Más de lo mismo…

Conversación mantenida esta misma mañana delante de un café:

Él: Vaya problemón que tiene Fulano…

Yo: ¿Qué le pasa?

Él: Su niña, que se le ha quedado preñá (la primera en la frente. Esto no va a ir bien. ¿Preñá? entonces ahora las vacas deben quedarse en estado de buena esperanza)

Yo: Vaya, pero la chica es mayor, ¿no?

Él: No, no, si no es por eso… es que es de un negro.

Yo, con cara de «nopuedeserqueestéescuchandoesto»: ¿Qué?

Él: No, si a mí no me importa (qué modernito y qué democrático que soy), pero ya sabes, la sociedad…

Yo (¿me levanto y me voy?): ¿La sociedad o la gente que hace ese tipo de comentarios?

Él: Te digo que a mí no me importa, sólo te lo cuento como me lo han contado…

Yo: Ah, ¿no te importa? ¿Te preocuparía si tu hija tuviera algún día a un negro como pareja?

Él: Hombre, eso es distinto… (ahora sí que me levanto y me voy) ¿A ti no te preocuparía que lo tuviera la tuya? (no, mejor me quedo y contesto)

Yo: A mí lo que me preocuparía es que tuviera una pareja que pensara así…

Más de lo mismo…

Conversación mantenida esta misma mañana delante de un café:

Él: Vaya problemón que tiene Fulano…

Yo: ¿Qué le pasa?

Él: Su niña, que se le ha quedado preñá (la primera en la frente. Esto no va a ir bien. ¿Preñá? entonces ahora las vacas deben quedarse en estado de buena esperanza)

Yo: Vaya, pero la chica es mayor, ¿no?

Él: No, no, si no es por eso… es que es de un negro.

Yo, con cara de «nopuedeserqueestéescuchandoesto»: ¿Qué?

Él: No, si a mí no me importa (qué modernito y qué democrático que soy), pero ya sabes, la sociedad…

Yo (¿me levanto y me voy?): ¿La sociedad o la gente que hace ese tipo de comentarios?

Él: Te digo que a mí no me importa, sólo te lo cuento como me lo han contado…

Yo: Ah, ¿no te importa? ¿Te preocuparía si tu hija tuviera algún día a un negro como pareja?

Él: Hombre, eso es distinto… (ahora sí que me levanto y me voy) ¿A ti no te preocuparía que lo tuviera la tuya? (no, mejor me quedo y contesto)

Yo: A mí lo que me preocuparía es que tuviera una pareja que pensara así…

Doña Cuaresma.

Señoras y señores, ya está bien. Ya terminó. Ha habido tiempo suficiente para el desenfreno y la desvergüenza.

Desde el pasado miércoles ya era hora de parar y, sin embargo, ha habido media semana más, así que los jartibles están fuera de lugar. Correteando con sus siete pies llega la Cuaresma, tiempo de recogimiento y devoción. Tiempo para repasar nuestras faltas y purgar nuestros pecados, así que nuestro deber es ir preparándonos para la Semana Santa.
Nada de dejar para última hora los preparativos para vivirla adecuadamente: es hora de pedir esos días de vacaciones que hemos ido guardando avariciosamente desde el año pasado, pensando que una semanita de descanso no nos vendría mal al comienzo de la primavera. Sí, ya sabemos que esto provocará la envidia de nuestros compañeros, que deberán quedarse al pie del cañón, y la ira de nuestros jefes, que verán que nuestro empeño para sacar la carrera de ingenieros de puentes no ha caído en saco roto. Para ayudarles a superar estos sentimientos, lo mejor que podemos hacer es mostrarles orgullosamente las reservas que habremos realizado con antelación para el maravilloso viaje que nos hemos preparado a un lugar idílico (nada de Filipinas o Israel. Ésta no es la mejor época para esos viajes), e ir pasándoles toda la soberbia información que vayamos recopilando por internet –en horas de trabajo, por supuesto. Pobrecillos: si se han de quedar, al menos que recreen en su imaginación lo que vamos a estar haciendo nosotros mientras ellos aguantan madrugones, atascos y procesiones por dentro y por fuera.
Recordad también que es tiempo de vigilia. No se puede comer carne. Pero nada de bacalao, que da mucha sed. Lo más adecuado será que cada viernes dirijamos nuestros pasos, a la hora del almuerzo, a la marisquería más cercana. Los crustáceos no son carne. Y si no son carne, no son pecado. Así que podremos almorzar y cenar marisco sin ningún peligro para nuestras almas, porque además, al darnos el gran atracón de esos bichitos, olvidaremos el chuletón, el cordero y el cochinillo.
Por fin, y tras todos estos sacrificios, llegaremos a nuestra tan ansiada semana santa. Una semana de vacaciones en medio del año que no podemos desaprovechar visitando museos ni pateando ciudades, que eso cansa. Lo de las visitas culturales lo dejaremos para cuando nuestra empresa nos envíe a cualquier ciudad por motivos de trabajo. Las semanas de vacaciones están para descansar, así que nuestra obligación, para honrarla, será permanecer, por ejemplo, tumbados en una hamaca a la orilla de una idílica playa, sin otra obligación que no sea el estar atentos a los voluptuosos, sensuales, sudorosos cuerpos que se broncean al sol del medio día apenas a un metro de nosotros…
Sí señor. Toda una semana de pasión.

