La pequeña Memole ya no es pequeña. Creció y los años se le vinieron encima. Ahora pasea sus huesos por esta ciudad, embutida en su eterno abrigo, con un sombrero calado hasta los ojos, con una bufanda que le tapa la barbilla. La pequeña Memole cambió sus labios de fresa por una mueca ingrata dibujada entre las arrugas de su boca, pero sus ojos centenarios siguen chispeando detrás de las antiparras que le obliga a usar una mirada que ya lo ha visto casi todo. La pequeña Memole toma el autobús en mi misma parada. Saluda a quien quiere oÃrla mientras espera el uno, charla todo lo jovial que le permiten sus años con conocidos de cinco minutos impenitentes de la misma hora. La pequeña Memole arrastra sus botas hacia el interior del autobús, suplica su asiento en el que se desmorona. Sólo son tres paradas, pero en el trayecto el milagro se produce: tras el timbre de la parada solicitada, salta de su trono móvil y aguijonea los costados de los soñolientos que la separan de la puerta. Si alguno se vuelve para reconocer al tábano que lo ha sacado de su sopor, sale una dulce voz de detrás de la colorida bufanda que pide el paso por favor. La pequeña Memole ya está de nuevo en la calle. Sus botas, más que pesarle, ahora tienen alas.
¿Quién sabe qué destino le espera cada mañana?
Dedicado a uno de mis extras favoritos.








