Regalos.

Hace unos días me hicieron un precioso regalo: un hermoso portafolios, lleno de hojas color crema, que viene a ser el mejor complemento a otro presente recibido de las mismas manos este verano.

Para recibir este regalo, una única condición: seguir haciendo esto que estáis leyendo, seguir dibujando en esas elegantes cuartillas las historias que luego os iré contando a todos los que queráis leerlas.

Para recibirlo, yo también puse las mías: una, para mí misma, que la primera página de ese portafolios no estuviera llena de palabras manuscritas, sino de otros trazos en los que llevo empeñada hace algún tiempo. La segunda, ya la sabes. Ahora te toca a ti mover y no te valdrá ninguna excusa.

Y ya sabes lo cabezota que puedo llegar a ser…

Horas.

Hay días en que las horas se me antojan

gotas de resina

que resbalan

sinuosas

surcando

la piel del árbol.

Hay otros días que son el relámpago repentino el instante fugaz el despertar sobresaltado el segundo precipitado.

Que hoy sean relámpago.

Que mañana sean más que resina.

This is not Halloween.

Uno de noviembre.

Fiesta de todos los santos.

Cuando era niña, acompañaba a mis mayores al cementerio, donde me dedicaba a perseguir gatos sin apenas darme cuenta de lo que esa visita suponía. Y me chamuscaba las pestañas en las mariposas que mi madre ponía en un altar improvisado con las fotos de los abuelos y tíos que ya habían fallecido. Supongo que criarme viendo el cementerio por cada una de las ventanas de la casa ayudó a que estas costumbres no fuesen algo macabro ni siniestro.

En Cádiz, la ciudad donde vivo, la ciudad del cachondeo, a la muerte también la tomamos con su puntito de broma. Un puntito, nada más, que los cementerios, como en cualquier lugar, aparecen en este día engalanados, con todos sus nichos limpios, y en otras épocas encalados, y con sus crisantemos honrando a todos nuestros muertos.

Pero la fiesta grande se celebra en los mercados de abastos, las «plazas», como se llaman aquí. Durante estos días, los puestos de cada uno de ellos se disfrazan, como en un Halloween patrio, y hacen mofa y befa de lo que sucede en la ciudad. Cada puesto se convierte en un diorama en el que se utiliza lo que se tiene más a mano: así podemos ver un pollo deshuesado con peluca rubia, dos besugos emulando la más alta política del país o a una berenjena peleando por su asociación de vecinos, todo ello aderezado con el olor de las castañas asadas, las garrapiñadas y los huesos de san expédito que hacen las delicias de todos los que hasta allí acuden a hacerle burla a las fechas.

Previsiones.


Hoy hizo sol y no, llovió y todo lo contrario. Hubo nubes blancas, nubes negras y ausencia de nubes, y el cielo pasó del azul celeste al gris plomizo y luego al contrario.

El viento sopló de levante, de poniente, y más tarde dejó de soplar. Llegó a hacer casi frío y casi calor.

Sólo faltaron rayos y centellas, su poquito de granizo y un eclipse parcial.

Por fuera.

Por dentro perdura la estabilidad atmosférica mientras se acerca un anticiclón que será más perceptible a medida que vaya llegando el próximo fin de semana.

 

Café y azúcar.

Como cada mañana, se instaló en el rincón más apartado de la barra del bar, allí donde la máquina del café soltaba su vapor de vieja locomotora. Aquel sitio siempre estaba vacío, esperándola, como reservado para ella. El ruido del vapor ahuyentaba a la clientela, pero ella, después de los años que hacía que había adoptado aquel lugar para el café de las mañanas, había terminado por no oír aquel bufido a fuerza de pura costumbre.

Café hirviendo, leche fría. El mismo ritual de cada mañana: sostener por unos segundos el terrón de azúcar sobre la superficie del líquido caliente, apenas rozándolo, mientras se iba tiñendo y empezaba a derretirse. Uno, dos, y los mismos pliegues en el envoltorio vacío. Encender un cigarro y mezclar su humo con las volutas que se desprenden de la taza. Abrir el libro y abstraerse en él, aunque a aquellas horas no había mucho más allí en qué distraer la mirada: la cafetería casi vacía, solo ella, los dos camareros aburridos y somnolientos tras la barra y las luces parpadeantes de la tragaperras que, de vez en cuando, soltaba su lamento en forma de patética musiquilla de feria reclamando atención entre un público a aquellas horas inexistente. Quizá demasiado temprano para los que van, quizá demasiado tarde para los que ya están de vuelta, así que ella sola con su multitud: su libro, su café, su cigarro y el camarero, simulando tener algo que hacer, que por decir algo le pregunta: «Anita, y ¿no dirá en ese libro que lees cuándo por fin va a hacer frío?» «No lo sé, Alejandro. Todavía no he llegado al final».

