Nº 5


«Marilyn Monroe, en una visita a Japón, confesó a un periodista que para dormir sólo se ponía unas gotas de Chanel Nº 5. La actriz más glamourosa del mundo y uno de los iconos más universales del cine, se rendía a los encantos de ese mágico número cinco.
Al mismo tiempo, los soldados americanos hacían cola en las tiendas de la firma para conseguir el perfume que, por aquella época, esperaban recibir sus prometidas.
En 1921, el perfumista Ernest Beaux propuso a Gabrielle «Coco» Chanel dos series de fragancias en frascos numerados. Mademoiselle Chanel le había pedido que creara “un perfume de mujer con olor a mujer”. Probadas todas las muestras, Chanel eligió la número cinco.
Se dice que Beaux encontró la inspiración olfativa de este perfume hacia 1920, durante el regreso de una campaña militar en la que tuvo que atravesar el Círculo Polar. Era la época del sol de medianoche y el perfumista intentó capturar el frescor que desprenden los ríos y los lagos durante aquellas fechas.
Al principio, el perfume fue distribuido entre las amigas de Coco Chanel y las mejores clientas de su famosa boutique de alta costura. Era, simplemente, un “pequeño regalo que no tenía intención de comercializar”.»

¿Qué te pones tú para dormir?.

Nº 5


«Marilyn Monroe, en una visita a Japón, confesó a un periodista que para dormir sólo se ponía unas gotas de Chanel Nº 5. La actriz más glamourosa del mundo y uno de los iconos más universales del cine, se rendía a los encantos de ese mágico número cinco.
Al mismo tiempo, los soldados americanos hacían cola en las tiendas de la firma para conseguir el perfume que, por aquella época, esperaban recibir sus prometidas.
En 1921, el perfumista Ernest Beaux propuso a Gabrielle «Coco» Chanel dos series de fragancias en frascos numerados. Mademoiselle Chanel le había pedido que creara “un perfume de mujer con olor a mujer”. Probadas todas las muestras, Chanel eligió la número cinco.
Se dice que Beaux encontró la inspiración olfativa de este perfume hacia 1920, durante el regreso de una campaña militar en la que tuvo que atravesar el Círculo Polar. Era la época del sol de medianoche y el perfumista intentó capturar el frescor que desprenden los ríos y los lagos durante aquellas fechas.
Al principio, el perfume fue distribuido entre las amigas de Coco Chanel y las mejores clientas de su famosa boutique de alta costura. Era, simplemente, un “pequeño regalo que no tenía intención de comercializar”.»

¿Qué te pones tú para dormir?.

Letra y música.

Recojo el testigo que me tiende el Sr. García Argüez por malsana curiosidad y aquí os dejo mi lista. Ni están todos los que son (me faltan al menos mil), ni son todos los que están (me sobran apenas dos). Eso sí, alguna trampa y muchas licencias:

A: Antonio Vega
B: Franco Batiatto
C: Charlie Parker
CH: Chano Domínguez
D: Miles Davis
E: Eleftheria Arvanitaki
F: Fito Páez
G: George Gershwin
H: Harry Connick Jr.
I: Incubus ?
J: Jamiroquai
K: Kepa Junkera
L: Louis Armstromg
M: Pat Metheny
N: Natasha Atlas
Ñ: Las Niñas ?
O: Omar Faruk Tekbilek
P: Prince
Q: Masha Qrella
R: Radio Futura
S: Stephane Grappelli
T: Radio Tarifa
U: U2
V: Caetano Veloso
W:Tom Waits
X: Jorge Drexler
Y: David Byrne
Z: Astor Piazzolla

La tarea de seguir con la lista, para Mizerable (por comprobar si es capaz de ponerse de acuerdo con Picajoso y Arisco), a Nimue (para que siga deleitándonos con la música) y a Miada (lo de la curiosidad malsana parece ser contagioso).

Letra y música.

