El fin de las vacaciones.

Yo te maldigo, condenado hijo de perra, a ti y a todos los de tu ralea, los fines de fiesta, la operación regreso y la depresión post vacacional. Yo te maldigo, por el equipaje que no cabe en la misma maleta de hace tres semanas. Te maldigo, por llegar cuando menos te necesitaba, a ti y a ese avión de vuelta a casa, por los que se van y por los que nos quedamos, por los que nos marchamos y por los que permanecen. Por las despedidas y las lágrimas aunque los adioses sean hasta luegos. Te maldigo por la obligación que traes de volver a la detestable sección áurea de los días en cinco y dos, cuando el canon se encuentra en la unidad de siete iguales por ser distintos.

Te maldigo a ti y a todo lo que significas, al castigo del despertador y a la merma de las horas de luz, a la vuelta al cole y la cuesta de septiembre, a los fascículos, a los escaparates vestidos de invierno, al comienzo de la rutina y a la imperecedera calma otoñal.

Yo te maldigo por siempre jamás. O al menos, hasta las vacaciones de navidad.

De vuelta.

Ya estoy de vuelta. Después de una semana que ha resultado demasiado corta a pesar de tener más de siete días. Es lo que pasa cuando sales de viaje y lo pasas tan bien que no recuerdas que tienes que volver salvo justo a tiempo para preparar el equipaje y no perder el vuelo. Pero ya estoy aquí. Viaje de placer y viaje de instrucción, porque han sido muchas las cosas que he aprendido.

He aprendido que el levante, además del calor de la tierra que barre y el olor a tabaco, puede traer el frescor del mar en los medios días de agosto.

He comprobado, en noches de terraza, buen vino y mejor charla, que la luna llena no sólo nace esplendorosa en mi bahía, sino que también lo hace en el mediterráneo, desde donde se levanta coqueta, dejando una alfombra de luz sobre el mar.

He aprendido también que hay cielos donde las estrellas se multiplican y hacen de cada noche una fiesta de luminarias, estrellas itinerantes con destino o procedencia en el Prat.

Pero sobre todo he aprendido que no hace falta estar en casa para sentirte en ella. Porque hay gente que te abre la puerta de su casa y la de su corazón al mismo tiempo. No estaban todos los que eran, pero, desde luego, eran todos los que estaban.

Ya estoy en Cádiz. La maleta, repleta de buenos recuerdos. De la mano, un trocito de esa tierra y mucho más.

Y sigo de vacaciones.

Hoy sí.

Hoy sí. Hoy es el día cierto. Empiezo las vacaciones de todo menos de lo que no quiero tenerlas. Por eso me voy a su pueblo, a decir que me han robao… un corazón. Por eso me voy con ella. Por eso también pienso darme un buen baño de familia. Por eso, allá donde voy y acá cuando vuelva, prometo que os seguiré leyendo. Escribir, si mis múltiples placeres de vacaciones me lo permiten. Si no, en septiembre, con el nuevo curso y los nuevos fascículos, prometo ponerme al día.

Besos a ellos. Besos a ellas.

Sed felices.

Hoy sí.

Hoy sí. Hoy es el día cierto. Empiezo las vacaciones de todo menos de lo que no quiero tenerlas. Por eso me voy a su pueblo, a decir que me han robao… un corazón. Por eso me voy con ella. Por eso también pienso darme un buen baño de familia. Por eso, allá donde voy y acá cuando vuelva, prometo que os seguiré leyendo. Escribir, si mis múltiples placeres de vacaciones me lo permiten. Si no, en septiembre, con el nuevo curso y los nuevos fascículos, prometo ponerme al día.

Besos a ellos. Besos a ellas.

Sed felices.

Ampharou.


¿Quieres que te cuente?
Cambié las agujas de mi vida hace apenas cuatro estaciones, mientras deambulaba errando oblicuamente por todos los lados de unos días que más que horas contenían condenas. Mi caminar había dejado de ser un viaje de príncipe para acabar pareciéndose a la travesía de un buque fantasma, ahíta de obligaciones, de rutinas marcadas por autoimposiciones: a las diez en casa, nada de cafecitos. Nada de volver a hacer caso a misioneros impostores, a cantos de sirenas ni a picajosos, y mucho menos a aquellos malhablados que juran y perjuran por sus huevos sin saber que tan sólo de palabra no funciona.
Ya sé que casi nunca hago lo que digo, y sin embargo esta vez sí, conseguí convencerme a mí misma. Así que dejé de anhelar lo incierto y decidí acogerme a sagrado y hacerle caso al carpe diam y al memento mori. Pasé de ser una chica del montón que se asomaba tímida al espejo de una Eva primigenia a buscar sueños en la luna, las lunas, las de Miranda y Artemisa, poniéndole título a un blog en el que debía explorar mi ego y mi alter y que sería guarida para mi mala cabeza. Con mis mejores deseos creé esta especie de habitación de duende que adorné con flores, caracolas y hojas de nácar, y con todas las cosas preciosas que fui encontrando por este nuevo caminar. Y dejé de sentirme como un niño perdido porque, como ocurre en los cuentos de hadas, aquí supo encontrarme el cero coma cinco que me faltaba para ser una.
Namasté a todos. Vosotros sois los dueños de la llave de cristal de este sitio desde donde me asomo, como a través de un caleidoscopio, a este mundo de unos y ceros.

