
Il dottore.
Que no, que no, que yo no vuelvo. Si ya se sabe lo que se dice, sales peor de lo que entras: llegas con un resfriado y te vas poco menos que arrastrando el sudario. Y menos mal que esta vez me tocó uno simpático (que esa es otra ¿quién inventó las consultas jerarquizadas?), que el anterior, bueno, he visto al veterinario hablar más con mis gatos. Por no hablar de la manía que tienen de hacerte la vida más difícil. ¡Que en vez de una cruz roja deberían llevar una señal de prohibido! Te lo quitan todo: el tabaco, el alcohol, la buena pitanza, el… todo. Menos pagar la hipoteca. Todavía no he encontrado uno que me diga que eso es malo, que también tengo que dejarlo. Al fin y al cabo es lo que más me hace sufrir.
En otra cosa en la que están todos de acuerdo es en recomendarte hacer ejercicio. Claro, por lo visto trabajar, hacerte cargo de la casa y de los niños no está todavía contemplado como disciplina olímpica y no cuenta. El triatlón es otra cosa. Aunque llegues a la noche con la sensación de haber corrido tres maratones seguidas.
Te lo prohíben todo y encima te dicen «es normal a su edad». Tres meses para una consulta, más pruebas que las que Euristeo le ordenó a Hércules, para que terminen insultándote y llamándote vieja.
Decidido. No vuelvo.
Eso sí, que nadie se dé por aludido ¿Hay algún médico en la sala?
Sueños.
Una atalaya de color rosado. Un paseo en la noche desde una estación lejana. Una cartera roja. Una puerta verde que no se abre. Voces, luz en la cima. Santo y seña. Un joven, dos chicas y la música que los envuelve. Es un cumpleaños y yo parece que recién llego de la guerra. Una escalera, fundido en negro.
Y un autobús, canciones de crÃos. Ropa de colores, la misma cartera roja. El viaje es largo y un bebé de ojos azules rÃe como un cascabel. En sus brazos. Llegada a destino, besos y despedidas entre los viajeros. Saludos a los que esperan. Ella baja y lo abraza: «Yo…». Él le tapa la boca: «Ahora no. DÃmelo en casa…»
El tono del despertador y el brusco paso de abrir los ojos me hicieron creer que todavÃa estaba al teléfono. Su timbre, ahora, me devolvió un poco más la consciencia. Ya era de dÃa y estaba en casa. Quizá ahora, en cuanto me levante y encuentre mi cartera roja…
Sueños.
Una atalaya de color rosado. Un paseo en la noche desde una estación lejana. Una cartera roja. Una puerta verde que no se abre. Voces, luz en la cima. Santo y seña. Un joven, dos chicas y la música que los envuelve. Es un cumpleaños y yo parece que recién llego de la guerra. Una escalera, fundido en negro.
Y un autobús, canciones de críos. Ropa de colores, la misma cartera roja. El viaje es largo y un bebé de ojos azules ríe como un cascabel. En sus brazos. Llegada a destino, besos y despedidas entre los viajeros. Saludos a los que esperan. Ella baja y lo abraza: «Yo…». Él le tapa la boca: «Ahora no. Dímelo en casa…»
El tono del despertador y el brusco paso de abrir los ojos me hicieron creer que todavía estaba al teléfono. Su timbre, ahora, me devolvió un poco más la consciencia. Ya era de día y estaba en casa. Quizá ahora, en cuanto me levante y encuentre mi cartera roja…
Déjà vu.
AsÃ, para quedarme atrapada en el tiempo elegirÃa una tarde de sábado. TendrÃa que ser, eso sÃ, una tarde de risas, de patatas fritas y vino blanco. Una tarde de brisa fresca y tintineos en la ventana. Un sábado de sábanas de algodón e incienso, de camisas de seda, de canciones al oÃdo. Una tarde de fotografÃas y cosquillas, de largas conversaciones a través de las miradas, rendidos a la piel. Tarde de calma y minutos infinitos, de olvidar todo lo demás y de ver caer la luz del sol con parsimonia de primavera.
Pero no creo que aceptara quedarme anclada en el tiempo. No quiero un solo sábado. Quiero muchos sábados. Todos tus sábados.