Doña Cuaresma.

Señoras y señores, ya está bien. Ya terminó. Ha habido tiempo suficiente para el desenfreno y la desvergüenza.

Desde el pasado miércoles ya era hora de parar y, sin embargo, ha habido media semana más, así que los jartibles están fuera de lugar. Correteando con sus siete pies llega la Cuaresma, tiempo de recogimiento y devoción. Tiempo para repasar nuestras faltas y purgar nuestros pecados, así que nuestro deber es ir preparándonos para la Semana Santa.
Nada de dejar para última hora los preparativos para vivirla adecuadamente: es hora de pedir esos días de vacaciones que hemos ido guardando avariciosamente desde el año pasado, pensando que una semanita de descanso no nos vendría mal al comienzo de la primavera. Sí, ya sabemos que esto provocará la envidia de nuestros compañeros, que deberán quedarse al pie del cañón, y la ira de nuestros jefes, que verán que nuestro empeño para sacar la carrera de ingenieros de puentes no ha caído en saco roto. Para ayudarles a superar estos sentimientos, lo mejor que podemos hacer es mostrarles orgullosamente las reservas que habremos realizado con antelación para el maravilloso viaje que nos hemos preparado a un lugar idílico (nada de Filipinas o Israel. Ésta no es la mejor época para esos viajes), e ir pasándoles toda la soberbia información que vayamos recopilando por internet –en horas de trabajo, por supuesto. Pobrecillos: si se han de quedar, al menos que recreen en su imaginación lo que vamos a estar haciendo nosotros mientras ellos aguantan madrugones, atascos y procesiones por dentro y por fuera.
Recordad también que es tiempo de vigilia. No se puede comer carne. Pero nada de bacalao, que da mucha sed. Lo más adecuado será que cada viernes dirijamos nuestros pasos, a la hora del almuerzo, a la marisquería más cercana. Los crustáceos no son carne. Y si no son carne, no son pecado. Así que podremos almorzar y cenar marisco sin ningún peligro para nuestras almas, porque además, al darnos el gran atracón de esos bichitos, olvidaremos el chuletón, el cordero y el cochinillo.
Por fin, y tras todos estos sacrificios, llegaremos a nuestra tan ansiada semana santa. Una semana de vacaciones en medio del año que no podemos desaprovechar visitando museos ni pateando ciudades, que eso cansa. Lo de las visitas culturales lo dejaremos para cuando nuestra empresa nos envíe a cualquier ciudad por motivos de trabajo. Las semanas de vacaciones están para descansar, así que nuestra obligación, para honrarla, será permanecer, por ejemplo, tumbados en una hamaca a la orilla de una idílica playa, sin otra obligación que no sea el estar atentos a los voluptuosos, sensuales, sudorosos cuerpos que se broncean al sol del medio día apenas a un metro de nosotros…
Sí señor. Toda una semana de pasión.

