Invierno.

Se acabó. Ya no hay remedio ni marcha atrás. El verano se tomó sus vacaciones y nos deja como sustituto a un invierno tímido que por fin ha decidido terminar de instalarse. Se acabó salir de la ducha y ponerse encima apenas un sutil vestido para echarse a la calle. Al invierno le gusta la ropa, cuanta más mejor, y castiga al que no le hace caso colándole el frío hasta los huesos.
El invierno nos trae el agua. La calle se vuelve gris, húmeda. La gente no se mira, apertrechada en los escudos de sus paraguas, pero espera los luminosos días de diciembre para levantar los rostros al sol y que él los caliente con las menguadas fuerzas que le deja la ausencia del verano.
Hasta el mar está enojado. Cambió su placidez por olas que martirizan la orilla, arrastrando hasta ella todo lo que va encontrando a su paso.
Todo se torna de colores pardos. Se acabó la fiesta y la ciudad es más ciudad que nunca.
¿Por qué será, sin embargo, que yo me siento tan bien?

Pequeño jardín.

Algunos ya sabéis que tengo gatos en casa. Y quien conozca a los gatos, sabrá que tenerlos significa renunciar a tener un sofá medio decente y a tener plantas, a no ser que se trate de hierba gatera, que tampoco. Por eso me dedico al cultivo en la oficina. Estar en un departamento de agricultura ayuda a que eso no sea visto como una pérdida de tiempo.
Pero hoy, volviendo a casa, he entrado en un super de esos que están abiertos de sol a sol. Iba, precisamente, a comprar comida para mis mininos cuando de pronto, porque aunque sé perfectamente dónde está la sección ‘comida para mascotas’, ¿quién se resiste a dar una vueltecita por un supermercado medio vacío?, me he encontrado delante de una estantería en escalón cuajadita de gerberas florecidas. Allí estaban reunidos todos los colores que se puedan imaginar, con esas flores de pétalos de terciopelo que me han trasladado, por un momento, a cierta escena, en un amanecer de un mercado de Manhattan, de la película ‘Frankie y Johnny’, sintiéndome como una Michelle Pfeiffer (qué más quisiera… ella) aquí sin un Al Pacino que me prometiera cocinar siempre para mí.
He salido de allí sin comida para gatos pero con dos magníficas gerberas de los más increíbles naranja y bermellón. Igual que me han cautivado a mí, lo han hecho con todo el que me he cruzado por la calle, que se quedaban mirando a cierta loca que parecía acabada de salir de una mezcla de Matrix y Candi-Candi. Ellas serán las habitantes de una recién estrenada terraza con derecho de admisión excluido para cierta parte de la población de mi casa.
Ya tendré a quién consultarle mis dudas.

Pequeño jardín.

Algunos ya sabéis que tengo gatos en casa. Y quien conozca a los gatos, sabrá que tenerlos significa renunciar a tener un sofá medio decente y a tener plantas, a no ser que se trate de hierba gatera, que tampoco. Por eso me dedico al cultivo en la oficina. Estar en un departamento de agricultura ayuda a que eso no sea visto como una pérdida de tiempo.
Pero hoy, volviendo a casa, he entrado en un super de esos que están abiertos de sol a sol. Iba, precisamente, a comprar comida para mis mininos cuando de pronto, porque aunque sé perfectamente dónde está la sección ‘comida para mascotas’, ¿quién se resiste a dar una vueltecita por un supermercado medio vacío?, me he encontrado delante de una estantería en escalón cuajadita de gerberas florecidas. Allí estaban reunidos todos los colores que se puedan imaginar, con esas flores de pétalos de terciopelo que me han trasladado, por un momento, a cierta escena, en un amanecer de un mercado de Manhattan, de la película ‘Frankie y Johnny’, sintiéndome como una Michelle Pfeiffer (qué más quisiera… ella) aquí sin un Al Pacino que me prometiera cocinar siempre para mí.
He salido de allí sin comida para gatos pero con dos magníficas gerberas de los más increíbles naranja y bermellón. Igual que me han cautivado a mí, lo han hecho con todo el que me he cruzado por la calle, que se quedaban mirando a cierta loca que parecía acabada de salir de una mezcla de Matrix y Candi-Candi. Ellas serán las habitantes de una recién estrenada terraza con derecho de admisión excluido para cierta parte de la población de mi casa.
Ya tendré a quién consultarle mis dudas.

Tres veces, tres.

 

Sí señores. Ni una ni dos, sino hasta tres veces tuve que oírlo en la misma semana.
Más o menos con esas palabras, con más o menos gracia o diplomacia, pero en esencia, lo mismo:
las mujeres de treinta y tantos estamos todas locas.
Y yo me paro y pienso.
Conclusión: como decían los hermanos Carmona,
no estamos locas, sabemos lo que queremos.
¿O es que nos tenéis miedo?