Déjà vu.
Así, para quedarme atrapada en el tiempo elegiría una tarde de sábado. Tendría que ser, eso sí, una tarde de risas, de patatas fritas y vino blanco. Una tarde de brisa fresca y tintineos en la ventana. Un sábado de sábanas de algodón e incienso, de camisas de seda, de canciones al oído. Una tarde de fotografías y cosquillas, de largas conversaciones a través de las miradas, rendidos a la piel. Tarde de calma y minutos infinitos, de olvidar todo lo demás y de ver caer la luz del sol con parsimonia de primavera.
Pero no creo que aceptara quedarme anclada en el tiempo. No quiero un solo sábado. Quiero muchos sábados. Todos tus sábados.
Hermana.
Las hermanas mayores son como madres en pequeñito que en lugar de reprendernos las faltas nos esconden travesuras infantiles. Son cónsules ante nuestros padres, dirimidoras de conflictos, negociadoras en ciernes.
Las hermanas mayores nos van descubriendo los misterios de la vida. Son pozos de experiencia compartida, nos abren puertas y nos enseñan caminos.
Las hermanas mayores, por naturaleza, saben escuchar. Son confidentes, guardadoras de secretos, generadoras de consejos, artífices de lecciones. Ellas no juzgan, sino que nos dan claves. Ellas no condenan, sino que comprenden.
Las hermanas mayores son amigas.
Mi hermana mayor es mucho más que todo esto.
Felicidades, hermana. Que sean muchos más.
Lectores.
¿Quién lee para llegar al final, por deseable que éste sea? ¿Acaso no hay ocupaciones que practicamos porque son buenas en sí mismas, y placeres que son absolutos? ¿Y no está éste entre ellos? A veces he soñado que cuando llegue el Dia del Juicio y los grandes conquistadores y abogados y estadistas vayan a recibir sus recompensas -sus coronas, sus laureles, sus nombres grabados indeleblemente en mármol imperecedero-, el Todopoderoso se volverá hacia Pedro y le dirá, no sin cierta envidia cuando nos vea llegar con nuestros libros bajo el brazo: «Mira, ésos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles. Han amado la lectura».
Virginia Woolf, El lector corriente II.
Ãngeles.
Juan es un hombre sencillo. Vive en una de las pedanÃas que hay en esta provincia y hace años trabajaba en una fábrica en la que tenÃa asignado, en exclusiva y por voluntad propia, el horario de noche. La única razón que Juan esgrimÃa para autocondenarse a ese turno era que durante el dÃa habÃa muchas cosas que hacer.
HabÃa conseguido que alguien le cediese un local en su población y lo utilizaba como centro de desintoxicación para todo aquél que estuviera convencido (u obligado) a dejar las drogas. Eran sus «niños» y, como una cosa lleva a la otra, además de ayudarlos a esto, se hizo benefactor en otras cosas, sabedor como era de que el remedio de nada servÃa si los problemas de fondo persistÃan. Asà Juan empezó a peregrinar por juzgados, cuartelillos, comisarÃas y cárceles, hablando con bedeles y jueces, con ayudantes de ayudantes y tenientes, saltándose jerarquÃas y esquivando burocracias. AcudÃa a quién le pudiera resolver y, poseedor de un carácter encantador, la mayorÃa de las veces conseguÃa lo que querÃa. Todo quedaba dentro de la legalidad, pero donde la administración se mostraba perezosa, él la impulsaba, la empujaba y la zarandeaba.
Asà empezó a tener muchos contactos, y supo ver la forma de ayudar a mucha más gente. AsÃ, munÃfico como es, se ofrecÃa a hacer cuantas gestiones necesitaban sus vecinos en la capital: pagos, recursos, renovaciones, papeleos en general. Él iba y venÃa, resolviendo temas, pidiendo favores que nunca eran para él por aquà y por allÃ. En una de esas vueltas y revueltas apareció un dÃa en mi despacho, cuando era secretaria de un alto cargo que habÃa «padecido», en innumerables ocasiones, el acoso del altruismo de Juan. A partir de entonces, le facilité direcciones y contactos, le organicé reuniones y concerté citas. Cada vez que Juan venÃa a verme, sabÃa que habÃa que poner en marcha la máquina de la burocracia por el trámite de urgencia. Eso sÃ, lo que duraban sus visitas no podÃa parar de reÃr, porque Juan, además, es el hombre de la eterna sonrisa.
