De navidades, palacios y otras cuestiones.

La casa de mi abuela era mi palacio. Apenas tres habitaciones, el comedor con la mesa más grande que he visto nunca en un comedor, una pequeña cocina y un aseo, pero era un palacio lleno de tesoros escondidos. La galería encalada que rodeaba el patio, un patio de los de aljibe y pozo, la separaba de la casa de mi tía, que era otro almacén de tesoros pero que estaba vedado para los niños de la familia… Había todo un mundo de maravillas en aquellas habitaciones: la de mi abuela, con esa cama tan alta que debía ser por lo menos de una reina, con las fotos de los niños que murieron demasiado pronto mirándonos desde la pared. Abrir los cajones de su cómoda era como asomarse a unos tiempos que ya se fueron y que eran tan ajenos para mí, pero que despertaban mi imaginación hasta límites insospechados. El cuadro del ángel de la guarda ayudando a cruzar un puente a dos niños, motivo de más de dos de mis terrores nocturnos, el olor del puchero y la hierbabuena, la alacena del comedor, aquel frigorífico que se abría pisando un pedal y en el que siempre había una Fanta en botella de cristal esperándome.
Pasé todas las navidades de mi infancia allí.
Los 24 y los 31 después de comer marchaba una expedición hasta el barrio de Santa María cargada de comida por hacer y panderetas. Nada más llegar, a los niños nos echaban a la calle, siempre bajo la atenta mirada de mi hermana mayor que nos llevaba a ver los belenes que se esparcían por la ciudad. Mientras, en palacio, se daba lugar el milagro. No podía ser otra cosa, porque cuando volvíamos, la mesa ya estaba dispuesta con ricos manjares, dulces y pestiños enmelados que nos quitaban el frío que habíamos ido recogiendo en ese paseo lleno de villancicos y luces de colores.
Pasábamos las veladas los mayores charlando del bien y del mal, recordando a los que no estaban –mi madre, mujer de armas tomar, supongo que alegre por estar entre los suyos y con un nudo en la garganta pensando en qué mar y sobre qué olas se hallaría el que más de menos echaba-, cantando canciones antiguas. Los niños, medio amodorrados por lo intempestiva de la hora, medio nerviosos porque nos dejaran participar, aunque fuera sólo esos días, de las horas en que los mayores son ellos mismos.
Mis navidades desde entonces tienen gusto a palacio, a turrón y a pandereta, a la familia alrededor de una mesa, a risas y a Tom Jones cantando Dalila sobre un piano blanco que unos globos sujetan en el aire.

Lección de anatomía: cuello.

En invierno, casi siempre cubierto al completo con jerseys de todos los colores y las ondas de la melena que intento dejar crecer. En verano, todo lo descubierto que puedo, hasta donde la moral me deja y ya hace rato que ha perdido su nombre. Coronado con un lunar de los que hacen historia, en el lado izquierdo, justo a media distancia entre el mentón y una clavícula lo suficientemente señalada como para que marque perfectamente el camino hasta el bósforo de Almassy.
Portador de perfumes y caricias.
Agradecido receptor de besos.

Lección de anatomía: cuello.

En invierno, casi siempre cubierto al completo con jerseys de todos los colores y las ondas de la melena que intento dejar crecer. En verano, todo lo descubierto que puedo, hasta donde la moral me deja y ya hace rato que ha perdido su nombre. Coronado con un lunar de los que hacen historia, en el lado izquierdo, justo a media distancia entre el mentón y una clavícula lo suficientemente señalada como para que marque perfectamente el camino hasta el bósforo de Almassy.
Portador de perfumes y caricias.
Agradecido receptor de besos.

Oír.

Te oigo y eres tan real como mis propias manos, tan cercano como esta piel que se aferra a ti.
Tu risa, tus cambios de voz, los mimos de tus palabras que me acarician la espalda y se trenzan en mi pelo.
Te oigo y me tienes asida a tus brazos.
Te oigo y te descubro en cada guiño, en cada gesto.
Te oigo y te siento.
Te acercas a mí. Nos sobra el tiempo.

Oír.

Te oigo y eres tan real como mis propias manos, tan cercano como esta piel que se aferra a ti.
Tu risa, tus cambios de voz, los mimos de tus palabras que me acarician la espalda y se trenzan en mi pelo.
Te oigo y me tienes asida a tus brazos.
Te oigo y te descubro en cada guiño, en cada gesto.
Te oigo y te siento.
Te acercas a mí. Nos sobra el tiempo.

Línea blanca.

¡Se me han rebelado los electrodomésticos! Bueno, dos de ellos: el calentador (creo que no es un electrodoméstico, sino más bien un gasnaturaldoméstico) y el microondas. Lo del microondas sé por qué ha sido: tiene frío. Y como no sé tejer y hacerle unos patucos, no se me ocurre mejor forma para que funcione, aunque sea a ratos, que darle mimos y un poco de calor a sus sensores helados. Pero lo del calentador me parece que es más envidia que otra cosa. O quizá está triste… no sé, yo lo veo como que le falta algo, así como sin chispa. Va a ser que le falla la autoestima: ese arranque que tenía en otros tiempos, ese fuego interior… Yo intento mimarlo, más que nada para que no coja celos del trato que dispenso al microondas, le hablo con cariño y esas cosas… Vale, también es cierto que en ocasiones le insulto, pero es que una ducha fría a las siete de la mañana termina con la manga ancha de cualquiera.
Por ahora los tengo aislados. No quiero que este conato se convierta en epidemia. Y no es que estén estropeados: funcionar funcionan. A ratos, eso sí. Cuando ellos quieren. Por eso he guardado la batidora en la alacena y al secador no lo dejo salir del baño. El salón, gracias a dios, queda muy lejos, y cualquier noticia de la revuelta será interceptada antes de que llegue a la tele, que esa sí que es un mal bicho y seguro que correría la voz.
Eso sí. Espero que los rumores de la rebelión no lleguen al ordenador. Espero que en los próximos días podáis seguir teniendo noticias mías…

Línea blanca.

¡Se me han rebelado los electrodomésticos! Bueno, dos de ellos: el calentador (creo que no es un electrodoméstico, sino más bien un gasnaturaldoméstico) y el microondas. Lo del microondas sé por qué ha sido: tiene frío. Y como no sé tejer y hacerle unos patucos, no se me ocurre mejor forma para que funcione, aunque sea a ratos, que darle mimos y un poco de calor a sus sensores helados. Pero lo del calentador me parece que es más envidia que otra cosa. O quizá está triste… no sé, yo lo veo como que le falta algo, así como sin chispa. Va a ser que le falla la autoestima: ese arranque que tenía en otros tiempos, ese fuego interior… Yo intento mimarlo, más que nada para que no coja celos del trato que dispenso al microondas, le hablo con cariño y esas cosas… Vale, también es cierto que en ocasiones le insulto, pero es que una ducha fría a las siete de la mañana termina con la manga ancha de cualquiera.
Por ahora los tengo aislados. No quiero que este conato se convierta en epidemia. Y no es que estén estropeados: funcionar funcionan. A ratos, eso sí. Cuando ellos quieren. Por eso he guardado la batidora en la alacena y al secador no lo dejo salir del baño. El salón, gracias a dios, queda muy lejos, y cualquier noticia de la revuelta será interceptada antes de que llegue a la tele, que esa sí que es un mal bicho y seguro que correría la voz.
Eso sí. Espero que los rumores de la rebelión no lleguen al ordenador. Espero que en los próximos días podáis seguir teniendo noticias mías…