Que pase el tiempo y que pase rápido. Que dos semanas sean como dos dÃas y dos dÃas como dos minutos.
Que pase el tiempo sin sentir y que sólo nos deje el sabor suave de la dicha.
Que pase el tiempo, que pase rápido para luego pararse. Que una hora sea como mil y una semana como toda una vida.
Y entonces sÃ, que la vida sea una eterna fiesta.
Oración.
Que pase el tiempo y que pase rápido. Que dos semanas sean como dos días y dos días como dos minutos.
Que pase el tiempo sin sentir y que sólo nos deje el sabor suave de la dicha.
Que pase el tiempo, que pase rápido para luego pararse. Que una hora sea como mil y una semana como toda una vida.
Y entonces sí, que la vida sea una eterna fiesta.
Lección de anatomÃa: manos.
No son las más bonitas del mundo, no servirÃan para un anuncio de Neutrógena. Son huesudas, con dedos largos, delgadas, de venas marcadas, pero dicen más de mà que mis propios ojos.
Inquietas, con unas uñas vasallas del estado de ánimo. Adornadas con varios lunares y con algún que otro anillo (de plata. Nunca en el anular). Surcadas de lÃneas que me niego a saber si son tan largas como deberÃan, hablan por mà más que yo misma.
Suaves o duras según la ocasión.
No son las más bonitas del mundo, pero están siempre dispuestas a la caricia, al mimo, a acunar a quien lo necesite, a felicitar con un leve roce a quien lo merezca, a cuidar los amores, a deslizarse bajo ellos, a ser mis intérpretes cuando no me salen las palabras, enredadas en mi pelo, acercándose a ti.
Lección de anatomía: manos.
No son las más bonitas del mundo, no servirían para un anuncio de Neutrógena. Son huesudas, con dedos largos, delgadas, de venas marcadas, pero dicen más de mí que mis propios ojos.
Inquietas, con unas uñas vasallas del estado de ánimo. Adornadas con varios lunares y con algún que otro anillo (de plata. Nunca en el anular). Surcadas de líneas que me niego a saber si son tan largas como deberían, hablan por mí más que yo misma.
Suaves o duras según la ocasión.
No son las más bonitas del mundo, pero están siempre dispuestas a la caricia, al mimo, a acunar a quien lo necesite, a felicitar con un leve roce a quien lo merezca, a cuidar los amores, a deslizarse bajo ellos, a ser mis intérpretes cuando no me salen las palabras, enredadas en mi pelo, acercándose a ti.
Todos contra el chef.
«Darío Barrio contra el resto del mundo. Nuestro cocinero de Todos contra el chef elabora numerosas recetas para tratar de convencer al jurado de que sus platos son mejores. Sin embargo, cada día tiene un rival que le pondrá las cosas muy complicadas.Todos contra el chef se emitirá todos los sábados y domingos a las 8,30h de la tarde. (La reposición, los martes a las 9,15 de la mañana). Darío se enfrentará a un concursante con el plato que este último elija. Al final, un jurado valorará quién de los dos es el ganador. Él parece estar muy seguro de sus posibilidades: “Esto es un juego. Enfrentarme a alguien me da la risa”, ironiza. Muchos se están frotando las manos.»
www.cuatro.com/programas/entretenimiento/todoscontraelchef/
Este es mi nuevo entretenimiento de los fines de semana. No por el programa, que no deja de ser original. Tampoco por el cocinero (¿no?), al que ya conocía de otro programa de Canal Cocina cuyo título no podría irle mejor: ‘Bombón’… sino porque ¿sabéis lo divertido que puede llegar a ser comentar este programa durante su emisión, con un contrincante a la altura de las circunstancias y desde la ignorancia que me da ser cocinera por obligación sin tiempo para la devoción, mezclando conceptos tales como ‘esta chica ha mejorado mucho desde el Club Disney’, ‘a quién se le ocurre echarle morcilla al arroz’ o ‘qué linda la sonrisa del cocinero’?
Sí, sí, tremendamente divertido…
CronologÃa.
CUATRO: el colegio… cuántas horas, cuántos dÃas, años por delante para aprender.
OCHO: primera comunión. Eso sà que eran desayunos, en casa, con chocolate y tarta.
TRECE: el instituto, lo mal que lo pasé el primer año. Lo bien que lo pasé el último.
DIECISIETE: primer año de universidad. Carrera equivocada. Lástima de darme cuenta tan tarde.
DIECIOCHO: ¿el hombre de mi vida? Carrera equivocada. Lástima de darme cuenta tan tarde.
VEINTE: Málaga, mon amour.
VEINTIDÓS: el principio del fin.
VEINTICUATRO: mi año más feliz, lo mejor de mi vida. Lo único que me durará siempre.
VEINTINUEVE: nuevo primer año de universidad. En ello estamos aún.
TREINTA: un acierto que pone fin a un desastre. Seguimos aprendiendo.
TREINTA Y UNO: Ensayo.
TREINTA Y DOS: Aprendo.
TREINTA Y TRES: Crezco.
TREINTA Y CUATRO: Maduro.
TREINTA Y CINCO: Acepto.
