estar.
Además, los gatos empiezan a preguntar por ti y a las paellas siempre les sobra arroz.