Dormir.

El tipo no le gustaba nada. Enfundado en aquel traje que parecía prestado a pesar del calor. Demasiado pálido, casi color de ultratumba, y esas sombras lívidas que le enmarcaban los ojos febriles. Parecía desesperado. Además, no traía equipaje, sólo aquella pequeña bolsa de mano.

En todos los años que llevaba empleado en aquella pequeña pensión, jamás había tenido problemas con ningún cliente. Pero siempre hay una primera vez para todo, pensó, poniendo sumo cuidado en anotar todos los datos del documento de identidad de aquel individuo en el registro.

Si me acompaña, le enseñaré su habitación. Lo sintió caminar nervioso a su espalda por el pasillo, y él mismo se iba inquietando a cada momento. El tipo actuaba como el sospechoso de una de esas películas antiguas de gangsters que veía cuando le tocaba el turno de noche.

Aquí es. Habitación sencilla, el aseo es ese. Como me pidió, una habitación interior.

El hombre del traje escudriñaba cada rincón. De pronto, se le paró delante y sacó la cartera. ¿Cuarenta euros, no? ¿Puedo dormir ya?

Se sorprendió. Apenas eran las siete de la tarde. Bueno, puede pagarme mañana. Tiene la habitación hasta mediodía, si quiere quedarse otra noche, avíseme antes, por favor. Y por supuesto, puede hacer lo que quiera, siempre que respete las normas y no moleste a…

Pero el anuncio… aquel periódico lo decía: Pensión Ortega. Duerma por cuarenta euros.

Claro, es lo que cuesta la habitación, todas lo mismo.

¿La habitación? No decía eso el anuncio. Ponía «duerma». Mire, lo tengo por aquí, decía, rebuscándose en todos los bolsillos, cada vez más inquieto.

De acuerdo, dice «duerma», pero comprenda, es una forma de…

¿De hablar? Mire, llevo casi dos semanas sin dormir. Más de dos semanas pasando cada noche en vela, contando cada hora, maldiciendo cada minuto que paso despierto. Oyendo cada grillo, cada gotera. Reconociendo cada ruido, cada ladrido, cada lamento. Cada vez más cansado, más desesperado. Y entonces vi su anuncio. He venido hasta aquí sólo para dormir una noche, un par de horas aunque sea. Por fav…

Perdone. Mire, siento el malentendido. Tiene razón, el anuncio dice «duerma». Y la pensión se complace en ofrecerle sus habitaciones, sus instalaciones, baño completo, sábanas y toallas limpias, productos de higiene… todo en lo que podamos ayudarle. Pero el sueño… el sueño tiene que ponerlo usted.

De gatos, autobuses y otras historias.

Wey es mi gato tabby gris, aunque sería más acertado decir que yo soy su humana caucásica morena. El caso es que, de mi vuelta de Madrid, me lo encontré enfermito. Desarreglos intestinales, podríamos decir, que me han tenido toda la semana visitando al veterinario.

Para la primera visita cogí al pobre animalillo, que estaba decaído y apenas se movía, y lo metí en su jaula de transporte. La clínica me queda un poco alejada, pero con una parada de autobús justo enfrente de casa y otra muy cerca del veterinario, no había mayor problema. Y no, no lo había hasta que el conductor me vio con la jaula. No me dejó ni poner un pie dentro. En los transportes públicos no están permitidos los animales. Aunque vayan en jaulas. De nada sirvieron ni las protestas, ni las comparaciones con otros lugares. Él se mantenía en sus trece, en sus catorce y en sus quince y el autobús se fue sin mí y sin mi gato. Mientras cogía un taxi tuve recuerdos muy amables para la madre de aquel conductor y para la del santo varón que había redactado las normas del Tranvía de Cádiz a San Fernando y la Carraca, S.A. Mientras el taxista se interesaba por la salud de Wey, yo recordaba que en los autobuses he llevado peces, tortugas y hasta un pato, pero claro, estos animales no representan el peligro para la seguridad ciudadana que supone un gato adormilado dentro de una jaula. Tampoco deben serlo los que te encuentras por las mañanas y que, cuando los tienes al lado, preferirías mil veces que te dieran un puñetazo a que subieran el brazo para agarrarse a la barra.