Luego cambié de departamento (es curioso, en trece años que llevo trabajando, he cambiado tres veces de organismo pero sigo en el mismo edificio. Eso sÃ, he ascendido. ¿O acaso no es ascender pasar de la primera a la cuarta planta?) a uno que no tiene demasiada incidencia en la campiña de Jerez, por lo que le perdà un poco la pista.
Esta mañana, después de casi dos años, y aprovechando que venÃa a Cádiz, se ha pasado por mi oficina. Sólo venÃa a verme y entre besos y abrazos, en un momento nos ha puesto al dÃa, a mi compañera y a mÃ, de los lÃos que se trae ahora entre manos, de las cosas que ha estado haciendo en el tiempo en el que no nos hemos visto y de todos los funcionarios que ha «atracado». Y siempre me repite la misma frase: «pero eso no es malo, ¿verdad, Ana?»
Ángeles.
Juan es un hombre sencillo. Vive en una de las pedanías que hay en esta provincia y hace años trabajaba en una fábrica en la que tenía asignado, en exclusiva y por voluntad propia, el horario de noche. La única razón que Juan esgrimía para autocondenarse a ese turno era que durante el día había muchas cosas que hacer.
Había conseguido que alguien le cediese un local en su población y lo utilizaba como centro de desintoxicación para todo aquél que estuviera convencido (u obligado) a dejar las drogas. Eran sus «niños» y, como una cosa lleva a la otra, además de ayudarlos a esto, se hizo benefactor en otras cosas, sabedor como era de que el remedio de nada servía si los problemas de fondo persistían. Así Juan empezó a peregrinar por juzgados, cuartelillos, comisarías y cárceles, hablando con bedeles y jueces, con ayudantes de ayudantes y tenientes, saltándose jerarquías y esquivando burocracias. Acudía a quién le pudiera resolver y, poseedor de un carácter encantador, la mayoría de las veces conseguía lo que quería. Todo quedaba dentro de la legalidad, pero donde la administración se mostraba perezosa, él la impulsaba, la empujaba y la zarandeaba.
Así empezó a tener muchos contactos, y supo ver la forma de ayudar a mucha más gente. Así, munífico como es, se ofrecía a hacer cuantas gestiones necesitaban sus vecinos en la capital: pagos, recursos, renovaciones, papeleos en general. Él iba y venía, resolviendo temas, pidiendo favores que nunca eran para él por aquí y por allí. En una de esas vueltas y revueltas apareció un día en mi despacho, cuando era secretaria de un alto cargo que había «padecido», en innumerables ocasiones, el acoso del altruismo de Juan. A partir de entonces, le facilité direcciones y contactos, le organicé reuniones y concerté citas. Cada vez que Juan venía a verme, sabía que había que poner en marcha la máquina de la burocracia por el trámite de urgencia. Eso sí, lo que duraban sus visitas no podía parar de reír, porque Juan, además, es el hombre de la eterna sonrisa.
Luego cambié de departamento (es curioso, en trece años que llevo trabajando, he cambiado tres veces de organismo pero sigo en el mismo edificio. Eso sí, he ascendido. ¿O acaso no es ascender pasar de la primera a la cuarta planta?) a uno que no tiene demasiada incidencia en la campiña de Jerez, por lo que le perdí un poco la pista.
Esta mañana, después de casi dos años, y aprovechando que venía a Cádiz, se ha pasado por mi oficina. Sólo venía a verme y entre besos y abrazos, en un momento nos ha puesto al día, a mi compañera y a mí, de los líos que se trae ahora entre manos, de las cosas que ha estado haciendo en el tiempo en el que no nos hemos visto y de todos los funcionarios que ha «atracado». Y siempre me repite la misma frase: «pero eso no es malo, ¿verdad, Ana?»





