Hermosa.

Lo hermosa que soy cuando la mirada de mi reflejo en el espejo se cruza con tu mirada y mis ojos brillan como sólo lo hacen cuando me miras.

Lo hermosa que soy cuando me haces reír y las lágrimas me bañan la cara y sigues haciéndome cosquillas y no paras aunque te lo pida y en realidad deseo que sigas.

Lo hermosa que soy cuando mi pecho anida en el molde perfecto de tus manos.

Lo hermosa que soy cuando mi piel es de cera y talco, piel de armiño, ante el breve roce de tus dedos.

Lo hermosa que soy cuando entreveo mi vientre plano, coronado con un ombligo ávido de tu lengua ávida de mi deseo, enmarcado por los huesos de mi cadera que se yergue mientras buceas entre mis piernas, columnas quebradas de mármol torneado.

La imagen, Mujer Corazón, de Luis Sanus.

Casino Royale.

Es lo que tiene pasar un puente con cerocomacinco, que terminas viendo la última de cerocerosiete.

Yo que me había mantenido virginal ante la saga, no viendo más que trozos sueltos de algunas de las películas cuando las ponen en las sobremesas de los días de fiesta, prestando más atención a la conversación o al sueño que a las peleas que se sucedían en la pantalla. Yo, que por no ver no había visto, ni por mera casualidad y afán de reconocer lugares y la posibilidad de reconocer paisanos, aquélla rodada en estos lares y que dio por nombrar a Halle Berry como ‘la morena más buenorra hermosa salida jamás de la Caleta’ en una suerte de estadística tan improbable como esa de la NASA de la que habla Ismo (el que ha comprobado que este ha sido el año más caluroso ha debido estar quinientos años sentado en la orilla de esta playa viendo salir ‘morenas’ a fin de otorgar ambos títulos), y de pronto, hala, estrenándome con James Bond al mismo tiempo que el rubísimo Daniel Craig.

No voy a contar la película, no quiero ser metepata, ni a hacer crítica de ella, que parecería más una especie de Cándida que otra cosa, pero por lo que tengo entendido, cuenta con menos gadgets y con más sangre en su protagonista que las precedentes. Hay hermosas chicas: la chica Bond, como es de menester, y el zorrón, que tiene lo que se merece por eso mismo quedando hecha una rebaná (expresión muy gaditana que aquí se usa literalmente). Como es natural, también un malo malísimo, Le Chiffre, al que no le hace falta poner morros para serlo y parecerlo y que no pestañea precisamente ante la adversidad.

Lo más sorprendente, que en una sala semi vacía, en la que la mayoría de los espectadores eran adolescentes varones, se oyeran más suspiros ante la aparición del mítico Aston Martin que ante la de cualquiera de los escotes –generosos- que se prodigaron en toda la película.

Lo más sorprendente (dos) que, contra todo pronóstico, no terminara de disgustarme la película (yo nunca he dicho esto, que conste, y no lo repetiré en público).

Hermana.

Siempre había sido mi madre la que, con paciencia infinita, me había levantado cada día para ir al cole, había puesto mi sueño debajo de la almohada para que supiera dónde estaba cada noche, me había vestido y, mientras desayunaba, intentaba coger con un lazo mi pelo rebelde de puro fino y lacio.

Pero aquel día de diciembre de mis seis años era mi hermana mayor la que, más apurada que artera, intentaba espabilarme para no llegar tarde. «¿Mamá?» «Mamá no está. Luego iremos a verla» Supongo que presentí que algo ocurría, pero creo que no pregunté. Al fin y al cabo, a los niños pequeños no se les cuenta nada.

Luego resultó ser por la tarde, después de clase. Mi padre nos llevó en autobús hasta la plaza España, donde estuvimos un rato jugando. Al poco, me cogió de la mano y con mi hermana mayor, fuimos hasta una casa cerca de allí. La casa por dentro parecía un hospital, aunque nunca había pisado uno, y olía de una forma muy extraña. Después de pasillos, escaleras y gente con cara seria, llegamos a una habitación donde, por fin, estaba mi madre. Acostada en una cama. Y algo fallaba. ¿Dónde estaba esa barriga gorda que lucía últimamente y a la que llamábamos hermanito?

