Durmiendo.

Uno cincuenta por dos. Cien por cien algodón. Cincuenta por ciento pluma, cincuenta por ciento plumón. Añil rebajado al cincuenta por ciento. Añil rebajado al setenta y cinco. Blanco. Veintiún grados. Aroma de canela. Ropa sobre una silla. Tintineo de alabastro blanco a la brisa de poniente. Dos espejos. Botellas azules, botellas ámbar. Libros. Luz de luna en cuarto creciente entrando por la ventana. Zapatos de tacón, zapatillas cómodas. Una bombilla fundida encerrada en cristal.

Sólo faltas tú.

Almadraba.

El año pasado, por estas fechas, en mi oficina se organizó una visita a una ‘levantá’ en una almadraba. Para los que no lo sepáis, una almadraba es una especie de caza de atunes. Y digo ‘caza’ y no pesca porque es a lo que más se asemeja la levantá.

Durante la época de almadraba, unos barcos fondeados a unas tres millas de la costa tienden una red entre ellos. Los atunes, en su migración hacia el levante, van quedando atrapados en esta red que, cuando es levantada, arrastra a los peces hacia la superficie, donde los esperan los marineros que, desde los barcos y utilizando una especie de ganchos, van subiéndolos hasta el barco, en cuya cubierta van amontonándose mientras agonizan.

Es un espectáculo violento, donde el mar se tiñe de rojo por la sangre de estos magníficos ejemplares. Es una tarea donde se derrocha adrenalina a raudales: los marineros terminan tirándose al agua, y de pie en el copo y entre la lucha de los atunes por escapar, son capaces de subir a bordo, utilizando sólo el gancho para ello, atunes de más de doscientos kilos en un solo tirón.

El año pasado, cuando propusieron la visita, con la invitación de que lleváramos un acompañante, sólo pude acordarme de una persona: mi padre. A sus 73 años ha pasado más tiempo en alta mar que en tierra firme. El mar, además de ser su oficio, ha sido siempre su pasión. No me lo pensé, y el día previsto para la visita, a pesar de que gustosa me hubiese quedado en la cama, a las ocho de la mañana estábamos los dos en el puerto de Conil, con dos biodraminas cada uno en el estómago y esperando pacientemente a los demás y al barco que debía llevarnos hasta la almadraba. En seguida conectó con todo el mundo. Contaba cómo habían sido sus años en la mar y mis compañeros lo escuchaban igual de embobados que lo escuchaba yo de pequeña cuando llegaba a casa tras una marea. Pronto empezó a dar consejos a todos de en qué lugar ponerse y qué hacer para evitar el mareo. Y allí estaba él, de nuevo en la popa de un barco, con su visera de capitán y la cara de felicidad de un niño con zapatos nuevos.

Al final no hubo levantá. Hacía temporal de poniente y los buzos habían comprobado que había muy pocos atunes en el copo, con lo cual la maniobra no merecía la pena. Volvimos a puerto, y de ahí a casa. Estuve mareada todavía unas cuantas horas, pero el recuerdo de ese día todavía me dura.

Este año están organizando otra levantá…

Día.

Día extraño. Cansada, irascible. No es bueno despertarse pensando en que hoy no va a haber siesta. Menos si te espera una mañana de trabajo hasta las cejas, mil problemas por resolver y aguantar a un jefe con demasiadas ínfulas de tal. Volver a casa y volver a salir, esta vez para ir de compras con una preadolescente. Te acuerdas de cuando le decías de pequeña que te la ibas a comer. Te arrepientes como nunca de no haberlo hecho entonces. Larga caminata, ideal para el cansancio que llevas arrastrando todo el día. Aguantas colas, dependientas impertinentes, más preadolescentes a las que sus padres también debían haberse comido cuando estaban a tiempo. Llegas de nuevo a casa, cargada de bolsas y con el único pensamiento de deshacerte de esos zapatos que llevan martirizándote todo el santo día. Enciendes el ordenador y, et voilà, sin capuchino ni nada te hacen olvidar todo el cansancio, toda la mala leche que ha estado hirviendo todo el día. Con un solo gesto te pintan una sonrisa y te derriten el alma.

Y entonces sabes que nunca has sido tan feliz.

 

Día.

Día extraño. Cansada, irascible. No es bueno despertarse pensando en que hoy no va a haber siesta. Menos si te espera una mañana de trabajo hasta las cejas, mil problemas por resolver y aguantar a un jefe con demasiadas ínfulas de tal. Volver a casa y volver a salir, esta vez para ir de compras con una preadolescente. Te acuerdas de cuando le decías de pequeña que te la ibas a comer. Te arrepientes como nunca de no haberlo hecho entonces. Larga caminata, ideal para el cansancio que llevas arrastrando todo el día. Aguantas colas, dependientas impertinentes, más preadolescentes a las que sus padres también debían haberse comido cuando estaban a tiempo. Llegas de nuevo a casa, cargada de bolsas y con el único pensamiento de deshacerte de esos zapatos que llevan martirizándote todo el santo día. Enciendes el ordenador y, et voilà, sin capuchino ni nada te hacen olvidar todo el cansancio, toda la mala leche que ha estado hirviendo todo el día. Con un solo gesto te pintan una sonrisa y te derriten el alma.