TREINTA Y SEIS: soy yo. Me gusto. Me quiero. Por fin.
Cronología.
CUATRO: el colegio… cuántas horas, cuántos días, años por delante para aprender.
OCHO: primera comunión. Eso sí que eran desayunos, en casa, con chocolate y tarta.
TRECE: el instituto, lo mal que lo pasé el primer año. Lo bien que lo pasé el último.
DIECISIETE: primer año de universidad. Carrera equivocada. Lástima de darme cuenta tan tarde.
DIECIOCHO: ¿el hombre de mi vida? Carrera equivocada. Lástima de darme cuenta tan tarde.
VEINTE: Málaga, mon amour.
VEINTIDÓS: el principio del fin.
VEINTICUATRO: mi año más feliz, lo mejor de mi vida. Lo único que me durará siempre.
VEINTINUEVE: nuevo primer año de universidad. En ello estamos aún.
TREINTA: un acierto que pone fin a un desastre. Seguimos aprendiendo.
TREINTA Y UNO: Ensayo.
TREINTA Y DOS: Aprendo.
TREINTA Y TRES: Crezco.
TREINTA Y CUATRO: Maduro.
TREINTA Y CINCO: Acepto.
TREINTA Y SEIS: soy yo. Me gusto. Me quiero. Por fin.
Deshaciendo nudos.
Catón.Cuando uno tiene motivos de quejarse de un amigo, conviene separarse de él gradualmente, y desatar, más bien que romper, los lazos de la amistad.
Quien tiene un amigo tiene un tesoro. Eso dicen.
Cuando tienes un amigo sabes que hay alguien que se preocupa por ti, que está a tu lado aunque no esté presente. Cuando tienes un amigo, sabes que alguien oirá todo lo que tengas que contar, que no te reprochará nada aunque no esté de acuerdo contigo.
Cuando tienes un amigo no te importa desmantelar un fin de semana si sabes que él te necesita a su lado.
Cuando tienes un amigo sabes quién te dejará un hombro para llorar, quién se alegrará sinceramente de tus éxitos.
Cuando tienes un amigo das, te das, confías, sin pedir nada a cambio. Sólo esperas ser al menos correspondido en igual manera.
Cuando no es así, te sientes como un perro pedigüeño, como un perro apaleado, como un perro sin dueño. Cuando no es así, maldices tu estampa antes de maldecir la suya.
Cuando no es así, lo mejor es tirar de los cabos aunque sea con los dientes, para ir deshaciendo lazos, alejarte con la mirada baja y el alma en los pies.
Abuela Ana.
Presumía ante quien quisiera escucharla que tenía tres años más que el siglo. Que el siglo XX, claro. Quedó huérfana casi recién nacida, así que, al ser criada por su abuela, su educación y sus férreos principios tenían medio siglo más que ella. A pesar de ello, se casó con dieciséis años (qué diferentes debían ser las niñas de entonces a las de ahora) con un guardia civil viudo con dos hijas que casi tenían su misma edad. A los diecisiete tuvo a su primer hijo y vendrían dos más, de los que sólo sobrevivió la niña, antes de que la epidemia de gripe del año dieciocho se llevara al guardia civil, dejándole en herencia dos muchachas, dos bebés y todo el genio de la benemérita.
Volvió a casarse, esta vez con un marino gallego y menudo que, entre marea y marea, le dio cuatro hijos más. La última, mi madre, cuando ya tenía cumplidos los cuarenta y dos.
Por esa extraña razón por la que en las familias se omiten o se tratan como tabú ciertas historias, poco más sé de ella hasta que empecé a conocerla por mí misma, ya anciana y casi ciega, pero conservando el carácter que le había hecho sobrevivir a ella y a sus hijos.
Tengo varias fotografías suyas. La que más me gusta, una fotografía amarillenta en la que aparece con su primer hijo todavía pequeño y las hijas del primer marido. Apenas tendría dieciocho años, pero su rostro refleja haber vivido más de mil. En otra de ellas aparece con mi abuelo y mi madre todavía niña, una niña de la postguerra. No debía tener en esa foto ni cincuenta años, y sin embargo nadie le echaría menos de sesenta. Pero a la que más cariño le tengo es una en la que yo aparezco con ella, en la azotea de su casa, que era el palacio de mi niñez. Yo, una niña. Ella, ya viejita, con su eterno hábito carmelita desde que quedara viuda por segunda vez y su pelo de un blanco insultante recogido impecablemente en un rodete.
Lo que más recuerdo de ella, el olor a jabón y esos besos que me dejaban doloridos los cachetes durante un buen rato.
Dicen que además de con su nombre, me quedé con su genio. Ojalá fuera cierto.
Lluvia.
El viento también se hace un hueco y deja oír su lamento de penitente.
Me miras, te miro.
No cabe nada de lo que sucede fuera entre los dos, cobijados en esta penumbra, en este reposo, en esta pausa de volver a amarnos.
Estiro mi cuerpo por apretarlo contra el tuyo.
Tú me recibes, cálida la piel, renovado el deseo.
Me ciño a ti, te rodeo, te envuelvo.
Te miro, me miras.
Nos encontramos.
Nos perdemos.