Aún me duró un par de días el berrinche, en los que anduve taxi para arriba y para abajo con el pobre gato y en los que estuve madurando la idea de poner una reclamación, cursar una queja o patalear en la garita que tiene la empresa de autobuses en la Plaza de las Tortugas, pero como suele suceder en estos casos, los ánimos se desinflan y el pensamiento del cariño con el que iban a archivar mi reclamación en el sitio de las cosas importantes, o sea, en la P de «papelera», me hicieron desistir. Hasta hoy. Porque no puede ser que sucedan cosas así:

Tres de la tarde, salgo de la oficina con dos cafés desde la cena de anoche. Calor, mucho calor y hambre, mucha hambre, así que decido coger el autobús aprovechando que la estampida de los viernes se da a las dos y media y, por lo tanto, el tráfico ya se ha vuelto fluido. Entro, paso el bonobús, las puertas se cierran tras de mí. ¿Qué es esto? ¿Qué es ese olor? Sí, es inconfundible. Una rápida mirada para comprobar que no me falta razón: los rostros desencajados de los viajeros, intentando tragar el exceso de salivación como vulgares perros de Paulov, y allí, ajeno a lo que está provocando a su alrededor, el turista con pinta de turista llevando, inocentemente, su bolsa del freidor con su cartucho de cazón en adobo dentro.

Eso sí que es falta de civismo.

Son de amores.

Raro en mí, llegué a la parada mucho tiempo antes de la hora prevista para la salida del autobús. Una simple marquesina, sin asientos suficientes para todos los que allí estaban y que serían mis compañeros de viaje. Maletas amontonadas, bolsos, cada vez iba llegando más gente, mientras que los que estábamos, buscábamos cualquier resquicio de sombra donde ocultarnos de aquel sol inclemente ya a hora tan temprana, o un trocito de pared que nos diera un respiro de ese viento que se hace el fuerte en esa esquina de la ciudad.

Unos esperábamos con impaciencia el autobús. Yo, con un pellizco en el estómago que intentaba deshilvanar haciendo la lista mental de lo que había metido en la maleta, tratando así de exorcizar la eterna sensación de «me he dejado algo». Otros, miraban continuamente el reloj, como queriéndolo fundir para que no avanzara esa jodida manecilla. ¡Cómo se nota quiénes van y quiénes vienen! ¡Cómo se diferencian los que van a encontrar de los que dejan atrás!

Había también, esperando aquel bus, un grupo de chicos y chicas que me hizo pensar que ese viaje se iba a parecer mucho a las excursiones de la egebé, cuando las salesianas, cualquier día de primavera, con la excusa del buen tiempo nos llevaban a retozar a Campano.

Llegada del primer autobús. Risas, gritos, nervios, arrastrar las maletas. Resulta que sólo se van los chicos. Las chicas han acudido a despedir a los que, seguramente, han sido compañeros suyos durante los últimos días en algún campamento. Más risas, más nervios, besos de despedida, promesas de llamadas, de volverse a ver. Conéctate al messenger cada vez que puedas, dame un toque para saber que estás. Y entre toda esa algarabía, ellos dos. Ambos en esa edad en la que las niñas dejan de ser niñas y a los niños les falta un poquito así para ser muchachos. Ella espigada, morena de horas de sol. El, apenas llegaba a mirar por encima de su hombro, pero la abrazaba intentando consolar su llanto sin consuelo, tragando, con cada palabra apenas dicha, cada una de sus propias lágrimas. No había nadie más, solo el uno para el otro.

Besos de ortodoncia, última llamada. Se separan intentando apurar el roce de sus dedos. Las amigas, ahora sí, la rodean intentando recomponer el ajado maquillaje adolescente. El pone el pie en el primer escalón de ese maldito autobús, pero, aún a sabiendas de que se ganará la reprimenda del conductor, corre de nuevo a abrazar a su amada, el amor de su vida, de una vida de apenas catorce años. En la mente de los dos, el deseo de un milagro que permita que él se quede. Pero no llega y el autobús parte, llevándoselo lejos, quizá hasta el próximo verano.

Quedando.


Si es que tenía que pasar. De pronto, se juntan una chica del montón de las chicas maravilla, una mariposa de alas preciosas, la sonrisa más dulce que se vio jamás y un chico malo como los de antes en una tarde ociosa y ya no hay vuelta atrás. Hablan, conspiran y lían y relían a todo parroquiano que se acerca a ellos. Las ganas de vivir son contagiosas, y las de pasarlo bien, más todavía.
Una fecha y un lugar. Y calor, mucho calor que era como puro invierno comparado con la calidez del encuentro.
Al final, doce valientes en la primera cena (primera porque seguro que después de la experiencia habrá muchas más, así que atentos todos aquellos a los que echamos en falta) para constatar que este mundo de unos y ceros está lleno de gente diez.

