Reverso I.


Decidir sobre si comprar aquellos zapatos de maravilloso tacón la había entretenido demasiado, así que cuando llegó a la cafetería donde la esperaban, con su trofeo dentro de una bolsa fucsia, se disculpó al tiempo de darse cuenta, por las últimas palabras pilladas al vuelo, de que la conversación había llegado demasiado lejos y ella, como siempre, demasiado tarde.
El contertulio ya debía sentirse lo suficientemente azorado por los derroteros de confesión que iba tomando la charla, así que casi agradeció la sonrisa fingida de ella, cuando, al sentarse y tras pedir un café, preguntó si se había perdido algo. Dio una excusa vaga, adivinando que era el momento perfecto para dejarlos solos. Pintaban nubes negras en el horizonte y era mejor que la tormenta lo sorprendiera en otro lado.
Y no andaba muy descaminado. Su salida provocó el interrogatorio, inútil por otro lado, al conocer ella de antemano cada una de las respuestas. Y éstas dispararon a su vez el monólogo de reproches encadenados que le espetó a continuación.
Se habrá quedado a gusto, pensaría él, sin poder separar todavía la vista del fondo de su taza ya vacía.
Nunca más, pensaba ella, escondiendo las manos bajo la mesa para clavarse las uñas en las palmas delicadas, en una mezcla de rabia e intento de justicia poética que le infringiese el mismo dolor que acababa de generar con sus palabras.
Lo sabía. A las buenas, muy buena, pero a las malas, la peor. Quizá había sido demasiado dura, pero a sus casi cuarenta se sentía tremendamente cansada como para seguir levantando cadáveres. Los años la habían hecho perra vieja. Hubo un tiempo en que ella también había sido demasiado confiada. También había buscado, cuando la ocasión lo había requerido, consuelo en otros oídos. También había añorado la comprensión con la que a veces se disfraza la lástima, y había visto a muchos caer en ese mismo error como para no reconocerlo. Había derramado demasiadas lágrimas recogiendo los suficientes despojos, propios y ajenos, como para permitir que sucediera otra vez. Y menos a él.
Vestía aquella cautela de celos. Celos de su intimidad, celos de ese compromiso tácito que la unía a él desde que supo quererlo. Prefería que así lo creyera si aquel halago a su ego lo hacía reaccionar. Pero no, no era ese el sentimiento. Esta loba buscaba otro fin. Sólo se puede sentir celos de lo que se tiene por propio, y ella a él solamente lo amaba.

Mal día.

Toda la pena negra se le deslizaba por las mejillas y la nariz, incapaz ya de contener tanto desconsuelo, le goteaba constantemente. ¿Por qué le había hecho eso? ¿Por qué la había dejado allí abandonada? Había pasado toda su vida pegada a ella, adorándola, y así se lo pagaba. ¿Qué era lo que había hecho mal? ¿Cuál había sido su falta, tan grande como para recibir aquel pago? No podía ni imaginarlo, mientras seguía asida a aquella reja, con la mirada perdida en aquel punto por donde la había visto desaparecer. «Vendré a por ti», le dijo antes de marcharse, pero ¿debía creerla? Ya no estaba segura. Al fin y al cabo, le había mentido aquella misma mañana, cuando, tras el amoroso despertar que le regalaba todos los días, le había dicho «hoy vamos a ir a un sitio precioso en el que lo vas a pasar muy bien». Y allí estaba ahora, rodeada de otros que lloraban su mismo pesar, con el mismo corazón encogido que ella. Tal era su angustia que no se dio cuenta de que una de aquellas mujeres con bata blanca se le acercaba. Gritó, pataleó y se cogió aún con más fuerza a la reja. No podía, no debía separarse de allí. Por si volvía, le había dicho que lo haría.

La señora de blanco, no sin esfuerzo, consiguió que se soltara. La cogió dulcemente en brazos y, entrando en la enorme clase en la que Winnie the Pooh las miraba incesantemente desde todas las coloridas paredes, le iba diciendo tranquilamente «No llores, Martita, preciosa, verás como tu mamá vuelve enseguida».

Mal día.