Recojo el testigo que me tiende el Sr. García Argüez por malsana curiosidad y aquí os dejo mi lista. Ni están todos los que son (me faltan al menos mil), ni son todos los que están (me sobran apenas dos). Eso sí, alguna trampa y muchas licencias:

A: Antonio Vega
B: Franco Batiatto
C: Charlie Parker
CH: Chano Domínguez
D: Miles Davis
E: Eleftheria Arvanitaki
F: Fito Páez
G: George Gershwin
H: Harry Connick Jr.
I: Incubus ?
J: Jamiroquai
K: Kepa Junkera
L: Louis Armstromg
M: Pat Metheny
N: Natasha Atlas
Ñ: Las Niñas ?
O: Omar Faruk Tekbilek
P: Prince
Q: Masha Qrella
R: Radio Futura
S: Stephane Grappelli
T: Radio Tarifa
U: U2
V: Caetano Veloso
W:Tom Waits
X: Jorge Drexler
Y: David Byrne
Z: Astor Piazzolla

La tarea de seguir con la lista, para Mizerable (por comprobar si es capaz de ponerse de acuerdo con Picajoso y Arisco), a Nimue (para que siga deleitándonos con la música) y a Miada (lo de la curiosidad malsana parece ser contagioso).

Una historia.


Margarita era la chica más alegre de todo el edificio de oficinas. No era demasiado guapa, pero su risa hacía temblar hasta la última de aquellas paredes grises. Cuando en la primera planta oían sus pisadas por la escalera, sabían que además de un expediente para fotocopiar, traía risas para todos.
Margarita era así. Iba repartiendo alegría por donde pasaba. No tenía motivos para ello, a sus casi cuarenta, con un marido que la había abandonado y una hija adolescente a la que éste había repudiado, sobreviviendo más que viviendo con un mísero sueldo.
Margarita, en esa oficina, encontró a su confidente, a aquél a quien no podía engañar, a aquél con el que se podía permitir el lujo de llorar. Margarita también encontró a su amor en aquél en el que tanto había desahogado.
Y por fin Margarita fue feliz, porque por una vez fue correspondida en algo, por una vez el final de su túnel tenía luz. Él lo dejó todo por ella y ambos rompieron con los que malinterpretaban ese amor recién nacido, se tenían el uno al otro y no necesitaban más. Y Margarita sonrió de verdad, y fue como una quinceañera, y todas sus ilusiones empezaron a cumplirse.
Pero, como en aquella canción, los ángeles del cielo debieron tomarle envidia, y enviaron una última prueba llena de sufrimiento. Fue un romance tan intenso como corto. Él le pidió matrimonio. Ella vio su sueño cumplido de tener en su anular derecho el anillo del hombre que la amaba.
Margarita falleció quince días después de su boda. Los que la conocieron decían que nunca habían visto tan feliz a aquella chica que siempre sonreía.

Aquellos años.


Los recuerdos de mi infancia los tengo casi todos guardados en el archivo del verano de mis cuatro años. Por aquel entonces todavía no había pisado el colegio, me encontraba un tanto asilvestrada y vivía prácticamente enredada en las piernas de mi madre. No quiero decir que fuera una niña mimada (en mi casa nunca fueron pródigos en mimos. Quizá por eso ahora los vaya derrochando y anhelando). Hablo literalmente: mi madre era modista, y esas tardes las pasaba cosiendo en su máquina. Y su máquina era mi mundo. Olía a aceite y al cuero de la correa que movía la rueda, pero a falta de una casa de muñecas, el mueble de aquella Alfa era un auténtico palacio. Tenía una cajita llena de botones, hilos y levas que se podían convertir en cualquier cosa, y en esa habitación nunca faltaba un retal en el que acurrucar a un pobre botón rosa muerto de miedo por un posible ataque de la serpiente que mi madre usaba para tomar las medidas a aquellas señoras que venían a casa.
Así pasé aquel verano, así al menos lo recuerdo. Metida bajo la silla de mi madre, hipnotizada por el vaivén del pedal y oyendo las novelas en la radio. Comiendo pan con chocolate. Jugando alguna vez a pisar los rayos de sol que se colaban entre las cortinas.
Totalmente ajena a lo que no fuera mi mundo.
Feliz.

