Correr, huir, olvidar, desaparecer, escapar, abandonar, desertar, desmantelar, esconder, evadir, dispersar, eludir, extraviar, anular, sucumbir.
Morir.
Enterrar.
Nacer, resurgir, renacer, crecer, madurar.
Sobrevivir.
Comienza de nuevo el caos…
Y no sé qué decir.
Hoy quería ordenar un poco mi despacho. Se me da bien eso de amontonar cosas, pero llegados a estos extremos, se va haciendo necesario hacer un poco de hueco entre las que están para las que vayan llegando.
Carpetas y carpetas de apuntes que no sé por qué guardo todavía. Libros de estudio, libros de consulta, libros con los que pasar mil tardes de verano y que no tienen que ser necesariamente los mismos que los anteriores. Entre las páginas de algunos de ellos, notas olvidadas, caras que saludan desde viejas fotografías, cartas que nunca llegaron a su destino…
Una caja con mil escritos, dos plumas verdes, el papel de un regalo, el plano de una ciudad, un billete de autobús, el corcho de una botella…
Mis dibujos. Trazos de las caras de las que no puedo prescindir: mi hija, con su lago de inocencia en la mirada. Mi mejor amigo, amor que no pudo ser. Los ojos que más me conocen, que más me seducen, que más me inquietan…
Todo vuelve cuidadosamente a su sitio… quizá otro día sí me decida a hacer limpieza.
Hoy me he cruzado con una chica que llevaba entre sus brazos un hermoso ramo de rosas. Y de pronto he recordado cuánto tiempo hace que nadie me regala flores. Sí, sé que puede parecer una ñoñería, y que no todas las flores se regalan con la misma intención con que se reciben, pero sigue siendo un gesto que me parece de lo más tierno. De hecho, los pétalos de la mayoría de las flores que me han regalado siguen habitando mi casa, repartidos por lindos tarros que adornan mis estanterías. Flores que sí significaron algo, como aquellas tres docenas de rosas que me regaló un chico al que no supe querer y que me hicieron parecer la fallera mayor el día de la patrona hasta que llegué a mi casa (cómo le expliqué a mi madre la presencia de esas rosas color sangre es algo que debería contar otro día). Las que celebraron el nacimiento de mi hija, las que me ha ido regalando ella misma después… Rosas de dolor, aquel ramo amarillo adornado con canela que pretendía arreglar lo que ya no tenía remedio. El último, unas amapolas tempranas que me regalé yo misma…
Ya nadie regala flores.
Nunca nos despedimos. Es como mi pequeño conjuro contra no volver a verle. Ese día, simplemente me sentó en sus rodillas y me abrazó. Me apretó tan fuerte como yo necesitaba, con ese abrazo que él sólo sabe dar para hacerme sentir que estoy viva, mientras sentía su aliento y la barba de dos días contra mi cuello. Estuve mil años con los ojos cerrados hasta que se levantó, cogió su mochila y salió.
Cuídate. Vuelve pronto.
Eran las 13.31.
Hay en Cádiz una maravilla de churrería, la de “La Guapa”. Cuando era chica, las tardes que mi madre nos invitaba a merendar después de visitar a mi abuela, le daba a mi hermana mayor unas monedas y la comanda de cuánto tenía que comprar, y nos dejaba en la cola de la churrería mientras ella se iba a “El Moderno” a coger sitio… Recuerdo aquella espera, mientras nos íbamos acercando al cristal que nos separaba de la báscula donde La Guapa pesaba los churros… contaba una y mil veces, cada vez que alguien se separaba del puesto con un cucurucho (un ‘papelón’ se llama aquí) de papel de estraza, cuánto nos quedaba para llegar a esa dulce meta. Cuando conseguía pegar la nariz al cristal, aún antes de que el churrero, ¡mágico oficio!, sacara la rueda de masa frita del aceite hirviendo, La Guapa preparaba el papel, preguntaba cuánto querías y cobraba… no había que perder tiempo. La espera la aliviaba ofreciéndole al niño que ocupaba el primer lugar en la cola uno de los recortes de churro que le quedaban en el mostrador. Cuidao que va, tris, tris, tris… ea, ahí lo lleva! Corriendo antes de que se enfriaran, íbamos a buscar el chocolate que mi madre ya tenía pedido en la cafetería.
Entonces llegaba lo mejor de todo: pillar la primera los churros de masa que la guapa siempre colaba de propina!
Ahora que mi dieta me aconseja unas meriendas un poco más frugales que un chocolate con churros, sigue apareciendo esta imagen en mi mente. Suele suceder en verano, época en la que leo todo lo que un invierno demasiado ocupado no me permite. Pero pasa que algunas veces obtengo de esos libros que he ansiado devorar durante mi hibernación una sensación totalmente contraria a la que sentía de pie delante del puesto de La Guapa: autores de renombre, a los que precede su fama, tejen relatos que hacen que nos relamamos de gusto presagiando un final de lo más apetecible para, a cinco páginas del final, despacharnos con dos churros de masa. Sólo una diferencia con La Guapa: los suyos nos dejaban el sabor más dulce y, además, no estaban incluidos en el precio.
Hay gente que colecciona las cosas más extrañas. Germán Coppini, sin ir más lejos, coleccionaba moscas. Y ese afán por reunir objetos alcanza su máxima expresión en cuanto llega el mes de septiembre y toda su avalancha de fascículos con las cosas más impredecibles. Yo lo tengo un poco más fácil. Yo colecciono reflejos. Pero no cualquier reflejo. Sólo el mío. Eso sí, los atesoro todos ellos e independientemente de donde se produzcan: desde un espejo hasta el bruñido bronce de un pasamanos. Pero no creáis que hago esta colección por vanidad. Si busco mi reflejo no es para comprobar que mi aspecto es impecable. Ni siquiera me ordeno el pelo o me estiro la chaqueta cuando me miro de soslayo en un escaparate. No retoco mi maquillaje en el reverso de una cucharilla ni me guiño aprobándome en el retrovisor del taxi que me lleva a casa. Tan solo acuño esas imágenes para asegurarme de que, pese a todo, sigo ahí.

La última vez que miré el reloj fue cuando llamó para decir que ya estaba casi en casa. Su llegada me cogió con una totalmente cuidada forma de estar a medio vestir. Besos en la puerta, abrazo largo, no te quedes ahí, ven a sentarte y cuéntame. Charlamos hasta que se hizo de noche detrás de la ventana. El cambio de luz y la música nos llevó de la palabra a los besos, de los besos a las caricias. En estos tiempos ya nadie se escandaliza. Mis vecinos tampoco. ¿Quién podría hacerlo al ver dos cuerpos desnudos y sudorosos bailando en la oscuridad?