Lección de anatomía: boca.

Grande, de labios generosos.

Dadora de besos. Besos candorosos, a padres, hermanos, hija y amigos. Besos apasionados a aquél a quien quiero, todos besos de cariño y sinceros. Los besos de compromiso, perdonadme, todavía no he aprendido a darlos. Se me atragantan como nudos antes de salir y termino escupiéndolos como flores muertas, tan inservibles como si los hubiera dado.

Regaladora de sonrisas, raro será que no encuentres una si vienes de frente y con las manos abiertas. Incluso su risa, contagiosa y resonante, podrá acompañarte en los mejores momentos.

Boca de besos y risas.

Quedada, que es participio.

Señoras y señores, afectos varios, como supongo que ya será conocido por todos, se está planeando una quedada bloguera en Madrid para julio. No es pretensión figurar en el Guiness, que cada uno beba lo que quiera, sino pasar un fin de semana divertido poniendo caras a los que ya nos vamos conociendo por este medio y por otros igual de virtuales.

La fecha que se baraja en principio es el fin de semana del sábado 8, aunque aún está por determinar.

Estáis todos invitados. Para más información, sugerencias, adhesiones y demás, pincha aquí.

Palabras.

Siempre se le dieron bien las palabras. Por puro afecto, leía y aprehendía de ellas su esencia más íntima como un recolector de miel.

Era hábil al pronunciarlas, jugando con sus significados hasta debajo del agua y, cuando las escribía, las hilvanaba con la maestría del mejor sastre. Siempre era capaz de encontrar la más adecuada, la más convincente cuando quería convencer, la más hilarante para hacer reír, la más tierna para conmover…

Adoraba las palabras desde que podía recordar, y por eso las mimaba y guardaba como un tesoro, con el anhelo de que ellas siempre le devolvieran sus atenciones y nunca se le mostraran huidizas.

Ahora, además, había conseguido dar otra vuelta de tuerca.

Por casualidad, como ocurren casi todas las cosas importantes, su preciada colección de palabras empezó a ser insuficiente. Y así, movido por la deliciosa obligación de cumplir con aquella primera promesa que le hiciera aún antes de conocerla, sucumbió al placer del alquimista y, aunque sin alambiques ni piedras filosofales, se dio al fecundo entretenimiento de inventar palabras para ella, que mezclaba con las ya conocidas en una suerte de glíglico que tan sólo ambos entendían.

 

 

Cumpleaños.

Un año.

Y no pensaba celebrarlo, pero han sido demasiadas las cosas que han ocurrido en él como para dejar pasar el evento.

Conocerme un poco más y, sobre todo, conoceros a todos vosotros.

Como dice el gran Kiko: «Malasangre tiene el que no le pide a la vida satisfacción». Yo nunca se la he pedido. Ni siquiera he pedido lo típico de salud, dinero y amor. Mi único deseo ha sido siempre de felicidad, creo que ella abarca todo lo demás. Y este último año ha sido lo que más me ha dado: satisfacción y felicidad. Ahora las pido para todos vosotros, todos los que habéis estado ahí detrás este año, los que habéis contribuido a que así fuera, los que me habéis dado esto que ahora puedo contaros.

Gracias a todos vosotros.

A todos vosotros, sobre todo, felicidad y satisfacción.

Cumpleaños.

Un año.

Y no pensaba celebrarlo, pero han sido demasiadas las cosas que han ocurrido en él como para dejar pasar el evento.

Conocerme un poco más y, sobre todo, conoceros a todos vosotros.

Como dice el gran Kiko: «Malasangre tiene el que no le pide a la vida satisfacción». Yo nunca se la he pedido. Ni siquiera he pedido lo típico de salud, dinero y amor. Mi único deseo ha sido siempre de felicidad, creo que ella abarca todo lo demás. Y este último año ha sido lo que más me ha dado: satisfacción y felicidad. Ahora las pido para todos vosotros, todos los que habéis estado ahí detrás este año, los que habéis contribuido a que así fuera, los que me habéis dado esto que ahora puedo contaros.

Gracias a todos vosotros.

A todos vosotros, sobre todo, felicidad y satisfacción.

«De la experiencia»


Sabiduría en apenas cuatro frases:

Es absoluta perfección y como divina, el saber gozar lealmente del propio ser. Buscamos otras cualidades por no saber usar de las nuestras, y nos salimos fuera de nosotros por no saber estar dentro. En vano nos encaramamos sobre unos zancos, pues aun con zancos hemos de andar con nuestras propias piernas. Y en el trono más elevado del mundo seguimos estando sentados sobre nuestras posaderas.

Montaigne, De la experiencia.

Cuestión de fe.

 

Por fin un domingo con sabor a domingo, un domingo de fiesta, un domingo en el que mi alma no termina hecha jirones sobre el bruñido suelo de un aeropuerto, en el que no trago lágrima tras lágrima en el camino de vuelta a casa.

 

Los santos no ofrecen consuelo los domingos, así que tras la visita del viernes a Santa Justa y San Pablo, me salté la de ayer, y por ello, lejos de la pena de tener que purgar mis pecados, conseguí la gloria de un domingo que durará toda una semana.

 

«Sin título 3», acrílico de Nicoletta Tomas.

 

 

 

Cuestión de fe.