Toda la pena negra se le deslizaba por las mejillas y la nariz, incapaz ya de contener tanto desconsuelo, le goteaba constantemente. ¿Por qué le había hecho eso? ¿Por qué la había dejado allí abandonada? Había pasado toda su vida pegada a ella, adorándola, y así se lo pagaba. ¿Qué era lo que había hecho mal? ¿Cuál había sido su falta, tan grande como para recibir aquel pago? No podía ni imaginarlo, mientras seguía asida a aquella reja, con la mirada perdida en aquel punto por donde la había visto desaparecer. «Vendré a por ti», le dijo antes de marcharse, pero ¿debía creerla? Ya no estaba segura. Al fin y al cabo, le había mentido aquella misma mañana, cuando, tras el amoroso despertar que le regalaba todos los días, le había dicho «hoy vamos a ir a un sitio precioso en el que lo vas a pasar muy bien». Y allí estaba ahora, rodeada de otros que lloraban su mismo pesar, con el mismo corazón encogido que ella. Tal era su angustia que no se dio cuenta de que una de aquellas mujeres con bata blanca se le acercaba. Gritó, pataleó y se cogió aún con más fuerza a la reja. No podía, no debía separarse de allí. Por si volvía, le había dicho que lo haría.

La señora de blanco, no sin esfuerzo, consiguió que se soltara. La cogió dulcemente en brazos y, entrando en la enorme clase en la que Winnie the Pooh las miraba incesantemente desde todas las coloridas paredes, le iba diciendo tranquilamente «No llores, Martita, preciosa, verás como tu mamá vuelve enseguida».

Encuentro.

Vale, no me mires así. Ya sé que no es el sitio más apropiado. Y tienes razón, aquí de pie es bastante incómodo con este movimiento. Pero en las películas lo hacen, ¡y les sale tan bien! Claro que ahí pueden cortar las escenas, y aquí, los veinte minutos que dura, es en un solo plano.

¡Que no me pongas esa cara! Aun con las piernas abiertas no consigo mantener del todo el equilibrio, ya ves que tengo las manos ocupadas y no, no pienso soltarlo. Este es el único momento en que puedo disfrutarlo y no voy a privarme de ello. Además, este calor. Y tanta gente. Pero ya estoy casi terminando y ahora es cuando viene lo mejor.

No. Ahora lo que viene es mi parada. Pues nada, no ha sido un placer en absoluto viajar contigo. Sí, ya sé que te he molestado con mi libro, quizá no tanto como tú a mí con tu mochila. Debes ser de los que preguntan que si tan temprano y ya leyendo. Pues mañana, si coincidimos, volverás a verme con un libro, éste u otro. Sólo espero que el autobús no esté tan lleno que volvamos a tener que reñir por llenar el espacio sobrante con libro o con mochila.

Esa película.

No, no voy a hacer crónica ni crítica que esa es labor de Malatesta por ser parte interesada. Tan solo colgar, para vuestro deleite (y aprovechando que he aprendido a hacerlo) lo que, sin duda, más me sorprendió de la película. Y eso que en el extenso metraje hay cosas para sorprender. Ni spoilers ni nada, que no soy yo de ir reventando películas. Sólo un trocito de la banda sonora (que la SGAE me pille confesada) y una duda: ¿qué banda será la primera en ponerla en la calle la próxima primavera sin tener que poner una pica en Flandes?

Esa película.

No, no voy a hacer crónica ni crítica que esa es labor de Malatesta por ser parte interesada. Tan solo colgar, para vuestro deleite (y aprovechando que he aprendido a hacerlo) lo que, sin duda, más me sorprendió de la película. Y eso que en el extenso metraje hay cosas para sorprender. Ni spoilers ni nada, que no soy yo de ir reventando películas. Sólo un trocito de la banda sonora (que la SGAE me pille confesada) y una duda: ¿qué banda será la primera en ponerla en la calle la próxima primavera sin tener que poner una pica en Flandes?

Cicatrices.


Hay heridas que matan y hay heridas que duelen. Hay heridas que son de puro trámite, molestan como el corte que produce un papel en un dedo, es decir, sólo el momento en el que te das cuenta de que te lo has hecho, en el que escuece un poco, pero nada más. No dejan siquiera una pequeña marca sobre la piel, ni el más mínimo recuerdo de dónde un día estuvieron.
Hay heridas un poco más profundas. Heridas que dejan una señal que se va atenuando con el tiempo. Incluso llega el día en que te la redescubres en ese trocito de piel al que no le echas cuenta y ni siquiera recuerdas cómo te lo hiciste.
También hay heridas grandes, profundas, que dejan cicatrices intensas. Cicatrices de las que has tenido que pasar un periodo de convalecencia y que vuelven a doler en cada tormenta. Son el rastro de lo vivido, de las guerras particulares. Si hurgas en ellas demasiado, nunca acabarán de desaparecer. Muy al contrario, enraizarán en nosotros como una terrible mueca que no hará más que recordarnos de por vida las lides que perdimos. No valdrá de nada maquillarlas: que no se vean no significa que no existan.
Pero si no les da el sol demasiado, con el tiempo quizá acaben por atenuarse, por volverse pálidas y planas, por casi desaparecer. Si cuidamos de que no vuelvan a abrirse, si le damos sólo la importancia que merecen, la cual irá disminuyendo con el tiempo, si las hacemos reposar lo necesario, lograremos que no duelan. Si dejamos que nos las curen, con mimo, con esmero, con el amor suficiente, por mucho que permanezcan, el recuerdo de lo sufrido llegará a ser sólo eso: un recuerdo.
Imagen: Les Cicatrices, de Fero Liptak.

