Naufragio.

De nuevo sentada en la orilla de tu propia memoria, esperando la marea que arrastre los restos de este nuevo naufragio. ¿Cuántos han sido hasta ahora? ¿Tres, cuatro? Da igual, todos han tenido el mismo resultado: trozos de ti misma navegando a la deriva por mucho tiempo, sentirte como el amotinado abandonado en la isla, la terrible secuela del miedo a volver a enrolarse, a volver a acercarse al mar simplemente.

El diario de a bordo convertido en el suma y sigue de los desastres. Cuando crees el mar en calma, cuando parece que esta travesía te llevará a buen puerto, al doblar el primer cabo la tempestad embravece las aguas y ya no hay salvación posible. No hay botes, no hay salvavidas y el capitán es el primero en abandonar la nave.

La tormenta pasa, el mar vuelve a su apacible quietud, pero ya nada vuelve a ser lo mismo. Del navío sólo quedan los pecios hundidos, de tu empresa tan sólo el dolor del fracaso. Y tú vuelves a sentirte, otra vez, como un mascarón de proa encallado en la playa.

Lámpara de lava.

Volvió a acomodar los labios a la forma del borde de aquella taza mientras sus ojos se clavaban, sin verla, en la máquina de tabaco, desenchufada hacía tantas semanas que más olía a un «no quiero líos» del dueño que al «averiada» que lucía en fluorescente verde. Tardó algo más de diez segundos en tomar aquel sorbo de café. Diez segundos son apenas un instante, un tremendo lapso de tiempo para un acto reflejo como es beber. Un acto reflejo seguido de otro, volver a dejar la taza, con un sorbo de café menos, con una huella de carmín más, sobre el platillo que está sobre la mesa que está en esta cafetería que está…
Sobre esa misma mesa de esa misma cafetería, abierto, el libro que ocupaba ahora sus desayunos y sus cortos trayectos en autobús. Lo había empezado con el anhelo de aprehender al menos parte del conocimiento que se encerraba entre esas pastas rojas y ya un tanto gastadas, pero en ese preciso instante, en esa precisa página, las palabras que revelaban la subida a los altares por méritos propios del bardo de Strarford se diluían irremediablemente ante sus ojos al igual que cualquier idea se disolvía en su mente tan al instante de concebirla que pareciera que nunca había existido.
Tenía una vaga consciencia del lugar que ocupaba ahora mismo, pero le habría dado igual que fuera ese o cualquier otro. Se sentía totalmente ajena del sillón que ocupaba, de la mesa que tenía delante, del bullicio de la cafetería en esa hora punta. El tiempo prácticamente se había detenido, se habían detenido los latidos en sus sienes y las risas de los que ocupaban la mesa contigua a la suya llegaban desde algún lugar lejano. La gente entraba y salía, pero todo giraba a su alrededor fluyendo como las gotas caprichosas de una lámpara de lava.

Lámpara de lava.

Volvió a acomodar los labios a la forma del borde de aquella taza mientras sus ojos se clavaban, sin verla, en la máquina de tabaco, desenchufada hacía tantas semanas que más olía a un «no quiero líos» del dueño que al «averiada» que lucía en fluorescente verde. Tardó algo más de diez segundos en tomar aquel sorbo de café. Diez segundos son apenas un instante, un tremendo lapso de tiempo para un acto reflejo como es beber. Un acto reflejo seguido de otro, volver a dejar la taza, con un sorbo de café menos, con una huella de carmín más, sobre el platillo que está sobre la mesa que está en esta cafetería que está…
Sobre esa misma mesa de esa misma cafetería, abierto, el libro que ocupaba ahora sus desayunos y sus cortos trayectos en autobús. Lo había empezado con el anhelo de aprehender al menos parte del conocimiento que se encerraba entre esas pastas rojas y ya un tanto gastadas, pero en ese preciso instante, en esa precisa página, las palabras que revelaban la subida a los altares por méritos propios del bardo de Strarford se diluían irremediablemente ante sus ojos al igual que cualquier idea se disolvía en su mente tan al instante de concebirla que pareciera que nunca había existido.
Tenía una vaga consciencia del lugar que ocupaba ahora mismo, pero le habría dado igual que fuera ese o cualquier otro. Se sentía totalmente ajena del sillón que ocupaba, de la mesa que tenía delante, del bullicio de la cafetería en esa hora punta. El tiempo prácticamente se había detenido, se habían detenido los latidos en sus sienes y las risas de los que ocupaban la mesa contigua a la suya llegaban desde algún lugar lejano. La gente entraba y salía, pero todo giraba a su alrededor fluyendo como las gotas caprichosas de una lámpara de lava.

Sabores.

Café, limón clandestino, piña y uva, tus besos.

Caña de azúcar y naranja, frambuesas, garnacha y syrah, tu piel.

Té y bergamota, la miel y tus labios.

Mar, final y principio, Channel nº 10. Tú.

Dulce y salado. Un toque ácido. Ninguno amargo. Tú.

 

Primavera.

