El invierno nos trae el agua. La calle se vuelve gris, húmeda. La gente no se mira, apertrechada en los escudos de sus paraguas, pero espera los luminosos días de diciembre para levantar los rostros al sol y que él los caliente con las menguadas fuerzas que le deja la ausencia del verano.
Hasta el mar está enojado. Cambió su placidez por olas que martirizan la orilla, arrastrando hasta ella todo lo que va encontrando a su paso.
Todo se torna de colores pardos. Se acabó la fiesta y la ciudad es más ciudad que nunca.
¿Por qué será, sin embargo, que yo me siento tan bien?







