Pero sigo trabajando. En realidad, sólo son vacaciones de madre. Durante todo un mes estaré sin hija. Todo el tiempo para mí. No tendré que discutir con nadie las horas de llegada, ni dejar a nadie sin tele hasta que no recoja su habitación. Durante un mes no repartiré salomónicamente las horas frente al ordenador, será mío y sólo mío, y tampoco habrá pressing catch por el mando del televisor. No tendré que salir corriendo del trabajo porque me esperan para comer (para preparar la comida, mejor dicho) ni rezaré la letanía del «mamá, compramé», «ora pro nobis». Mi gato pequeño no sufrirá el acoso y derribo de su inquisidora particular y no habrá un par de zapatos abandonado a su suerte en cada habitación.
A cambio, comeré de pie y aburrida en la cocina cualquier cosa que encuentre en el frigorífico, tamaña es la pereza de cocinar para uno solo, ni nadie me contará lo guapo que estaba hoy fulanito ni lo tonta que se está poniendo menganita. No habrá cenas con risa de cascabel y podré llegar a la hora que quiera a una casa en la que sólo me esperan dos gatos que la echan de menos casi tanto como yo.
No. Mis vacaciones no comienzan hasta agosto.









