Ruibal.

La mañana de ayer llegaba la noticia, vía amiga de una amiga: Ruibal actúa esta noche en el Pópulo. Confirmación en el Diario de Cádiz: inauguración del centro socio-cultural Tierra de todos. Junto a él, el escritor Juan José Téllez y el grupo de Senegal, y afincado en Sevilla, Super Tam Tam.

Con su último disco gastado y todavía un pellizquito por quedarme sin entradas dos meses antes de su actuación el pasado mes de mayo en el Falla, organicé todo lo que pude para no faltar esta noche. Claro que no conté con los imprevistos, y por causas de fuerza mayor que no vienen al caso, a primeras horas de la tarde ya sabía que de nuevo me lo iba a perder.

Así que de pensar contaros una maravilla de recital, que seguro que lo habrá sido, lo único que puedo hacer, para que no os quedéis vosotros también con las ganas, es poner aquí esta preciosidad de copla. No es la que tenía pensada al principio, La canción del contrabandista. Esa será otro día. Hoy la única que me sale es ésta:

Para llevarte a vivir.

De lo dicho sin pensar
de lo que callo y no digo
de las cosas por pasar
de las trampas del azar
de las cartas del destino.

Tengo un lápiz colorao
con un librito guardao
para escribirlo contigo.

Si la suerte inoportuna
te jugara una encerrona
si no hay salida ninguna
si la gracia y la fortuna
se apartan de tu persona.

Tengo un farolillo verde
por si de noche te pierdes
y la luna te abandona.

Tengo la rosa de oriente
el oro del sol naciente
y lo que quieras pedir
tengo el mapa del tesoro
tengo el palacio del moro
para llevarte a vivir.

De todo lo que besé
no doy beso por perdido
pa que me vuelva a morder
con la locura de ayer
tu boca contra el olvido.

Guardo un beso de reserva
para rodar por la hierba
cuando te vengas conmigo.

El sur que te prometí
tiene al sur otra frontera
las cuerdas de mi laúd
siguen buscando la luz
más al sur de la quimera.

Tengo una playa desierta
y una calesa en la puerta
para lucirme a tu vera.

Tengo la rosa de oriente
el oro del sol naciente
y lo que quieras pedir
tengo el mapa del tesoro
tengo el palacio del moro
para llevarte a vivir.

Pablo

Y ya tiene un año, y seis dientes como seis soles. Y unos ojos azules que se comen el mundo por donde va, aunque apenas se tenga en pie, aunque todavía no haya decidido que es hora de dar su primer paso.

Y es el culpable de las babas derrochadas de padres y abuelos, de tíos y primos, algunos de los cuales sólo sienten no tenerlo un poco más cerca para pellizcarle los mofletes un ratito todos los días.

Y aunque no sepa soplar la velita ni dejar tieso su índice diciendo cuán mayor es, seguro que hoy no le faltará la risa ni los cariños, ni los mimos ni la felicidad.

Días de otoño.

Hay días en que el otoño se me instala en las venas y me amarillean los ánimos amenazando con caer.

Hay días que los kilómetros pesan más que los años y los kilos, y la paciencia es una especie en vías de extinción.

Hay días en que el horizonte está hecho de alquitrán, hay días en los que soy un caracol resbalando en un espejo.

Hay días grises y días negros, días de gato panza arriba, de cólera incontenida, de tristeza incontrolada.

Pero hay días en que el teléfono llama al orden y el ordenador me aquieta el alma. Hay días en que su voz me clama al cielo y me tiende una red sobre el vacío. Entonces soy capaz de pararme de puntas de pies y la esperanza vuelve a ser una joya verde engarzada a mi cuello.

 

Días de otoño.

Hay días en que el otoño se me instala en las venas y me amarillean los ánimos amenazando con caer.

Hay días que los kilómetros pesan más que los años y los kilos, y la paciencia es una especie en vías de extinción.

Hay días en que el horizonte está hecho de alquitrán, hay días en los que soy un caracol resbalando en un espejo.

Hay días grises y días negros, días de gato panza arriba, de cólera incontenida, de tristeza incontrolada.

Pero hay días en que el teléfono llama al orden y el ordenador me aquieta el alma. Hay días en que su voz me clama al cielo y me tiende una red sobre el vacío. Entonces soy capaz de pararme de puntas de pies y la esperanza vuelve a ser una joya verde engarzada a mi cuello.

 

Reverso II.

Le besó la punta del dedo índice, cogió el mechero y el móvil de encima de la mesa y se acercó a la barra a pagar los cafés. Ella lo vio salir por la puerta de la cafetería mientras llamaba a la camarera y pedía otro té.

