Victoria!

Por fin… prueba superada, objetivo conseguido, renazco de mis cenizas: la confusión ha vuelto a ser orden y el caos ha sido dominado. Vuelvo por mis fueros, me crezco y ya estoy aquí. Reordeno el piso y encuentro la templanza perdida. Ni pitos ni flautas, sólo yo y mi circunstancia. Dejo de ser un olmo viejo y ya no pido peras de mirada intensa. Preparada, lista, ya! Dispuesta a saltar a la arena, ponerme el mundo por montera y comprobar el poder limpiador de las moras verdes. No más camisas de once varas. A ver cuánto dura…

Pecados.

Si hay algo que me haga sentir mala persona es el sentimiento de envidia. No la envidia ‘sana’, como algunos la llaman, esa que nos impregna cuando vemos que alguien, por méritos propios, por su esfuerzo personal, alcanza aquello que nosotros quisiéramos como nuestro. Ese tipo de ‘envidia’ hace que me alegre de los logros conseguidos por el ‘envidiado’, me convence de que si quiero, puedo y me recuerda que debo tener mi instinto de superación guardado por algún sitio.
Pero también está la otra envidia, esa que aflora cuando, aún empeñándonos, no somos capaces de conseguir aquello por lo que nos afanamos, y sin embargo, asistimos desdichados a cómo otros lo alcanzan apenas sin pestañear… Son esas personas tocadas por la fortuna, los que siempre están en el sitio adecuado en el momento oportuno… esos que no arriesgan, no juegan… pero siempre ganan. Prefiero estar lejos de estos seres privilegiados: al fin y al cabo, ni siquiera es contagioso, y ojos que no ven, corazón…

Vivo?

No creo que tenga nada que ver con Santa Teresa y su ascetismo, pero desde hace unos días, también vivo sin vivir en mi. Tan alta dicha, más que esperarla, la sufro. No es éxtasis divino, sino más bien castigo mental (¿autoimpuesto subconscientemente? No lo sé), pero debería dominar esta confusión antes de que derive en caos… si pudiera, si supiera cómo. En lugar de ello, me abandono, me distraigo, me ofusco, me ciego, dejo cosas por hacer, palabras por decir… y vida por vivir.

Insomnio (y II).

Valerianas y tisanas. Ya he dejado de tomar café, la coca-cola hace años que no la pruebo. Cenas frugales, por supuesto, nunca picantes. Tengo el dormitorio lleno de ovejas, leo las novelas más aburridas: lo único que me provocan es dolor de cabeza. Me levanto, paseo descalza, me fumo tres últimos pitillos. Un vaso de agua, un vaso de leche caliente. Técnicas de relajación: monsieur Silva tampoco ayuda. Me concentro en mis chakras, convoco cada uno de sus colores. Infusiones de cáscara de naranja. Música relajante en lugar de debates en la tele. Miro al cielo, busco estrellas. Todo es apagar la luz y abrir los ojos. Con suerte, me puedo quedar dormida un par de horas antes de que suene el despertador. ¿Qué fue de cuando podía dormir dieciséis horas seguidas? ¿Se me gastó el sueño entonces?

Batallas.

No me gusta discutir. Siempre procuro evitarlo: repliego mis velas aún antes de que comience la batalla. Considero que ya nos complicamos demasiado la vida como para enzarzarme con alguien en un combate dialéctico que no va a llevarnos a ningún sitio, donde nadie va a dar su brazo a torcer y el punto de partida siempre es no dejarnos convencer de otra postura que no sea la nuestra. Pero hay veces que no puedo escapar sin rendir buena lid. Entonces no grito, no me exalto, pero de mi boca salen palabras como látigos que no vienen de mi mente, palabras que no reconocería como mías hasta el momento de pronunciarlas. Casi siempre soy consciente del daño que van produciendo, pero en ese punto lo único que me haría parar es rematar a mi oponente en el suelo con una frase lapidaria. Después, lloro mi victoria, incapaz de pedir perdón.

Insomnio.

Algunas veces no puedo dormir. Entonces encuentro mil cosas que hacer antes de meterme en la cama, donde me devano los sesos buscando soluciones improbables a un problema que no es tal, porque la respuesta está en el sentido común. Pero siempre he adolecido de lo mismo: el sentido común es el más extraño de los sentidos en mí, y siempre la opción más conveniente es la menos atractiva. Sin libro de instrucciones para la vida, echo de menos una moneda que me muestre la cara del camino a seguir. Una moneda de curso legal, multifunción, que sirva tanto para asuntos mundanos como divinos. Una moneda para echar la culpa de las equivocaciones y ponérmela como medalla en los aciertos. La vida sería un poco más aburrida, pero, al menos, podría dormir.

Nada.

Hay días que son para nada… días para estarse quietecita y pasar desapercibida… Días para no pensar, porque sabes que nada bueno saldrá. No digas, no te muevas, no pienses, no hagas…: hoy es un buen día de nada.

Mi infancia son recuerdos…

Los días de poco trabajo, o de poco público, los días de primavera como hoy, gusto de perder cinco minutos mirando por la ventana de mi oficina. Lo que veo desde ella no es gran cosa quizá para otros ojos, pero a mí me evoca recuerdos de mi infancia. Hay un patio de una casa, con muchas plantas, y unos grandes ventanales de medio punto cuajados de geranios. Y hay una luz a esta hora que es la misma con la que jugaba al escondite de pequeña en mi casa… Jugar al escondite con el sol que entra por la ventana, enredada en las cortinas, entrecerrando los ojos, con el olor a café de puchero y tostadas de parrilla del desayuno. Saltar sobre los rayos de sol en el suelo, descalza, de puntillas. Las eternas vacaciones de los cinco años, donde todo era nuevo, donde todo era motivo de fiesta.