La novia.

Llegó a la puerta corriendo, con los zapatos mojados en una mano y sosteniendo el vestido con la otra. Él venía justo detrás, seguido de esos pocos amigos que aún duraban a esas horas de la noche. Ahora me tienes que coger. Abrió la puerta y la sostuvo en brazos justo el tiempo de cruzar el umbral, mientras los otros jaleaban el esfuerzo. Ya dentro, ella con los pies descalzos ya en el suelo, aún les costó un poco deshacerse de las ganas de juerga de los compañeros, ganas que seguramente terminarían ahogando, una vez comprendido que era hora de dejarlos solos, en cualquier garito que estuviera abierto a aquellas horas.

Al fin en casa. Aquella casa precipitada que todavía no era un hogar y que costaba mucho más de lo que valía. Todavía tuvo tiempo de besarlo detrás de la puerta ya cerrada antes de soltar los zapatos de tacón alto en cualquier parte, alzarse la falda con las dos manos y salir corriendo, pícara, hacia el dormitorio.

Excusó encender la luz del techo y la dio en una de aquellas lamparillas de alquiler que guardaban la cabecera de la cama. Se sentó en el borde y, todavía con aquel vestido blanco puesto, se echó hacia atrás, con los brazos abiertos, como una corola con liguero, riéndose y esperándolo mientras él se reía, se desnudaba y se tumbaba a su lado.

¡Había imaginado tantas veces ese momento, sobre todo en la vorágine de los últimos meses! Y por fin había llegado, ese era el día, un día en que el cielo se había desmoronado al menos tres veces a primeras horas de la tarde. Novia mojada, novia desdichada. ¡Cómo se había reído cuando se lo dijo aquella prima redicha tras la ceremonia! Porque no pudo haber ido todo mejor, a pesar de pasar todo como un relámpago, a pesar de la lluvia de todo el día. Y al fin estaba allí, a solas, con el hombre al que le acababa de prometer el resto de su vida. Para todos sus invitados había preparado con esmero cada detalle de aquel día: la ceremonia, el banquete, la fiesta posterior. Su propio vestido, las flores… Pero sólo para él había preparado aquella noche. Sólo para él vestía tan preciosa por dentro como por fuera: el liguero, los encajes, algo azul, algo nuevo…

El primer ronquido la devolvió a la realidad. Lo acarició dulcemente. Cuatro ronquidos más la terminaron de convencer. Se levantó, se quitó como pudo el vestido y ya, delante del espejo, comenzó a deshacerse el peinado. Y a medida que le iban cayendo los rizos sobre la espalda, sentía que era mucho más que aquel peinado, el maquillaje o el dobladillo del vestido lo que se había deshecho aquella noche.

Felicidad.

Hay quien es tan pobre que mide su felicidad en los metros cuadrados de una casa, de un jardín. Hay quien lo hace en los caballos de motor de un coche, en los metros de eslora de un barco o en los kilómetros que lo separan del país de donde procede la chica que cuida su casa.

Hay quien es tan pobre que su felicidad cabe en lo que cuesta una botella de un buen reserva, o la cena en un restaurante de moda, cena para uno, una sola copa.

Otros son tan pobres que para ellos la felicidad reside en el título de una renombrada universidad, en un número determinado de masters. En la totalidad de casos ganados, en la cantidad de clientes reclutados.

Mi felicidad también tiene medida: en los te quiero mascullados por mi hija, porque una chica de doce años ya no le dice a su mamá que la quiere. En sus abrazos espontáneos por la misma razón, en sus besos de buenas noches. Y en su risa, siempre su risa.

Mi felicidad también la calculo en la música que él me enseña a escuchar, en horas al teléfono, en mariposas en un aeropuerto y lágrimas en un tren. Es su roce y su caricia. Su voz.

Mi felicidad es el abrazo de mis padres, la sonrisa de mis hermanas, las bromas con mis sobrinos. Son las felicitaciones en mi cumpleaños, las llamadas de los amigos. Horas de charla sin sentir, de risas hasta la madrugada.

Es decir lo que siento, besar a los que quiero, ver mi mar, oír mi canción, poder tocar a mi amor. Mi felicidad es una tarta de queso, un baño caliente en invierno, una cerveza helada en verano.

Mi felicidad es la luna llena, el olor del jazmín. Ella. Y tú.

La imagen: La Venus azul y el pájaro Picón, de Álvaro Mejías.