Encendió otro cigarrillo por si el humo le aclaraba las ideas. No le gustaba discutir. No sabía hacerlo. Admiraba a aquellos que eran capaces de enzarzarse en una disputa dialéctica y asaetear al oponente con frases claras y precisas, en un auténtico duelo de caballeros, pronunciando y recibiendo tan acertados parlamentos que podían dar por concluido el debate sin la deshonrosa sensación de haber perdido nada por el camino. Pero ella no. Ella había sido de las que ante la retahíla de reproches de cualquiera que hubiese sido su contrincante, se replegaba y huía, literalmente. Cuántas veces, en el fragor de una disputa, se había quedado absolutamente muda, se había dado la vuelta y había deseado que la tierra la tragase. El silencio había sido su escudo, pero también su mal, porque callar significaba tragar, y tragar significaba rumiar hasta morir… o hasta explotar.

Y así había sido, hasta el día que se encontró tan abatida y tan llena de rencor sin salida que marcó un punto de inflexión en su forma de actuar. De un extremo a otro, se había convertido en la nueva acólita reverenciadora de la idea de que las diferencias, si se dejan enfriar, terminan por enquistarse y ser un mal mayor. Pero la oratoria seguía sin ser su fuerte, ni siquiera para agradar, tanto más para discutir. Había pasado de dar la callada por respuesta a ser una auténtica máquina de vomitar reproches, mezclando presentes, pasados y futuros sin otro hilo conductor que no fuera su propia rabia.

«Ahora merece la pena aprender». Recordó que alguien una vez le aconsejó no acostarse nunca enfadada y agradeció la tregua que él le había dado. Recogió las compras y salió a su vez de la cafetería. Tal vez le diera tiempo de preparar algo ligero para cenar y ponerse cómoda antes de que él regresase.

Puntos de vista.

«Sigue sin parecerme tan feo». Desnuda, tumbada bocabajo en aquella cama improvisada, revoltillo de sábanas desparejadas, dejaba volar la mirada por el paisaje que le ofrecía el balcón de la atalaya rosa: una maraña de tejados rojizos en primer plano, los edificios más altos de la parte nueva, todo ello enmarcado por la montaña y envueltos como para regalo en los velos de la luz plomiza que daba un cielo a punto de derrumbarse.

Hacía poco que se había despertado de la siesta de un domingo que nació con vocación de sábado, y mezclaba el sopor del sueño con el humo del cigarro recién encendido. Había despertado y él no estaba a su lado, pero los ruidos que le llegaban desde la cocina le hacían presagiar, con sumo gusto, que aquella tarde de no hacer nada se iba a prolongar, entre risas, tés de bergamota y charlas de todos y nadas, hasta una noche de hacer menos sólo para dos.

Apoyó la cabeza contra la mano, ladeándola, en un intento de comprobar si el cambio de postura suponía una merma de dioptrías que le hicieran percibir la imagen de aquel pueblo como le contaban sus moradores. «Es el pueblo más feo del mundo», le había dicho él y le habían repetido entre risas, como haciendo frente común, aquéllos a los que había ido conociendo en los últimos meses. Sin embargo, a ella, a medida que lo iba conociendo más, a medida que iba aprendiéndose cada esquina y cada portal, le iba pareciendo más entrañable y más acogedor.

Llegó a una conclusión: debe ser cuestión de puntos de vista. Ella se había acercado a aquel lugar llena de ilusión, en el deseo de aprehenderse para sí misma todo lo que a él rodeaba, de instalarse un poco en su día a día. Ese era el lugar por donde él se movía, las calles y las personas que lo saludaban cada mañana, los olores que él olía, los colores que veía y la luz que hasta él llegaba. Y ella quería conocerlos, en una forma de hacer real su norte, de vivirlo desde su sur.

Todo depende del cristal con que se mire, sentenció con palabras tan manidas, y ella, que nunca se supo hermosa, podía dar clases sobre ello, porque ahora le bastaba sentir la mano de él apoyada en su cadera para que todo su cuerpo fuera pura piel de melocotón y con solo reflejarse en aquellos ojos pardos los suyos reflejaban todas las estrellas de una noche de verano.

 

Seguía así, bocabajo, desnuda, fumando y perdidos los pensamientos, como si fueran gatos, por aquellos tejados rojizos cuando él la sorprendió, dándole los buenos días en aquella inmensa tarde, apoyando su mano justo donde era más prominente la curva de su cadera. Ella, suave como un armiño, se volvió y sonriéndole le dijo «Pues a mí me parece hermoso».

 

Lecciones.

El vencejo es un ave insectívora. Es lo que recuerdo como primera lección que tuve que estudiar en algún mes de invierno de mis seis o siete años. Atrás había quedado el sapo y la jirafa que me habían enseñado los secretos de la ‘ese’ y la ‘jota’ respectivamente. Esto era ya estudiar en serio. Pero ahora sólo soy capaz de recordar esa frase. Y el dibujo que acompañaba al texto, apenas tres o cuatro líneas, un pájaro pardusco que daba de comer a un pollito. Lo que sí recuerdo perfectamente es la luz del cuarto de coser donde leía el pequeño párrafo intentando introducirlo en mi mente mientras mi madre se afanaba en la Alfa. El libro de naturales. Cuando mi padre comprobó que sabía recitar sin ni siquiera tartamudear aquellas cuatro frases, cerró el libro y me contó todo lo que éste no decía: que el vencejo es un ave insectívora, sí, pero que para comer vuela con la boca abierta y se alimenta de lo que va encontrando. Y que se alimenta así, en pleno vuelo, porque los vencejos nunca toman tierra. Si uno de ellos cayera al suelo, no sería capaz por sus propios medios de volver a alzar el vuelo. Así me tuvo un rato, fascinada con las costumbres de aquel pajarillo condenado a volar sin descanso, que grita como los locos en los atardeceres de la primavera y el verano.

