La pequeña Memole.

La pequeña Memole ya no es pequeña. Creció y los años se le vinieron encima. Ahora pasea sus huesos por esta ciudad, embutida en su eterno abrigo, con un sombrero calado hasta los ojos, con una bufanda que le tapa la barbilla. La pequeña Memole cambió sus labios de fresa por una mueca ingrata dibujada entre las arrugas de su boca, pero sus ojos centenarios siguen chispeando detrás de las antiparras que le obliga a usar una mirada que ya lo ha visto casi todo. La pequeña Memole toma el autobús en mi misma parada. Saluda a quien quiere oírla mientras espera el uno, charla todo lo jovial que le permiten sus años con conocidos de cinco minutos impenitentes de la misma hora. La pequeña Memole arrastra sus botas hacia el interior del autobús, suplica su asiento en el que se desmorona. Sólo son tres paradas, pero en el trayecto el milagro se produce: tras el timbre de la parada solicitada, salta de su trono móvil y aguijonea los costados de los soñolientos que la separan de la puerta. Si alguno se vuelve para reconocer al tábano que lo ha sacado de su sopor, sale una dulce voz de detrás de la colorida bufanda que pide el paso por favor. La pequeña Memole ya está de nuevo en la calle. Sus botas, más que pesarle, ahora tienen alas.
¿Quién sabe qué destino le espera cada mañana?

Dedicado a uno de mis extras favoritos.

La pequeña Memole.

La pequeña Memole ya no es pequeña. Creció y los años se le vinieron encima. Ahora pasea sus huesos por esta ciudad, embutida en su eterno abrigo, con un sombrero calado hasta los ojos, con una bufanda que le tapa la barbilla. La pequeña Memole cambió sus labios de fresa por una mueca ingrata dibujada entre las arrugas de su boca, pero sus ojos centenarios siguen chispeando detrás de las antiparras que le obliga a usar una mirada que ya lo ha visto casi todo. La pequeña Memole toma el autobús en mi misma parada. Saluda a quien quiere oírla mientras espera el uno, charla todo lo jovial que le permiten sus años con conocidos de cinco minutos impenitentes de la misma hora. La pequeña Memole arrastra sus botas hacia el interior del autobús, suplica su asiento en el que se desmorona. Sólo son tres paradas, pero en el trayecto el milagro se produce: tras el timbre de la parada solicitada, salta de su trono móvil y aguijonea los costados de los soñolientos que la separan de la puerta. Si alguno se vuelve para reconocer al tábano que lo ha sacado de su sopor, sale una dulce voz de detrás de la colorida bufanda que pide el paso por favor. La pequeña Memole ya está de nuevo en la calle. Sus botas, más que pesarle, ahora tienen alas.
¿Quién sabe qué destino le espera cada mañana?

Dedicado a uno de mis extras favoritos.

Vacaciones de invierno.

Domingo por la tarde. Se acabaron las vacaciones. Vacaciones especiales de invierno. Tres semanas que han dado para mucho: para pasar frío y sentir calor, para días de prisas y compras y días de calma gustosa. Días de comer y días de cocinar. Días de buena música, de buena charla, de mejor compañía. Días para descubrir la ciudad desde unos ojos nuevos y unas manos entrelazadas. Días de fiesta y risas y días de despedidas y lágrimas. Días de conocer amigos y días de reunir hermanos. Pero sobre todo, bellos días de vacaciones de invierno.

Domingo por la noche. Mañana, trabajo, calma y la mejor de mis más sinceras sonrisas. Porque habrá más vacaciones, aunque sólo duren un fin de semana.

Mi carta.

Queridos Reyes Magos:

He cumplido con todos los rituales. He visto la cabalgata y he esquivado más que cogido los caramelos. Eso sí, lo de irme pronto a la cama, veréis, es que no va mucho conmigo, pero espero que sepáis perdonarme.