Aquellos años.


Los recuerdos de mi infancia los tengo casi todos guardados en el archivo del verano de mis cuatro años. Por aquel entonces todavía no había pisado el colegio, me encontraba un tanto asilvestrada y vivía prácticamente enredada en las piernas de mi madre. No quiero decir que fuera una niña mimada (en mi casa nunca fueron pródigos en mimos. Quizá por eso ahora los vaya derrochando y anhelando). Hablo literalmente: mi madre era modista, y esas tardes las pasaba cosiendo en su máquina. Y su máquina era mi mundo. Olía a aceite y al cuero de la correa que movía la rueda, pero a falta de una casa de muñecas, el mueble de aquella Alfa era un auténtico palacio. Tenía una cajita llena de botones, hilos y levas que se podían convertir en cualquier cosa, y en esa habitación nunca faltaba un retal en el que acurrucar a un pobre botón rosa muerto de miedo por un posible ataque de la serpiente que mi madre usaba para tomar las medidas a aquellas señoras que venían a casa.
Así pasé aquel verano, así al menos lo recuerdo. Metida bajo la silla de mi madre, hipnotizada por el vaivén del pedal y oyendo las novelas en la radio. Comiendo pan con chocolate. Jugando alguna vez a pisar los rayos de sol que se colaban entre las cortinas.
Totalmente ajena a lo que no fuera mi mundo.
Feliz.

Clases de anatomia: pies.

Dos pulseras y dos anillos. Delgados, huesudos. Ni demasiado grandes ni demasiado pequeños. Convenientemente cuidados y aceitados. Uñas perfecta y permanentemente acicaladas con un tenue tono porcelana, tanto en invierno como en verano.
Preferiblemente descalzos, casi siempre descalzos. Cuando no es posible o cuando las inclemencias del tiempo lo impiden, sandalias con las tiras justas y necesarias para abrazarse a ellos, zapatos de todos los colores, tacones imposibles.
Su único vicio reconocido, hundirse en la arena húmeda en las noches de verano.
Pisando fuerte.

Buenas noches.

Por fin. La noche es mía. La casa en silencio, a oscuras, apenas con la luz de esta lamparilla y el reflejo de la pantalla. Los gatos se acurrucan por aquí cerca esperando que todo esté apagado para terminar su vigilia.
Acabo de ducharme, la piel todavía me desprende calor y el pelo me chorrea por la espalda, pero el cambio de temperatura entre el baño y esta habitación hace que intente buscar un poco de calor en el cuello del pijama. Huele a Jhonnsons extra hidratante mezclado con mimosín. Estaba cansada, así que he pasado un rato más de la cuenta debajo del agua a punto de ebullición, tan sólo dejando que me resbalara por el cuerpo. Resultado: relajación, lasitud en los músculos y unos dedos arrugados que resbalan por el teclado.
Me siento aquí delante. Lo primero, elegir la música que acompañará los últimos momentos del día. Hoy toca una voz sugerente que va rasgando este silencio. Volumen bajo, no sea que los vecinos puedan tener queja de mí. Reviso los correos rezagados, busco la complicidad de los trasnochadores (no, hoy no me falta ninguno) y paseo como un sereno buscando lo último que han dicho mis ¿desconocidos? compadres.
Quizá en parte sea ésta la causa de mi glorioso insomnio, pero no renunciaría a estos minutos ni por un par de horas más de sueño.
Se va haciendo tarde. Si no fuera por la condena de las siete de la mañana y la obligación de permanecer medio despierta durante el día, seguiría un rato más. Aprovecho que los ojos me empiezan a pesar.
Buenas noches. Buenos días.