Tristes días.

Días tristes de triste otoño en los que la lluvia cae y se lleva mis ánimos como un reguero por las alcantarillas.

Días tristes de triste otoño de sol pálido que enmudece a media tarde.

Días tristes de triste otoño de frío en la madrugada y viento en las esquinas.

Noches tristes de triste otoño de nubes en el cielo que nos estorban la luna, de camas solas, de sábanas frías.

Tristes días.

Días tristes de triste otoño en los que la lluvia cae y se lleva mis ánimos como un reguero por las alcantarillas.

Días tristes de triste otoño de sol pálido que enmudece a media tarde.

Días tristes de triste otoño de frío en la madrugada y viento en las esquinas.

Noches tristes de triste otoño de nubes en el cielo que nos estorban la luna, de camas solas, de sábanas frías.

Muñeca de trapo.

Todavía podía recordar los días en que ella era la muñequita más linda del lugar. Los días en los que, ondeando su melena de lana roja, hacía volverse a los soldaditos de plomo al pasar, los osos de peluche la admiraban y escuchaba el murmullo envidioso de las muñecas de recortable cuando ella aparecía. Incluso hubo una vez que un maquinista de un tren mecánico llegó a enviarle alguna carta de amor desesperada.

Ahora, algunas veces todavía se sentía así. Justo hasta que se cruzaba con su propio reflejo que le recordaba que el tiempo no perdona. Por eso temía a los espejos, por eso huía de cualquier cristal que fuera capaz de retener su imagen por un instante. Cuando sucedía que no podía evitarlo, se veía allí, paralizada entonces, como a través de un grotesco espejo de feria que le devolvía la imagen deformada de lo que fue, la imagen real de lo que era: los botones negros de sus ojos habían perdido su brillo y el hilo rojo que le pespunteaba la boca se había vuelto tan pálido que muchas veces apenas se podía distinguir si sonreía o lloraba. Las hebras de su pelo también habían ido perdiendo el color, haciéndose tan claro en algunos mechones que se podría decir que había encanecido, como si de una criatura humana se tratara.

La tela que era su piel había cedido tanto que ya era incapaz de mantener prieto el serrín en su sitio, por lo que se le acumulaba en los tobillos dándole un aspecto ridículo. Incluso más de una vez había tenido que sentarse en cualquier lado y sacar su pequeño costurero, que ahora ya llevaba siempre encima, por la necesidad de remendar alguna costura en sus piernas que evitase la pérdida del relleno.

Sí, recordaba todavía aquellos días de los que se iba alejando, arrastrando, poquito a poco, sus pies de trapo.

La imagen, de http://ramosdiaz.com/

Muñeca de trapo.

Todavía podía recordar los días en que ella era la muñequita más linda del lugar. Los días en los que, ondeando su melena de lana roja, hacía volverse a los soldaditos de plomo al pasar, los osos de peluche la admiraban y escuchaba el murmullo envidioso de las muñecas de recortable cuando ella aparecía. Incluso hubo una vez que un maquinista de un tren mecánico llegó a enviarle alguna carta de amor desesperada.

Ahora, algunas veces todavía se sentía así. Justo hasta que se cruzaba con su propio reflejo que le recordaba que el tiempo no perdona. Por eso temía a los espejos, por eso huía de cualquier cristal que fuera capaz de retener su imagen por un instante. Cuando sucedía que no podía evitarlo, se veía allí, paralizada entonces, como a través de un grotesco espejo de feria que le devolvía la imagen deformada de lo que fue, la imagen real de lo que era: los botones negros de sus ojos habían perdido su brillo y el hilo rojo que le pespunteaba la boca se había vuelto tan pálido que muchas veces apenas se podía distinguir si sonreía o lloraba. Las hebras de su pelo también habían ido perdiendo el color, haciéndose tan claro en algunos mechones que se podría decir que había encanecido, como si de una criatura humana se tratara.

La tela que era su piel había cedido tanto que ya era incapaz de mantener prieto el serrín en su sitio, por lo que se le acumulaba en los tobillos dándole un aspecto ridículo. Incluso más de una vez había tenido que sentarse en cualquier lado y sacar su pequeño costurero, que ahora ya llevaba siempre encima, por la necesidad de remendar alguna costura en sus piernas que evitase la pérdida del relleno.

Sí, recordaba todavía aquellos días de los que se iba alejando, arrastrando, poquito a poco, sus pies de trapo.

La imagen, de http://ramosdiaz.com/