Variaciones y desvaríos.

Sí, nena, sí… vale, vale, vale… Mierda, no, ahora no. ¿Por qué te tienes que despertar siempre en el mismo momento? Espera, no abras los ojos, quizá puedas continuar el sueño en el mismo punto. Nada, no funciona. En fin, veamos la situación: hoy es… sí, domingo, menos mal. Estás en tu cama, solo (mierda haberte despertado), así que no estarían mal un café y un cigarro, claro está, no necesariamente en ese orden. Para ello habrá que levantarse. Una mirada al despertador, puro adorno en día de asueto: ¡joder, qué temprano es, mierda haberte despertado, la nena no estaba nada mal!… pero bueno, ya está todo perdido, quizá la recuperes en la siesta. Ahora, necesidad acuciante de una soberana dosis de nicotina y cafeína y, bueno, la visita programada de todas las mañanas, esa que no entiende de domingos ni fiestas de guardar. Estirar un poco los músculos antes y ¡joder! Ese alfilerazo brusco en la cadera derecha te ha hecho recordar de repente ¿eh, querido? Te queda por pasar otro día de la forma más estúpida de estar en la cama: ni sueño (¿cómo, si acabas de despertar?) ni sexo (quizá luego, si vuelves a encontrar a la exuberante nena). Toca reposo. Maldita pierna, carcelera de domingo.

Pero un hombre debe hacer lo que tiene que hacer, ante eso no hay reposo que valga, excusa perfecta además para llenar la cafetera y recolectar todo aquello que pueda llenar mis horas al menos hasta el próximo deber ineludible, a saber, necesitamos la prensa… Olvídalo, muchacho, para eso estás a expensas de los buenos samaritanos, y sería bastante más fácil si alguien en Samaria supiera de tu desdicha. En fin, algo para picar, galletas estaría bien. A falta de poder leer los periódicos, algún libro de esos que guardan el sueño de los justos pacientemente para ser leídos. Dices siempre que no tienes tiempo: amigo, ahora tienes todo el del mundo.

No olvidar coger papel y lápiz. Buena oportunidad para estrenar el precioso lapicero blanco. Quizá los calmantes nos hagan de negro y consigamos escribir algo decente, quién sabe.

Espera, espera un momento. A ver… sí, quizá tengas fuerzas para arrastrar el sofá hasta la ventana. Siempre sería algo más divertido que permanecer en la cama, sin otra vista que esas tres paredes y la patética visión de ti mismo haciéndote muecas en el espejo. ¿Estás en tus cabales? ¿La ventana? ¿Te has creído que eres James Stewart? A ver, que la nena de hace un rato estaba buena, pero la princesa era la princesa. Además, de este patio lo más que puedes esperar es que alguna vecina metida en carnes tienda, refregándotelo en las narices, su toalla de propaganda y su bikini brasileño. Y dentro de un rato empezará a pegar el sol y ya no aguantarán aquí ni las chicharras.

Así que a la cama, aunque el dormitorio parezca un bunker después de un ataque nuclear. Ante todo, ser positivo: seguro que mañana estás mejor y te alegras. Seguro que incluso podrás caminar un rato, únicamente hay que seguir la pauta del reposo por hoy. Al fin y al cabo, ¿quién no ha soñado con poder disfrutar de un par de días de absoluta vagancia?

Jodida la vagancia cuando es por obligación, tan solo ha pasado una hora de este maldito domingo, es el quinto cigarrillo y la segunda taza de café. Has cerrado ya tres veces el libro sin pasar de la primera página y en un garabateado folio lo único legible es «Sí, nena, sí… vale, vale…»

Variaciones y desvaríos.