De pronto apareció una enfermera con un revoltillo de ropa entre los brazos que soltó con sumo cuidado en la cama de mi madre, mientras ésta me decía «Mira, tu hermanita» «¿Hermanita? ¿No iba a ser un niño e iba a llamarse Santiago?» En esas estaba mi pensamiento cuando vi aparecer entre esa manta a la muñequita más preciosa que había visto nunca. El pelito negro repeinado con su raya al lado y todo, la piel de melocotón y una naricita como un pegotito sonrosado en esa cara pequeña y redonda. Era cinco de diciembre y los reyes magos ese año se me adelantaron un mes y un día.

Hoy también es cinco de diciembre y ya han pasado unos cuantos años. Esa muñequita linda es a su vez la mamá de un precioso bebé que tiene el mismo pegotito sonrosado en su cara pequeña. Este año el cinco de diciembre volverá a ser fiesta, porque volveremos a estar juntos casi toda la familia. Este año, el cinco de diciembre vuelve a ser un adelanto de la navidad.

Felicidades, hermana. Que sean muchos más.

Rosa rosae

Tom Cruise se casó con la lánguida Katie Holmes. En un castillo italiano. Más guardaespaldas que invitados. Y dos francotiradores. Quizá esperaba algún invitado con armas de asalto. La Preysler invitó a cenar a George Clooney. Y a Cayetano Rivera. Anita y Tamara no se perdieron la cena. Pijas sí, pero tontas no. Seguro que incluso repartieron Ferreros durante la actuación del cuadro flamenco de los postres. Se presentaron relojes, rojos de labios, joyas y demás en glamourosos actos en los que se vio gente guapa y menos guapa (a no sé cual fueron Paulina Rubio y su novio). Una pobre presidenta tuvo que enfundarse en la bandera de su comunidad para poder acudir a una de esas fiestazas.
Doña Leonor cumplió un añito y ya hay cuatro princesas europeas embarazadas. Carlota compite con la belleza serena de su madre, Alberto acude sin novia y Estefanía reparte regalos en la fiesta de la Cruz Roja. O era en la de la Rosa. En una de ellas, vamos.
Para la boda Cruise-Holmes, cinco modelos de Armani, uno de ellos para la pequeña que cumplió siete meses el mismo día (¿o fue un año?). La Pantoja se siente engañada y se autoproclama víctima, igual que Nicole, consternada por el ingreso en una clínica de desintoxicación de su marido. Igual no quería que ingresara. O igual no es por eso. Britney Spears se va de juerga con Paris y enseña el búlgaro.
Madonna, madre ejemplar, Angelina sufre mareos, Luis Miguel, en un arrebato de inspiración, le pondrá Miguel a su hijo.
Sara, o la señora que se comió a Sara, no piensa casarse con Giancarlo aunque es el amor de su vida.
Beckham y esposo posan a su llegada a Italia. Ella, con modelo de ejecutiva de película porno. Él, con un jersey igualito al uno que mi padre tiró allá por los años setenta porque le parecía antiguo.

Para todo esto dan dos horas largas de peluquería.

Mirada.

 

¿Basta una mirada?

A mí me bastan tus ojos, cuando jugamos al cíclope, para entregarme a tus brazos y, con la respiración entrecortada, sentir tu aliento en mi cuello y tus manos bajando por mi espalda.

Me basta mirarte para que me devuelvas tus ojos limpios y la piel del deseo. Me dices que te deshaces y eso es lo que busco, lograr deshacerte para recoger entre mis manos, como copa consagrada, todas las gotas de ti que guardaré como el más preciado licor, para beberte cuando estés lejos, para seguir bañándome en tu sonrisa cuando no estés aquí, para que mi cuerpo se estremezca con tus caricias cuando sólo pueda oír tu voz. Esencia de ti mismo recogida como rocío en madrugadas de besos y rosas mientras te miro, escanciada para no desesperar en la espera de volver a entregarme a tus brazos y, con la respiración entrecortada, sentir tu aliento en mi cuello y tus manos bajando por mi espalda…

La imagen, de Vincent Spano.

 

Vecinos.

Todo aquel que viva en un piso sabrá lo que es tener vecinos, para lo bueno y para lo malo. De lo bueno ya os hablaré otro día. De lo malo, aún enfadada, lo hago hoy.

Me considero una persona comprensiva y respetuosa. Cuando la señora del piso de arriba tenía hijos pequeños, jamás protesté por las carreras de éstos por los once metros de pasillo que tiene igual que yo, ni por los llantos de los críos en plena madrugada (cosa que mi vecina de abajo sí hizo cuando mi hija probaba sus aptitudes para la carrera desde su andador en las tardes de verano). Cuando la vecina de al lado (pared con pared, dormitorio con dormitorio) era una señora mayor y sola que elegía sus noches para oír la radio en la cama y contarle a alguien por teléfono sus penurias, conversaciones perfectamente audibles desde mi cama, no sé si por la escasez de oído de mi vecina o por la de su interlocutor, tampoco se me ocurrió llamar a su puerta o golpear su pared, mi pared, para llamarle la atención.

