
TodavÃa podÃa recordar los dÃas en que ella era la muñequita más linda del lugar. Los dÃas en los que, ondeando su melena de lana roja, hacÃa volverse a los soldaditos de plomo al pasar, los osos de peluche la admiraban y escuchaba el murmullo envidioso de las muñecas de recortable cuando ella aparecÃa. Incluso hubo una vez que un maquinista de un tren mecánico llegó a enviarle alguna carta de amor desesperada.
Ahora, algunas veces todavÃa se sentÃa asÃ. Justo hasta que se cruzaba con su propio reflejo que le recordaba que el tiempo no perdona. Por eso temÃa a los espejos, por eso huÃa de cualquier cristal que fuera capaz de retener su imagen por un instante. Cuando sucedÃa que no podÃa evitarlo, se veÃa allÃ, paralizada entonces, como a través de un grotesco espejo de feria que le devolvÃa la imagen deformada de lo que fue, la imagen real de lo que era: los botones negros de sus ojos habÃan perdido su brillo y el hilo rojo que le pespunteaba la boca se habÃa vuelto tan pálido que muchas veces apenas se podÃa distinguir si sonreÃa o lloraba. Las hebras de su pelo también habÃan ido perdiendo el color, haciéndose tan claro en algunos mechones que se podrÃa decir que habÃa encanecido, como si de una criatura humana se tratara.
La tela que era su piel habÃa cedido tanto que ya era incapaz de mantener prieto el serrÃn en su sitio, por lo que se le acumulaba en los tobillos dándole un aspecto ridÃculo. Incluso más de una vez habÃa tenido que sentarse en cualquier lado y sacar su pequeño costurero, que ahora ya llevaba siempre encima, por la necesidad de remendar alguna costura en sus piernas que evitase la pérdida del relleno.
SÃ, recordaba todavÃa aquellos dÃas de los que se iba alejando, arrastrando, poquito a poco, sus pies de trapo.