Sí, nena, sí… vale, vale, vale… Mierda, no, ahora no. ¿Por qué te tienes que despertar siempre en el mismo momento? Espera, no abras los ojos, quizá puedas continuar el sueño en el mismo punto. Nada, no funciona. En fin, veamos la situación: hoy es… sí, domingo, menos mal. Estás en tu cama, solo (mierda haberte despertado), así que no estarían mal un café y un cigarro, claro está, no necesariamente en ese orden. Para ello habrá que levantarse. Una mirada al despertador, puro adorno en día de asueto: ¡joder, qué temprano es, mierda haberte despertado, la nena no estaba nada mal!… pero bueno, ya está todo perdido, quizá la recuperes en la siesta. Ahora, necesidad acuciante de una soberana dosis de nicotina y cafeína y, bueno, la visita programada de todas las mañanas, esa que no entiende de domingos ni fiestas de guardar. Estirar un poco los músculos antes y ¡joder! Ese alfilerazo brusco en la cadera derecha te ha hecho recordar de repente ¿eh, querido? Te queda por pasar otro día de la forma más estúpida de estar en la cama: ni sueño (¿cómo, si acabas de despertar?) ni sexo (quizá luego, si vuelves a encontrar a la exuberante nena). Toca reposo. Maldita pierna, carcelera de domingo.

Pero un hombre debe hacer lo que tiene que hacer, ante eso no hay reposo que valga, excusa perfecta además para llenar la cafetera y recolectar todo aquello que pueda llenar mis horas al menos hasta el próximo deber ineludible, a saber, necesitamos la prensa… Olvídalo, muchacho, para eso estás a expensas de los buenos samaritanos, y sería bastante más fácil si alguien en Samaria supiera de tu desdicha. En fin, algo para picar, galletas estaría bien. A falta de poder leer los periódicos, algún libro de esos que guardan el sueño de los justos pacientemente para ser leídos. Dices siempre que no tienes tiempo: amigo, ahora tienes todo el del mundo.

No olvidar coger papel y lápiz. Buena oportunidad para estrenar el precioso lapicero blanco. Quizá los calmantes nos hagan de negro y consigamos escribir algo decente, quién sabe.

Espera, espera un momento. A ver… sí, quizá tengas fuerzas para arrastrar el sofá hasta la ventana. Siempre sería algo más divertido que permanecer en la cama, sin otra vista que esas tres paredes y la patética visión de ti mismo haciéndote muecas en el espejo. ¿Estás en tus cabales? ¿La ventana? ¿Te has creído que eres James Stewart? A ver, que la nena de hace un rato estaba buena, pero la princesa era la princesa. Además, de este patio lo más que puedes esperar es que alguna vecina metida en carnes tienda, refregándotelo en las narices, su toalla de propaganda y su bikini brasileño. Y dentro de un rato empezará a pegar el sol y ya no aguantarán aquí ni las chicharras.

Así que a la cama, aunque el dormitorio parezca un bunker después de un ataque nuclear. Ante todo, ser positivo: seguro que mañana estás mejor y te alegras. Seguro que incluso podrás caminar un rato, únicamente hay que seguir la pauta del reposo por hoy. Al fin y al cabo, ¿quién no ha soñado con poder disfrutar de un par de días de absoluta vagancia?

Jodida la vagancia cuando es por obligación, tan solo ha pasado una hora de este maldito domingo, es el quinto cigarrillo y la segunda taza de café. Has cerrado ya tres veces el libro sin pasar de la primera página y en un garabateado folio lo único legible es «Sí, nena, sí… vale, vale…»

Siesta.

La luz de la tarde tamizada por las persianas a medio bajar, y como única banda sonora, la que componen los gritos de los chicos que juegan en el patio al balón mezclados con el ronroneo del ventilador y la parsimonia de tu respiración queda.

En la esquina de la cama finge dormir el gato, aunque el movimiento de sus orejas a cada balonazo de los chiquillos delata su vigilia.

Hasta que te has quedado dormido, te he estado trazando dibujos imposibles por toda la piel con las yemas de los dedos. He seguido la línea de tus ojos y la de tus labios, la sombra de tu barba y la curva de tus orejas. Me he deslizado por tu cuello abajo y he cubierto tu espalda de círculos imaginarios. Me he ido enredando sobre tu pecho y he bajado por tus piernas para volver a subir.

Y mientras, te dejabas vencer por el sueño, acunado por la suavidad de mis manos disfrazada de caricias y cosquillas, sin imaginar siquiera que con cada roce se me antoja aprenderte: saber que tu mano es para mi mano. Que mis dedos saben dibujar de memoria la línea de tu hombro y que un beso mío cabe perfectamente en el hueco de tu cuello.

El sol sigue su camino y tú aún duermes. Mientras escribo, te veo reflejado en el espejo de esta habitación azul. Mañana esta cama estará vacía, pero en mis manos será tu huella la que permanezca.

 

Escrito el sábado 26 de agosto de 2006.