 

 

Lo que digo, lo que callo…

Soy mujer de pocas palabras. Cuando hablo, suelo hacerlo con la voz pausada, en un tono más bien bajo y, aunque soy hija de esta bendita provincia, no tengo demasiado acento (no, hijo, no lo tengo).
Dialogo gesticulando mucho, con las manos, los ojos, toda la cara. Discuto alzando poco la voz, prefiero huir que gritar. Pero hablo poco. Prefiero escuchar.
Alguien dijo de mí una vez –alguien que me conocía poco- que era como un búho, que miraba, oía y juzgaba. Sólo se equivocó en una cosa: no juzgo. He aprendido a no tener prejuicios ni perjuicios.
Hablo poco, prefiero escuchar. A la gente le suele gustar que las escuchen. He sido hombro amigo y paño de lágrimas muchas veces. También he tenido los míos, claro, haciendo un esfuerzo para contar en confesión las idas y venidas de mi yo profundo, pero siempre callo más de lo que digo.
Hablo poco, prefiero escuchar.
Y ahora, si ustedes me lo permiten, también prefiero escribir.

Leonor.


Fue mi eterna predecesora en las listas de clase durante párvulos y toda la EGB. Recuerdo perfectamente el día en que nos conocimos: ella con cinco años, yo con cuatro (por aquel entonces, todavía permitían a los niños de enero estar en el curso que por lógica les corresponde).
Me acerqué a ella porque era la única niña que no lloraba -todavía no entiendo por qué las demás sí lo hacían-, le pregunté su nombre y, por esa extraña razón por la que las madres nos empeñamos en que nuestros hijos se aprendan su nombre y dos apellidos tal que empiezan a hablar y por la no menos extraña razón por la que los niños lo repiten completo ante propios y extraños cada vez que son requeridos a ello, me soltó el suyo terminando con un ‘Marchena’ que continuó, poniendo gesto de malicia, con un ‘¿no te da miedo?’. Debí poner la misma cara que Heidi, ya he dicho en alguna ocasión que cuando yo era pequeña no habitaba mucho tiempo en este mundo, porque me dio la explicación en seguida: Marchena era en aquel tiempo uno de esos vagamundos que habitan todas las ciudades, a los que los niños malos torturan y los buenos temen porque a la hora de defenderse no distinguen entre unos y otros.
Después de eso, y a pesar de que estuvimos durante años en la misma clase, no tuve demasiada relación con ella. Fue un mal comienzo y nunca hicimos pandilla.
Ahora me la encuentro muchas mañanas. Tiene a su hija en el mismo colegio que yo a la mía, del que ambas somos antiguas alumnas.
Desde hace algunos días, pienso si estará contenta.

Gran día.

Esta mañana me he levantado como una rosa, con buen humor y mucha hambre. Mejor dicho, como un ramo de rosas, de muy buenísimo humor y dispuesta a comerme el mundo.
Estas ocasiones, por extrañas, hay que celebrarlas, así que he preparado el decorado para que no faltara de nada:

  • las botas más altas que tenía en el armario. Si he de comerme el mundo, quiero verlo antes desde bien alto.
  • los vaqueros que mejor me sientan, para que todos sientan cómo me sientan esos vaqueros.
  • la camisa azul que me hace juego con los ojos. Alguien me dijo alguna vez que los tenía sucios -los ojos- porque son capaces de cambiar de color a antojo -el suyo. Hoy tocan ‘deep blue’.
  • pelo dominado bajo sesión de brushing. Porque yo lo valgo.
  • ojos con la raya más profunda que podáis imaginar, labios de un perfecto ciruela satinado.
  • ideas claras, mente despejada.
  • capacidad para mantener la mirada de cualquiera el tiempo que fuera necesario.
  • voluntad para decir lo que pienso, caiga quien caiga, aunque sea yo misma.

Cuidado con ponerte delante. Hoy puedo morder. Y puede que a ti te guste.

Gran día.

Esta mañana me he levantado como una rosa, con buen humor y mucha hambre. Mejor dicho, como un ramo de rosas, de muy buenísimo humor y dispuesta a comerme el mundo.
Estas ocasiones, por extrañas, hay que celebrarlas, así que he preparado el decorado para que no faltara de nada:

  • las botas más altas que tenía en el armario. Si he de comerme el mundo, quiero verlo antes desde bien alto.
  • los vaqueros que mejor me sientan, para que todos sientan cómo me sientan esos vaqueros.
  • la camisa azul que me hace juego con los ojos. Alguien me dijo alguna vez que los tenía sucios -los ojos- porque son capaces de cambiar de color a antojo -el suyo. Hoy tocan ‘deep blue’.
  • pelo dominado bajo sesión de brushing. Porque yo lo valgo.
  • ojos con la raya más profunda que podáis imaginar, labios de un perfecto ciruela satinado.
  • ideas claras, mente despejada.
  • capacidad para mantener la mirada de cualquiera el tiempo que fuera necesario.
  • voluntad para decir lo que pienso, caiga quien caiga, aunque sea yo misma.

Cuidado con ponerte delante. Hoy puedo morder. Y puede que a ti te guste.