Acabo de sacar lustre a mis zapatos de tacón, y los he dejado justo al lado de la puerta. Encima de la mesa del salón, bien dispuestos, encontraréis tres vasitos de leche y un plato lleno de hojaldrinas. También he dejado algunas golosinas para los pajes, que no se diga que en esta casa sólo se atiende a las altezas. Y para los camellos, un barreño de agua, aunque supongo que si hicieran caso de toda el agua que les dejan en todas las casas, perderían al instante la fama y los echarían con cajas destempladas del desierto.

Pues bien. Podéis demoraros en casa todo el tiempo que queráis. Dar buena cuenta de lo que os he dejado. Echar una cabezadita en el sofá si os place y os da tiempo. Estaré contenta con vuestra visita. Pero no hace falta que me dejéis nada.
Este año ya tengo mucho más de lo que esperaba.

Crónica.

Hasta este medio han llegado noticias de un hecho que, a pesar de no haber tenido la difusión merecida en los medios de comunicación pública, creemos con la suficiente importancia como para que, haciendo honor al rigor informativo que nos caracteriza, nos hagamos eco de tal evento.

Los hechos ocurrieron el pasado día 30 de diciembre, en la situación geográfica 30º 31’ N 6º 11’ W. Sobre las 21.30 horas se produjo una concentración insólita que, una vez contrastadas las opiniones de los presentes, fue, en parte, totalmente premeditada (por las horas, podríamos decir que hasta con nocturnidad y alevosía). Al parecer, durante dicho encuentro, y siempre confiando en la veracidad de nuestra investigación, los integrantes de tal asamblea procedieron a dar buena cuenta de una cena que en absoluto desmereció la importancia del encuentro, para luego trasladar el lugar de reunión a un local sugestivo y encantador, no sin antes realizar un recorrido turístico por los más pintorescos lugares de la población.

Dos de los participantes del evento que prefieren mantener su anonimato.

El encuentro, que se prolongó hasta la madrugada, finalizó con los buenos deseos de felicidad de los asistentes y la confianza de que no transcurra mucho tiempo hasta que se vuelva a suceder. El balance que podemos entresacar, pues, del acontecimiento, es tan positivo como las risas, la buena compañía, la excelente conversación y la indudable sensación de amistad que se produjeron en ella.

En esta fotografía, aunque no lo parezca, aparecen todos los integrantes de la reunión menos uno, el que intentaba realizarla. Es lo malo que tiene tener por equipo fotográfico una maquinilla de afeitar.

Crónica.

Hasta este medio han llegado noticias de un hecho que, a pesar de no haber tenido la difusión merecida en los medios de comunicación pública, creemos con la suficiente importancia como para que, haciendo honor al rigor informativo que nos caracteriza, nos hagamos eco de tal evento.

Los hechos ocurrieron el pasado día 30 de diciembre, en la situación geográfica 30º 31’ N 6º 11’ W. Sobre las 21.30 horas se produjo una concentración insólita que, una vez contrastadas las opiniones de los presentes, fue, en parte, totalmente premeditada (por las horas, podríamos decir que hasta con nocturnidad y alevosía). Al parecer, durante dicho encuentro, y siempre confiando en la veracidad de nuestra investigación, los integrantes de tal asamblea procedieron a dar buena cuenta de una cena que en absoluto desmereció la importancia del encuentro, para luego trasladar el lugar de reunión a un local sugestivo y encantador, no sin antes realizar un recorrido turístico por los más pintorescos lugares de la población.

Dos de los participantes del evento que prefieren mantener su anonimato.

El encuentro, que se prolongó hasta la madrugada, finalizó con los buenos deseos de felicidad de los asistentes y la confianza de que no transcurra mucho tiempo hasta que se vuelva a suceder. El balance que podemos entresacar, pues, del acontecimiento, es tan positivo como las risas, la buena compañía, la excelente conversación y la indudable sensación de amistad que se produjeron en ella.

En esta fotografía, aunque no lo parezca, aparecen todos los integrantes de la reunión menos uno, el que intentaba realizarla. Es lo malo que tiene tener por equipo fotográfico una maquinilla de afeitar.