Pero las cosas han cambiado. Los hijos de la vecina de arriba son mayores. Uno, incluso practica, con éxito nulo, escalas imposibles de corneta apoyado en el alfeizar de la ventana, como llamando a retreta a sus amigos que juegan en el patio. Ella misma calza tacones que se clavan en mi techo a cualquier hora, del día o de la noche; y cuando tiende su colada, el ruido que hacen las poleas del tendedero asemeja, sobredimensionado, el último canto del pavo el día de nochebuena. Y tampoco he protestado.

Pero la señora del piso de al lado murió, y su casa la ocupó una familia con niñas pequeñas que tienen como principal afición levantarse muy temprano los días de fiesta y saltar en la cama de sus papis muertas de risa hasta que éstos se levantan y les preparan el desayuno. Educada como soy, sólo rezo para que esto ocurra pronto y las niñas lleven sus risas hasta la cocina, en el otro lado de la casa.

Pero me traigo una guerra particular con esta familia. Parece que los demás, yo, tenemos la obligación de soportar sus ruidos, pero ellos no quieren oír ni una mosca que no les pertenezca. Ya me han tocado dos veces a la pared. En pleno día. Por eso, esta mañana, cuando han tenido la deferencia de despertarme a base de reggeaton, viendo que ya no iba a volver a dormirme, me he levantado, he cogido la radio-cd de mi hija y, viendo que les gusta tanto la música, les he puesto, en especial para ellos y bien pegados los altavoces a la pared, y con el volumen a diez, Los cuentos de Hoffmann, de Offenbach. Aquí os dejo una de las partes más suaves, que a más de uno sonará. Eso sí, al salir de la habitación, he tenido que cerrar la puerta, que no era capaz de oír ni lo que pensaba.

La imagen, El grito, de Diego Manuel.

¿Quieres?

 

Quiero sol para estar al sol y no encerrada entre estas cuatro paredes.

Quiero un día luminoso de invierno para abrigarnos hasta las orejas y salir a pasear. Y pararnos en cada esquina soleada y estirarnos como gatos, sentir el calor débil en la cara y lamernos y besarnos.

Quiero una noche estrellada de risas y copas, de calles iluminadas que retumben a nuestro paso, de plazas sin viento donde me consueles de la tiritera de la madrugada con un abrazo. Quiero trasnoches y mañanas para dormir, para escondernos bajo el edredón y jugar a los dormidos y a los despertares dulces.

Quiero tardes de estufa y sofá, en las que cualquier película sea solo el eco de nuestros besos, tardes de beber un buen vino en tus labios y contarte de cuando era niña y que tú me cuentes…

Quiero tus días de invierno, tus noches, juntarlos con los míos y quedarnos en ellos.

La imagen es Tendresse, de Claude Theberge.

¿Quieres?

 

Quiero sol para estar al sol y no encerrada entre estas cuatro paredes.

Quiero un día luminoso de invierno para abrigarnos hasta las orejas y salir a pasear. Y pararnos en cada esquina soleada y estirarnos como gatos, sentir el calor débil en la cara y lamernos y besarnos.

Quiero una noche estrellada de risas y copas, de calles iluminadas que retumben a nuestro paso, de plazas sin viento donde me consueles de la tiritera de la madrugada con un abrazo. Quiero trasnoches y mañanas para dormir, para escondernos bajo el edredón y jugar a los dormidos y a los despertares dulces.

Quiero tardes de estufa y sofá, en las que cualquier película sea solo el eco de nuestros besos, tardes de beber un buen vino en tus labios y contarte de cuando era niña y que tú me cuentes…

Quiero tus días de invierno, tus noches, juntarlos con los míos y quedarnos en ellos.

La imagen es Tendresse, de Claude Theberge.

Tacones lejanos.

-Qué pocos tacones se ven en este ministerio –dijo el nuevo jefe de Marta-. Las mujeres no comprenden que los tacones son arquitectura ascética en el más puro estilo internacional, el juego de los volúmenes bajo los pies.

¡Ja!

La cita, de La conquista del aire, de Belén Gopegui.
El dibujo, diseño de Manolo Blahnik.