Fin del capítulo, acomoda la pauta y cierra el libro. Último sorbo de café poniendo toda su atención en apagar el cigarro. No debe quedar ni siquiera una pequeña pavesa encendida, ni una pequeña y calcinada porción de tabaco y papel que no sea reducida a ceniza, a polvo de ceniza, a minúsculas partículas de polvo de ceniza. Y tan concentrada está en esta labor que tiene todo su pensamiento puesto en otra parte, justo en la última frase que acaba de leer: «Su afecto como el chal que nos envuelve»

Sonríe. No ha llegado al final del libro y no sabe cuándo llegará el frío. Pero ha llegado al final de un capítulo y ha encontrado la mayor de las pistas para saber cuándo hará calor: su amor como un velo envolviéndole el cuerpo.

Café y azúcar.

Como cada mañana, se instaló en el rincón más apartado de la barra del bar, allí donde la máquina del café soltaba su vapor de vieja locomotora. Aquel sitio siempre estaba vacío, esperándola, como reservado para ella. El ruido del vapor ahuyentaba a la clientela, pero ella, después de los años que hacía que había adoptado aquel lugar para el café de las mañanas, había terminado por no oír aquel bufido a fuerza de pura costumbre.

Café hirviendo, leche fría. El mismo ritual de cada mañana: sostener por unos segundos el terrón de azúcar sobre la superficie del líquido caliente, apenas rozándolo, mientras se iba tiñendo y empezaba a derretirse. Uno, dos, y los mismos pliegues en el envoltorio vacío. Encender un cigarro y mezclar su humo con las volutas que se desprenden de la taza. Abrir el libro y abstraerse en él, aunque a aquellas horas no había mucho más allí en qué distraer la mirada: la cafetería casi vacía, solo ella, los dos camareros aburridos y somnolientos tras la barra y las luces parpadeantes de la tragaperras que, de vez en cuando, soltaba su lamento en forma de patética musiquilla de feria reclamando atención entre un público a aquellas horas inexistente. Quizá demasiado temprano para los que van, quizá demasiado tarde para los que ya están de vuelta, así que ella sola con su multitud: su libro, su café, su cigarro y el camarero, simulando tener algo que hacer, que por decir algo le pregunta: «Anita, y ¿no dirá en ese libro que lees cuándo por fin va a hacer frío?» «No lo sé, Alejandro. Todavía no he llegado al final».

Fin del capítulo, acomoda la pauta y cierra el libro. Último sorbo de café poniendo toda su atención en apagar el cigarro. No debe quedar ni siquiera una pequeña pavesa encendida, ni una pequeña y calcinada porción de tabaco y papel que no sea reducida a ceniza, a polvo de ceniza, a minúsculas partículas de polvo de ceniza. Y tan concentrada está en esta labor que tiene todo su pensamiento puesto en otra parte, justo en la última frase que acaba de leer: «Su afecto como el chal que nos envuelve»

Sonríe. No ha llegado al final del libro y no sabe cuándo llegará el frío. Pero ha llegado al final de un capítulo y ha encontrado la mayor de las pistas para saber cuándo hará calor: su amor como un velo envolviéndole el cuerpo.

Problema.

Hay cosas que suceden sólo porque tienen que suceder. Como aquellos coches que nos planteaban los problemas de niños, que circulando en la misma dirección y sentidos opuestos tenían que encontrarse en un punto sólo porque así estaba escrito. Así, como en estos ejercicios, nuestras acciones tienen también un resultado, que es ese cruce de coches, y da igual que la variable conocida sea una velocidad constante o un correo escrito en una tarde como esta. También da igual las operaciones que tengamos que realizar: al final los coches se cruzarán. Porque al fin y al cabo, la distancia que separa Cádiz de Barcelona tampoco es tanta, y el punto intermedio no tiene por que ser Albacete.

Eso sí, lo que ocurre después de que se produce el encuentro es otra historia. Otra historia que ya es la tuya y la mía.

Serpientes de agua.


Mi casa huele a lluvia y a temporal y mi piel está cubierta de salitre y arena.

Esperándote.

En mi pelo enreda algas el viento del sur, hay barro en mis pies y crecen líquenes en mis piernas.

Deseándote.

Las manos se me llenan de escamas, los ojos de agua, el alma de coral.

Amándote.