
Todo aquel que viva en un piso sabrá lo que es tener vecinos, para lo bueno y para lo malo. De lo bueno ya os hablaré otro día. De lo malo, aún enfadada, lo hago hoy.
Me considero una persona comprensiva y respetuosa. Cuando la señora del piso de arriba tenía hijos pequeños, jamás protesté por las carreras de éstos por los once metros de pasillo que tiene igual que yo, ni por los llantos de los críos en plena madrugada (cosa que mi vecina de abajo sí hizo cuando mi hija probaba sus aptitudes para la carrera desde su andador en las tardes de verano). Cuando la vecina de al lado (pared con pared, dormitorio con dormitorio) era una señora mayor y sola que elegía sus noches para oír la radio en la cama y contarle a alguien por teléfono sus penurias, conversaciones perfectamente audibles desde mi cama, no sé si por la escasez de oído de mi vecina o por la de su interlocutor, tampoco se me ocurrió llamar a su puerta o golpear su pared, mi pared, para llamarle la atención.
Pero las cosas han cambiado. Los hijos de la vecina de arriba son mayores. Uno, incluso practica, con éxito nulo, escalas imposibles de corneta apoyado en el alfeizar de la ventana, como llamando a retreta a sus amigos que juegan en el patio. Ella misma calza tacones que se clavan en mi techo a cualquier hora, del día o de la noche; y cuando tiende su colada, el ruido que hacen las poleas del tendedero asemeja, sobredimensionado, el último canto del pavo el día de nochebuena. Y tampoco he protestado.
Pero la señora del piso de al lado murió, y su casa la ocupó una familia con niñas pequeñas que tienen como principal afición levantarse muy temprano los días de fiesta y saltar en la cama de sus papis muertas de risa hasta que éstos se levantan y les preparan el desayuno. Educada como soy, sólo rezo para que esto ocurra pronto y las niñas lleven sus risas hasta la cocina, en el otro lado de la casa.
Pero me traigo una guerra particular con esta familia. Parece que los demás, yo, tenemos la obligación de soportar sus ruidos, pero ellos no quieren oír ni una mosca que no les pertenezca. Ya me han tocado dos veces a la pared. En pleno día. Por eso, esta mañana, cuando han tenido la deferencia de despertarme a base de reggeaton, viendo que ya no iba a volver a dormirme, me he levantado, he cogido la radio-cd de mi hija y, viendo que les gusta tanto la música, les he puesto, en especial para ellos y bien pegados los altavoces a la pared, y con el volumen a diez, Los cuentos de Hoffmann, de Offenbach. Aquí os dejo una de las partes más suaves, que a más de uno sonará. Eso sí, al salir de la habitación, he tenido que cerrar la puerta, que no era capaz de oír ni lo que pensaba.
La imagen, El grito, de Diego Manuel.