Tiempo de vacaciones.

Las cosas que hacemos cuando estamos de vacaciones, fue la idea que se me vino a la mente esta mañana al bajar la cuesta de las Calesas y cruzarme con uno de esos autobuses turísticos que proliferan por nuestras ciudades, tipo «Nosequé-Tours» o «Tour por Nosedónde». Situación: doce del medio día, sol de justicia, levante fuerza seis, autobús de dos pisos y una veintena de forasteros de todos los colores –básicamente, los comprendidos entre el blanco níveo y el rosa fucsia- admirando las maravillas de esta ciudad a través de las pantallas de sus cámaras de fotos y/o vídeo, apiñados, efectivamente, en el piso superior (y descubierto) del autobús.

Claro que quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra, y a la visión siguió un recuerdo. Un recuerdo de mí misma, hace ya unos cuantos años, en uno de los teatros al aire libre del Disneyland París o como quiera que se llame ahora, viendo, por enésima vez bajo la lluvia, un espectáculo con un Winnie the Pooh sobredimensionado, vestida con una infame capa-chubasquero de color amarillo que, a pesar del color, no servía ni de punto de referencia (¿qué referencia podía ser, entre dos millones de chubasqueros iguales?), unas sandalias (por el amor de dios, ¿dónde llueve en agosto?) y el único pensamiento de que, si ese espectáculo se estuviera celebrando en Cádiz, iba a estar viéndolo la santa madre del Pooh.

Pero es así. En vacaciones hacemos cosas que en nuestra cotidianeidad descartaríamos tajantemente como primera y única opción. Porque el sol de vacaciones no quema tanto y la lluvia que soportamos por propia voluntad apenas moja. Hacer cola puede ser un pasatiempo divertido y que el del chiringuito tenga una foto nuestra en el panel de los que pagaron el arroz de la paella a precio de diamantes es hasta comprensible.

Después de todo, es en vacaciones cuando realmente nuestro tiempo es nuestro, cuando no se lo debemos a nadie y cuando hacemos con él lo que nos sale del Winnie.

Calor.

Dónde estaba todo ese aire que había soplado la semana anterior, clamaba delante de la ventana. Había estado gruñendo desde que saltó aquel poniente inclemente. Claro, con una casa orientada al oeste, el viento que venía del mar se colaba por la más mínima rendija, haciendo mucho más fresco de lo apetecible aquel julio. Pero como siempre pasaba en aquella esquina del mundo, el clima cambiaba de un instante al siguiente. El viento había rolado y soplaba ahora de levante. Ni siquiera de sureste, que le trajera una chispa de brisa, aunque fuera de refilón. Es más: ese levante incólume había caído al suelo y esperaba allí, agazapado, a la atolondrada quinceañera estrenando falda o al forastero deseoso de compensar sus gastos vacacionales adentrándose en la playa, sus dominios, donde más gozaba azotando a propios y extraños con mares encrespados de arena.

Allí seguía, esperando una respuesta en forma de suave brisa con olor a sal. Allí estaba, con la piel satinada de su propio sudor, a pesar de la mínima tela que la cubría y a pesar de que la reciente ducha hacía que todavía le resbalara el agua por la melena y espalda abajo. Pero el pelo volvería a secarse, y entonces el calor volvería a ser insoportable. De nada servía aquel té helado. Un pobre consuelo que duraba apenas segundos. De nada valía retener el hielo en la boca y dejar que se derritiera poco a poco. Las pequeñas gotitas saladas seguían perfilando aquellos labios, moteando su cuello, deslizándose por su escote. Otra noche en vela. Otra noche en la que sería imposible permanecer en la cama, tan caliente como en sus más calientes noches. Así que allí permanecería, de pie ante la ventana, aullando a la luna su calor y suplicando la más leve brisa.

La tabla del nueve.

Normalmente el despertador tenía que desgañitarse a la hora convenida antes de que ella tuviera siquiera consciencia del día que era, pero aquella mañana, tan temprano aún que el sol todavía no tenía fuerzas para colarse a través de las persianas, abrió los ojos como los abriría alguien que ya no tiene nada más que dormir y se deslizó fuera de la cama.

Descalza y desnuda fue recorriendo el pasillo de la casa vagón. Aquella había sido su casa desde siempre. Allí había nacido y allí había sido niña. Luego, pasados muchos años, a ella había vuelto. Allí había nacido y allí estaba siendo niña ahora su propia hija.

