No hay emoción,
hay paz.
No hay ignorancia,
hay conocimiento.
No hay caos,
hay armonía.
No hay pasión,
hay serenidad.
No hay muerte,
está la Fuerza.
Parece que es mi sino. Yo lo quiero, lo necesito, lo deseo, pero él parece no quererme a mí en la misma medida. Lo noto en cómo se porta conmigo. Casi todas las noches igual. Cuando estoy más relajada, leyendo o escuchando música, viene para seducirme. Utiliza armas ya conocidas. Me ronda, se me acerca. Yo lo intuyo y me dispongo a dejarme hacer. Me lleva a la cama, juguetea conmigo, que sí, que no, que caiga un chaparrón… me encandila, me embelesa. Me tortura con la incertidumbre de saber si esta noche sí será. Y cuando por fin me entrego, se aleja de mí, se me escurre por entre las sábanas, me abandona a la suerte de las vueltas y revueltas buscándolo en cualquier hueco de las almohadas. Me deja confusa y ofuscada para el resto de la noche, malhumorada y aturdida para el día siguiente, esperando ansiosa, sin embargo, que vuelva a presentarse.
Es el destino de los insomnes: perseguir eternamente al sueño, amante furtivo.

O desde mañana.
