Vacaciones.

Pero sigo trabajando. En realidad, sólo son vacaciones de madre. Durante todo un mes estaré sin hija. Todo el tiempo para mí. No tendré que discutir con nadie las horas de llegada, ni dejar a nadie sin tele hasta que no recoja su habitación. Durante un mes no repartiré salomónicamente las horas frente al ordenador, será mío y sólo mío, y tampoco habrá pressing catch por el mando del televisor. No tendré que salir corriendo del trabajo porque me esperan para comer (para preparar la comida, mejor dicho) ni rezaré la letanía del «mamá, compramé», «ora pro nobis». Mi gato pequeño no sufrirá el acoso y derribo de su inquisidora particular y no habrá un par de zapatos abandonado a su suerte en cada habitación.

A cambio, comeré de pie y aburrida en la cocina cualquier cosa que encuentre en el frigorífico, tamaña es la pereza de cocinar para uno solo, ni nadie me contará lo guapo que estaba hoy fulanito ni lo tonta que se está poniendo menganita. No habrá cenas con risa de cascabel y podré llegar a la hora que quiera a una casa en la que sólo me esperan dos gatos que la echan de menos casi tanto como yo.

No. Mis vacaciones no comienzan hasta agosto.

 

Camino.

Despacio, pero con paso seguro.

Un pie, otro pie.

Mis pasos me llevan a donde quiero.

Ya no quiebra el cansancio y persiste la paciencia.

Porque sé a dónde voy.

Porque caminas conmigo.

 

 

 

Cuento de verano.

Tumbada al sol, calor de justicia y todos los rayos pegándose a mi piel. Sopor de mediodía. Quiero mantener los ojos abiertos, pero la luz y el sueño pueden más que ellos. La barbilla a ras del suelo, las figuras que entreveo tiemblan por culpa del calor que desprende la arena. Yo también siento ese calor a través de la toalla sobre la que estoy tendida. Pero no tiemblo. No tiemblo pero doy un respingo. Bendita costumbre que tienes de hacerme saber que has salido del agua poniendo tus manos por sorpresa sobre mi espalda. Cambio brusco de temperatura. Para ponerle remedio, me levanto entre tus risas y me dirijo a la orilla. Ya no ríes. Sólo miras. El estampado de la parte de atrás de mi bikini tiene ese efecto sobre ti.

Entro despacio en el mar, dejando que las olas tontas de este mar en calma me vayan enfriando la piel. Cuando la profundidad es suficiente y de un grácil salto, me sumerjo entre las estrellas que el sol le pinta a la superficie del mar.

Cuando salgo del agua, con el frío del Atlántico marcando el bikini y el agua que ha retenido mi cabellera ya deslizándose por mi espalda, sigues sentado en la arena, esperando, todavía, un beso salado.

Verbos.

Me miras, me llamas, me hablas, me observas.

Me dices, me adulas, me tocas, te beso.

Me abrazas, me cantas, me trenzas, me ves.

Me esperas, me oyes, me ríes, me tienes.

Me atas, me mimas, me nublas, me turbas.

Me fumas, me bebes, me hueles, te como.

Me acaricias, me inventas, me buscas, me encuentras.

Me aniñas, me haces, me naces y me creces.

Me aflojas, me animas, me estudias, me sabes.

Me bailas, me vuelas, me sueñas, me piensas.

Me traes, me llevas, me haces, me voy.

T’estimo.

 

Desayuno #15

Ayer, durante el desayuno (por favor, ¿por qué no me dejarán desayunar con la única compañía de mi libro?), un compañero me confesaba estar ‘consternado’. El motivo de tal sentimiento no era otro que una entrevista a cierto personaje de la vida social y política de este país aparecida en el suplemento dominical de un periódico, el cual, en circunstancias normales, este compañero se habría dejado cortar los dos brazos antes que tocarlo. Pero este domingo no sólo lo había tocado. También lo había leído. Y se le habían roto los esquemas. ¿A ti no te choca?, me espetaba. ¿Chocarme? Claro que me choca que en Atapuerca presuman de tener la mayor colección de fósiles humanos. Yo tengo uno delante y ni siquiera está catalogado.

Juraba y perjuraba que iba a seguir respetando a dicho personaje (sabiéndolo, seguro que duerme más tranquilo), pero al decirlo casi convulsionaba. En su película mental, alguien debía haber cambiado una toga por una boa de plumas. Realmente estaba consternado. Manoteaba intentando comprender. Ardua tarea a estas alturas y con convicciones tan sólidas. No podía ser. La judicatura no. Si ella también cae, ¿qué nos queda? ¡Y a esas instancias!

Decidido: voy a cambiar de cafetería.

La mujer invisible.

Me falta un centímetro para el metro setenta y dos kilos para los sesenta. No soy lo que se podría llamar ‘menuda’. Y aun así, hay veces que parezco invisible. ¿Por qué si no me ibas a atropellar cuando subes al autobús? ¿Por qué entonces tropiezas conmigo y ni siquiera te giras para comprobar que no estoy en el suelo por el efecto de tu hombro contra el mío? ¿Y esa zancadilla? ¿Tan sigilosa soy que ni siquiera me oyes? ¿No me ves o es que realmente no existo?

Tengo el poder de desaparecer a veces. No es a antojo, sucede cuando menos lo espero.
Será que no lo espero nunca.

Hamlet habla

Por la sangre de Dios, decidme, ¿qué haríais?

¿Queréis llorar? ¿Queréis batiros? ¿Ayunar? ¿Destrozaros?

¿Beber vinagre? ¿Comeros un cocodrilo? ¡Yo lo haré!

¿A qué habéis venido? ¿A lloriquear?

¿O a haceros el valiente saltando a la tumba?

¡Que te entierren vivo con ella! ¡Y a mí también! ¡A los dos!

Y ya que hablas de montañas, que arrojen
sobre nosotros millones de acres hasta que nuestro suelo,
quemada su cresta en la zona ardiente,
haga que el monte Ossa parezca una verruga.

¡Grita, que yo gritaré tanto como tú!

William Shakespeare. Hamlet, Acto V, Escena II.