En esa casa había sido feliz, en su infancia y tras su regreso, salvo en el transcurso de una o dos decepciones que no superaron su particular prueba del nueve. En eso era categórica: tenía que ser capaz de imaginarse envejeciendo al lado de alguien para permitirle permanecer a su lado por más tiempo del que concedía al mero capricho. Y hasta ahora sólo había sido capaz de entreverse como una viejecita alocada y feliz, pero sola.

La casa vagón había cambiado. Aunque podía percibir casi el mismo aire que respiraba de pequeña cuando jugaba de puntillas con los rayos de sol, mantenía sólo en parte su estructura original. Habían mudado los colores, los muebles. Ahora había menos puertas y por supuesto ninguna estaba cerrada. Había ido cambiando esa casa a través de los años, haciéndola más suya, acomodándola, al fin y al cabo, a ella misma. Y más que cambiará, pensó mientras sonreía y pasaba levemente los dedos por aquellas estanterías atestadas de libros.

Apagó el cigarro, desanduvo sus pasos y volvió, sigilosa como una gata, al dormitorio. Allí estaba él. Seguía con el abrazo suspendido, como guardándole el espacio. Se acurrucó contra su cuerpo tibio. Por un momento, creyó ver cómo él le guiñaba, a pesar de que estaba sumido en un pacifico sueño. Cerró sus ojos también. Las cuentas le salían. Nueve por nueve por fin eran ochenta y uno.

De sueños.

Hay noches en las que el insomnio me deja por imposible y el sueño vence la batalla. Algunas de esas noches pasan en blanco, en una suerte de estado catatónico del que no recuerdo ni siquiera el instante en el que pasé a estar dormida. Otras, los sueños vienen a mí sin pena ni gloria. Apenas los recuerdo tras un dulce despertar y suelen ser sólo retazos de imágenes después de sonar el despertador.

Pero hay veces en las que los sueños son tan vívidos que recuerdo hasta el más mínimo detalle. Esas noches, cuando más enredada estoy en el algodón de mis sábanas, sale a pasear mi otro yo. Porque soy yo, aunque no sé si mi apariencia en el mundo onírico coincide con la del mundo real, pues siempre me he visto desde dentro y nunca encuentro un maldito espejo que me diga siquiera si me parezco. Soy yo y, dentro de los sueños, vivo y me muevo por los mismos lugares que despierta. Reconozco cada sitio, a pesar de que ese delirio de ciudad parece estar pasado por el tamiz de un espejo de feria.

En mis sueños siempre es de noche, pero la vida bulle como en el mediodía de un domingo de primavera. Los escenarios son casi siempre los mismos: mi casa, que no es la mía, sino la que fue de mi abuela, la playa, las calles, mi barrio…

Esta noche ha sido una de esas noches. Y el sueño, uno de esos sueños. Sueño de gatos, de cómicos, de subir y bajar escaleras, de un regalo de té de voz. De caras pintadas y vasos rotos. De sombreros, plumas y pistolas de agua. Un sueño agrio, un sueño amable, un sueño divertido.

De sueños.

Hay noches en las que el insomnio me deja por imposible y el sueño vence la batalla. Algunas de esas noches pasan en blanco, en una suerte de estado catatónico del que no recuerdo ni siquiera el instante en el que pasé a estar dormida. Otras, los sueños vienen a mí sin pena ni gloria. Apenas los recuerdo tras un dulce despertar y suelen ser sólo retazos de imágenes después de sonar el despertador.

Pero hay veces en las que los sueños son tan vívidos que recuerdo hasta el más mínimo detalle. Esas noches, cuando más enredada estoy en el algodón de mis sábanas, sale a pasear mi otro yo. Porque soy yo, aunque no sé si mi apariencia en el mundo onírico coincide con la del mundo real, pues siempre me he visto desde dentro y nunca encuentro un maldito espejo que me diga siquiera si me parezco. Soy yo y, dentro de los sueños, vivo y me muevo por los mismos lugares que despierta. Reconozco cada sitio, a pesar de que ese delirio de ciudad parece estar pasado por el tamiz de un espejo de feria.

En mis sueños siempre es de noche, pero la vida bulle como en el mediodía de un domingo de primavera. Los escenarios son casi siempre los mismos: mi casa, que no es la mía, sino la que fue de mi abuela, la playa, las calles, mi barrio…

Esta noche ha sido una de esas noches. Y el sueño, uno de esos sueños. Sueño de gatos, de cómicos, de subir y bajar escaleras, de un regalo de té de voz. De caras pintadas y vasos rotos. De sombreros, plumas y pistolas de agua. Un sueño agrio, un sueño amable, un sueño divertido.