Ya que ella no se decide a venir a nosotros, salgo a buscarla. Y para ello sacrifico las ondas azules en pos de este cercis siliquastrum, que es como se llama el árbol cuyas flores adornan desde hoy este humilde blog.
Y elijo precisamente este árbol y no, por ejemplo, un almendro, símbolo más tradicional de la primavera, ni cualquier otra flor, porque su floración es, junto con la llegada de las golondrinas, el signo urbano más inequívoco de este cambio de estación.
Es llamado Árbol del amor, quizá porque sus hojas tienen una perfecta forma de corazón, o Árbol de Judas, ya que según la leyenda, en él se ahorcó el apóstol después de su traición. En Cádiz adornan algunas de sus calles y plazas, siendo además de las pocas especies que han escapado a la ‘poda’ salvaje (tala en algunos casos) con la que se ha intentado resanar los árboles de la ciudad estos últimos días.
Ya sólo queda esperar que el ensalmo sea efectivo…

Viento.

Suroeste fuerza 5. Intervalos de visibilidad mala. Aguaceros. Fuerte marejada. Mar de fondo del oeste de 2 metros.

Marzo ventoso y abril lluvioso hacen de mayo florido y hermoso.

Nano y Wey.

Nano es canela. Es el mayor. En realidad se llama Mateo y acaba de cumplir cuatro años. Lo rescatamos de una muerte segura cuando apenas tenía un mes. Del resto de la camada y de la mamá nunca más se supo (hay gente a la que les molesta los animales, aún cuando les libran de ratones y culebras que era lo único que hacían los gatos en la fábrica en la que nació). Cuando todavía era joven e inconsciente quiso volar y como consecuencia tiene un clavo en el codo de una de las patas delanteras y mucho miedo a volverse a caer, por lo que ha aprendido a afianzarse bien en las ventanas cuando la avidez de sol puede más que el vértigo. Cuando llegó Wey él ya tenía más de un año y le hizo saber de inmediato quién mandaba en casa.

Wey es un tabby gris regalo de una compañera con un índice de natalidad entre sus gatos demasiado alto hasta para una «gattara» convencida. Pronto cumplirá tres años. Dicen de los gatos que tú no los adoptas, sino que ellos te adoptan a ti. Pues Wey ni lo uno ni lo otro. Él es el gato de Nano, es al único que hace caso y al único que da topadas cuando tiene ganas de mimos. Eso sí, el pobre está tan resignado a ser el juguete de mi hija, que sólo se diferencia del resto de sus peluches porque él se mueve. De vez en cuando, porque el deporte favorito de ambos es estar tumbados al sol durante horas. Sólo hay dos sonidos a los que atienden: el que hace el abrir una lata de comida o sacudir la bolsa del pienso seco y el de la persiana de la terraza cuando la levanto.

Suelen pelearse en época de celo y organizan carreras por todo el pasillo en las que los obstáculos son ellos mismos. Son magníficos porteros de pelotitas de papel. Tienen su código secreto de señales y se riñen el uno al otro cuando hacen algo malo. Pero lo que más les gusta, sin duda, es encontrar el sitio más cálido de toda la casa y acurrucarse el uno contra el otro.

Bomberos.

«Había en aquellos tiempos, en Madrid, muchos niños que querían ser bomberos. Fue una época pacífica y los niños heroicos no tenían otro sueño. Porque el bombero era el héroe mejor de todos los héroes, el que no tenía enemigos, el más bienhechor de los hombres. Los bomberos eran buenos y respetuosos, dentro de sus grandes mostachos, con sus uniformes de héroes cívicos, con sus yelmos como los griegos y los troyanos, pero ecuánimes y corteses, gordos y bondadosos. ¡Honra a los bomberos!

Desde otro punto de vista, eran los grandes amigos del fuego. Había que ver la alegría con que llegaban, el entusiasmo de su faena, el júbilo de sus coches rojos. Rompían con sus hachas mucho más de lo que había que romper. Hartos de su interminable quietud, les embriagaba la alarma, las llamas les enardecían y llegaban eufóricos al incendio. Ponían en marcha su mecanismo de pura actividad y de pura prisa. Vencían al fuego, tan sólo porque le demostraban una mayor actividad y una velocidad mayor. Y el fuego humillado, se retiraba a sus cavernas. Ellos conocían este secreto, el único eficaz contra las llamas. Ganaban al fuego en aquello en que más se tenía por grande: en movimiento y escenografía. Le humillaban. Todos los ojos se volvían hacia ellos; el fuego nadie lo miraba ya.

Corrían menos que una persona normal, pero corrían canónica y gimnásticamente; pecho afuera, puños al pecho, la cabeza alta, levantando mucho los pies del suelo y las rodillas hacia fuera y nunca tropezaban unos con otros. Por eso todo el mundo decía:

– ¡Qué bien corren!

Nunca sacaban a nadie por la puerta, aunque pudieran, siempre lo hacían por las ventanas y por los balcones, porque lo importante para vencer era la espectacularidad. Bombero hubo, que, en su celo, subió a la joven del primer piso, hasta el quinto, para salvarla desde allí.

En cada piso había siempre una joven. Todos los demás vecinos salían de la casa antes de llegar los bomberos. Pero las jóvenes tenían que quedarse para ser salvadas. Era la ofrenda sagrada que hacía el pueblo a sus héroes, porque no hay héroe sin dama. Cuando llegaba la hora del fuego, toda joven conocía su deber. Mientras los demás huían aprisa con los enseres, ellas se levantaban lentas y trágicas, dando tiempo a las llamas, quitaban de su rostro las pinturas y los afeites, soltaban las largas cabelleras, se desnudaban y se ponían el blanco camisón. Salían por fin, solemnes y magníficas, a gritar y bracear en los balcones.»

Alfanhuí, Rafael Sánchez Ferlosio.