Y entonces sabes que nunca has sido tan feliz.

 

Prímula.

Ya lo decían los Gabinete Caligari, y alguno de vosotros la última vez que os conté un sucedido de la cafetería a la que voy cada mañana. Ya os he relatado varios, y podrían haber sido muchos más si no hubiese resistido la tentación de hacerlo. La verdad es que mis desayunos darían para un blog monotemático, quizá me lo plantee algún día.
Hoy he asistido, parapetada tras mi libro y como si se tratara de un documental de National Geographic en directo, a un ritual de cortejo típico, y no precisamente del urogallo.
Las florecillas nórdicas que acuden a la escuela de español que hay en la misma calle han florecido, y pasean, entre clase y clase, sus otrora níveas humanidades, tostadas ya por el sol de esta Andalucía que tanto les gusta.
Una de ellas, doble perfecta de Scarlett Johanson, arriesgándose a llegar tarde a la primera hora, se apoyaba despreocupada en la barra del bar, fumando con desgana el último cigarrillo antes de entrar a clase.
El camarero, que ya suma varios trienios en su propia crisis de los cuarenta, danzaba dentro de la u que forma la barra, afanándose por mantenerla limpia sobre todo en las cercanías de la chica, quitándonos al resto las tazas casi al tiempo que dábamos el último sorbo para meterlas en fregadero que, casualmente, queda justo en el mismo punto en el que ella estaba sentada. Diligente y atento al más mínimo gesto de la nínfula, recordaba a un Humbert Humbert rendido a los pies de su Lolita que, entre divertida y despreocupada, se dejaba atender y agasajar.
Pero llegó el momento fatídico y sacó su pequeña cartera serigrafiada con algún personaje de dibujos animados. Al tenderle el euro del café, él tomó su mano con auténtica veneración mientras susurraba un «te espero en la pausa».

Lástima que el curso termine en junio.

Prímula.

Ya lo decían los Gabinete Caligari, y alguno de vosotros la última vez que os conté un sucedido de la cafetería a la que voy cada mañana. Ya os he relatado varios, y podrían haber sido muchos más si no hubiese resistido la tentación de hacerlo. La verdad es que mis desayunos darían para un blog monotemático, quizá me lo plantee algún día.
Hoy he asistido, parapetada tras mi libro y como si se tratara de un documental de National Geographic en directo, a un ritual de cortejo típico, y no precisamente del urogallo.
Las florecillas nórdicas que acuden a la escuela de español que hay en la misma calle han florecido, y pasean, entre clase y clase, sus otrora níveas humanidades, tostadas ya por el sol de esta Andalucía que tanto les gusta.
Una de ellas, doble perfecta de Scarlett Johanson, arriesgándose a llegar tarde a la primera hora, se apoyaba despreocupada en la barra del bar, fumando con desgana el último cigarrillo antes de entrar a clase.
El camarero, que ya suma varios trienios en su propia crisis de los cuarenta, danzaba dentro de la u que forma la barra, afanándose por mantenerla limpia sobre todo en las cercanías de la chica, quitándonos al resto las tazas casi al tiempo que dábamos el último sorbo para meterlas en fregadero que, casualmente, queda justo en el mismo punto en el que ella estaba sentada. Diligente y atento al más mínimo gesto de la nínfula, recordaba a un Humbert Humbert rendido a los pies de su Lolita que, entre divertida y despreocupada, se dejaba atender y agasajar.
Pero llegó el momento fatídico y sacó su pequeña cartera serigrafiada con algún personaje de dibujos animados. Al tenderle el euro del café, él tomó su mano con auténtica veneración mientras susurraba un «te espero en la pausa».

Lástima que el curso termine en junio.

Lección de anatomía: boca.

Grande, de labios generosos.

Dadora de besos. Besos candorosos, a padres, hermanos, hija y amigos. Besos apasionados a aquél a quien quiero, todos besos de cariño y sinceros. Los besos de compromiso, perdonadme, todavía no he aprendido a darlos. Se me atragantan como nudos antes de salir y termino escupiéndolos como flores muertas, tan inservibles como si los hubiera dado.

Regaladora de sonrisas, raro será que no encuentres una si vienes de frente y con las manos abiertas. Incluso su risa, contagiosa y resonante, podrá acompañarte en los mejores momentos.

Boca de besos y risas.