Por aquellos entonces también se me quedó atravesada la tabla del siete como una espina en la garganta de un gato. Tan fácil la del dos, tan redonda la del cinco y tan endemoniadamente complicado ese siete. La escribía y la rescribía, mas cuando intentaba hacerlo de memoria, ésta jugaba al escondite conmigo y solo me dejaba una maraña de cuarenta y nueves, veintiochos y sesenta y tres que yo no era capaz de poner en el sitio correcto. Así que por unos días, mis saludos y mis buenas noches en casa se trocaron por temidos ¿siete por nueve? o ¿siete por tres? que debía responder sin pestañear. Así, con la perseverancia de mis padres y con el viejo apaño de darle la vuelta a la pregunta, mi familia consiguió que repitiese, de corrido, la dichosa tabla.

Luego llegaron muchas lecciones más. Mis padres primero, hasta donde sus propias letras llegaron, mi hermana mayor después son los protagonistas de los recuerdos de mis años de colegio. Todos ellos se agolparon en la tarde de ayer: otro cuarto de coser, telas por medio, las tornas que se vuelven y ahora soy yo la que le explica los secretos de la multiplicación con decimales a mi madre, que no termina de entenderse con su nuevo profesor de matemáticas. Pero es ella la que más sigue enseñando, de la que yo intento aprender. No de costura, que ahí ya me dio por imposible hace tiempo. Lecciones de cariño, de la que es auténtica maestra.

Sobre los acantilados de mármol.

Todos vosotros conocéis la profunda melancolía que nos sobrecoge al recordar los tiempos felices. Esos tiempos que se han alejado para no volver más y de los cuales estamos más implacablemente separados que por cualquier distancia. Y las imágenes de la vida son más seductoras todavía vistas en el reflejo que nos dejan, y pensamos en ellas como en el cuerpo de una amada difunta que reposara bajo tierra y que de pronto se nos apareciera, como un luminoso espejismo. Una y otra vez nos entregamos a nuestros sedientos ensueños y tratamos de revivir el pasado, deteniéndonos ante cada uno de sus pormenores y de sus detalles. y cuando tal hacemos nos parece que nunca hemos sabido apurar las posibilidades de la vida y del amor, pero nuestro arrepentimiento no puede hacer emerger lo que en definitiva se ha hundido para siempre en la nada. ¡Ojalá que este sentimiento fuera una lección que pudiéramos tener presente en cada momento de felicidad!

Y el recuerdo es todavía más dulce cuando se refiere a unos años de felicidad que terminaron de una manera súbita, inopinadamente. Únicamente entonces nos percatamos de que para nosotros, los humanos, ya es una suerte vivir en nuestras pequeñas comunidades, bajo un techo apacible, gozando de amables conversaciones y siendo cariñosamente saludados por la mañana y por la noche. Pero, ¡ah!, siempre es demasiado tarde cuando nos percatamos de que con todo ello el cuerno de la abundancia se volcó generosamente sobre nosotros.

Ernst Jünger, Sobre los acantilados de mármol.

Sobre los acantilados de mármol.

Todos vosotros conocéis la profunda melancolía que nos sobrecoge al recordar los tiempos felices. Esos tiempos que se han alejado para no volver más y de los cuales estamos más implacablemente separados que por cualquier distancia. Y las imágenes de la vida son más seductoras todavía vistas en el reflejo que nos dejan, y pensamos en ellas como en el cuerpo de una amada difunta que reposara bajo tierra y que de pronto se nos apareciera, como un luminoso espejismo. Una y otra vez nos entregamos a nuestros sedientos ensueños y tratamos de revivir el pasado, deteniéndonos ante cada uno de sus pormenores y de sus detalles. y cuando tal hacemos nos parece que nunca hemos sabido apurar las posibilidades de la vida y del amor, pero nuestro arrepentimiento no puede hacer emerger lo que en definitiva se ha hundido para siempre en la nada. ¡Ojalá que este sentimiento fuera una lección que pudiéramos tener presente en cada momento de felicidad!

Y el recuerdo es todavía más dulce cuando se refiere a unos años de felicidad que terminaron de una manera súbita, inopinadamente. Únicamente entonces nos percatamos de que para nosotros, los humanos, ya es una suerte vivir en nuestras pequeñas comunidades, bajo un techo apacible, gozando de amables conversaciones y siendo cariñosamente saludados por la mañana y por la noche. Pero, ¡ah!, siempre es demasiado tarde cuando nos percatamos de que con todo ello el cuerno de la abundancia se volcó generosamente sobre nosotros.

Ernst Jünger, Sobre los acantilados de mármol.