 

Por fin un domingo con sabor a domingo, un domingo de fiesta, un domingo en el que mi alma no termina hecha jirones sobre el bruñido suelo de un aeropuerto, en el que no trago lágrima tras lágrima en el camino de vuelta a casa.

 

Los santos no ofrecen consuelo los domingos, así que tras la visita del viernes a Santa Justa y San Pablo, me salté la de ayer, y por ello, lejos de la pena de tener que purgar mis pecados, conseguí la gloria de un domingo que durará toda una semana.

 

«Sin título 3», acrílico de Nicoletta Tomas.

 

 

 

Tarde de peluquería.

– Tendrás que esperar un poco, Manoli todavía no ha llegado.

– Ah, no te preocupes, no tengo prisa (voz en off: mierda, me dejé el libro en casa).

Resignación cristiana, me siento y cojo una revista. El Hola. Con lo que hemos avanzado en comunicaciones, y esta revista sigue teniendo el mismo formato que hace ¿treinta años? Absolutamente el mismo, me daría igual estar viendo una de abril de 1.976. Sobre todo cuando llego a las páginas de ‘Ecos de sociedad’. Todo normal, una peluquería es el lugar perfecto para tanta caspa.

Llega mi salvadora, mi peluquera. ¿El mismo color? Claro. Ella lo llama ‘seiscientos dos’. A mí me gusta más el nombre de ‘chocolate’. Charla totalmente trascendente mientras va separando pequeños mechones y pintándolos con el mismo desapego con el que le pondría mantequilla a una tostada. ¿Tu hermana bien? Sí, llega el viernes. Le cuento lo precioso que está mi sobrino y las ganas que tengo de verlo. Mientras, ya ha terminado y me abandona a la fatalidad de la revista un rato más.

Se cumple el tiempo de ‘pose’ y llega el momento de aclarar el pelo. Manoli está totalmente absorta contándole las gracias de su hija a otra clienta y se recrea en el masaje que me está dando mientras me lava el pelo. Sí señor, este es el primer motivo por el que voy a la peluquería. Y es justo lo que necesitaba después de la mañana que he tenido.

Me corta un poco el flequillo y se embadurna las manos con una crema superbrillo que va a terminar en pocos segundos en mi pelo. Definitivamente, tengo que reencarnarme en gato. Toca secador. Con esta melena de leona, desesperación de cuanta peluquera he visitado, ya me he acostumbrado a que la sesión de secado sea a cuatro manos. Segundo motivo: el pelo tan liso y tan brillante que parece que haya sido planchado. Ya sé qué me voy a pedir para Reyes. Al anterior peluquero al que iba, Nolo (vaya, parece condición sine quanon llamarse con cualquier variante del nombre Manuel para ser peluquero) le proponía invariablemente cada vez que iba llevármelo a mi casa para que me peinara cada mañana. No coló. A Manoli todavía no se lo he propuesto. Básicamente, no es mi tipo.

Tarde de peluquería.

– Tendrás que esperar un poco, Manoli todavía no ha llegado.

– Ah, no te preocupes, no tengo prisa (voz en off: mierda, me dejé el libro en casa).

Resignación cristiana, me siento y cojo una revista. El Hola. Con lo que hemos avanzado en comunicaciones, y esta revista sigue teniendo el mismo formato que hace ¿treinta años? Absolutamente el mismo, me daría igual estar viendo una de abril de 1.976. Sobre todo cuando llego a las páginas de ‘Ecos de sociedad’. Todo normal, una peluquería es el lugar perfecto para tanta caspa.

Llega mi salvadora, mi peluquera. ¿El mismo color? Claro. Ella lo llama ‘seiscientos dos’. A mí me gusta más el nombre de ‘chocolate’. Charla totalmente trascendente mientras va separando pequeños mechones y pintándolos con el mismo desapego con el que le pondría mantequilla a una tostada. ¿Tu hermana bien? Sí, llega el viernes. Le cuento lo precioso que está mi sobrino y las ganas que tengo de verlo. Mientras, ya ha terminado y me abandona a la fatalidad de la revista un rato más.

Se cumple el tiempo de ‘pose’ y llega el momento de aclarar el pelo. Manoli está totalmente absorta contándole las gracias de su hija a otra clienta y se recrea en el masaje que me está dando mientras me lava el pelo. Sí señor, este es el primer motivo por el que voy a la peluquería. Y es justo lo que necesitaba después de la mañana que he tenido.

Me corta un poco el flequillo y se embadurna las manos con una crema superbrillo que va a terminar en pocos segundos en mi pelo. Definitivamente, tengo que reencarnarme en gato. Toca secador. Con esta melena de leona, desesperación de cuanta peluquera he visitado, ya me he acostumbrado a que la sesión de secado sea a cuatro manos. Segundo motivo: el pelo tan liso y tan brillante que parece que haya sido planchado. Ya sé qué me voy a pedir para Reyes. Al anterior peluquero al que iba, Nolo (vaya, parece condición sine quanon llamarse con cualquier variante del nombre Manuel para ser peluquero) le proponía invariablemente cada vez que iba llevármelo a mi casa para que me peinara cada mañana. No coló. A Manoli todavía no se lo he propuesto. Básicamente, no es mi tipo.