Sirenas.


De un tiempo a esta parte, me cantan las sirenas allá por donde voy y se ponen en marcha las alarmas.
Literalmente.
Ya he comentado en alguna ocasión mis problemas con los electrodomésticos. Última hora: todo sigue igual. O peor, porque el ordenador de casa (no, no podía ser el de la oficina, única razón para que me cambiaran ya este Spectrum desde el que os escribo ahora) le tomó el relevo al calentador de agua.
Pero esta histeria electromagnética que me acompaña ha rebasado mi ámbito doméstico. Lo que os decía de las alarmas. Saltan en cuanto cruzo el arco de seguridad de un comercio. Un momento, seguid leyendo antes de levantar la ceja: suenan cuando entro, para sorpresa del guardia de seguridad o de las dependientas en su defecto. Naturalmente, también saltan cuando salgo, pero para entonces ya están todos sobre aviso y no pasa nada.
Lo malo es el susto que me llevo. Lo peor, que los días que vengo a la oficina desayuno en una cafetería a la que llego cruzando el Corte Inglés. Las dependientas creo que han empezado a hacer apuestas cuando me ven por el escaparate dirigiéndome a la puerta.
Lo bueno es que ya resulta hasta divertido, aunque no sucede siempre. Depende de lo que esté leyendo en el momento. Conrad y Ferlosio las hacen aullar. Cortázar y Whitman las dejan indiferentes. Creo que, a no ser que me termine Alfanhuí esta tarde, les pediré que me desactiven la alarma del libro.
Por segunda vez.

Miradme.


Miradme. Estoy aquí, de pie, delante de vosotros.

Miradme. Me veis igual que siempre, y sin embargo, no soy la misma.
Mirad, fijaos bien. Mirad mi pelo, cayendo en cascada sobre los hombros. Antaño ocultaba mis ojos y ahora se enredan en él cien palabras y mil promesas. Cae sobre esta espalda que cargaba con todo el peso del mundo, como la de un atlante abandonado a su destino, y ahora se yergue poderosa en un ángulo convexo modelado por la sangre caliente que la recorre.
Mirad mi boca. No encontraréis en ella la mueca de ayer, porque ha sucumbido a las sonrisas, ha probado los besos más dulces y ha pronunciado las frases más fervientes.
Mirad mis manos. Tienen las palmas vueltas a vosotros y sin embargo ya no suplican. Otrora jugaban inquietas dedo con dedo, reprimiendo el abrazo y las caricias, pero hoy han inventado roces nuevos, han tocado al que aman y han vuelto a nacer por ello más suaves, más blancas, más hermosas.
¿Veis este cuerpo? Tampoco es el mismo. Ajado y mustio de pura y pesarosa desidia, ahora tiene alas para subir al cielo y quedarse allí, suspendido en la plegaria de su nombre, en la eterna letanía que me lo acerca.
¿Me veis? Mi yo, mi nuevo yo, ataviado con el aura de los felices, en perfecta armonía con lo que ahora soy y lo que siento.
¿Podéis verme ahora? Quizá yo a vosotros no. Me veréis sonreír distraída mientras mis ojos os atraviesan, fijos en un punto lejano al que me llevan mis recuerdos más recientes, mis ilusiones, al que es capaz de transportarme una frase oída en una conversación al pasar, el retazo de un aroma percibido por un momento, la palabra que leo, el nombre que oigo, una música lejana, la luz del sol en los ojos, una gota de memoria que me lleva donde quiero estar. 

Miradme. Ahora sí soy yo.

Carnaval 2006.

¡Ea, pues están todos ustedes invitados!

A partir de este fin de semana y hasta el día cinco de marzo (vale, para los más jartibles, hasta el doce) Cádiz celebra sus carnavales, aunque en realidad, el cachondeo empezó hace ya algunos días, con el COAC (que sí, el Concurso Oficial de Agrupaciones Carnavalescas).

Así que quien se quiera pasar, tiene las puertas abiertas, aunque no estarían de más unas pequeñas indicaciones para los que se nos sumen este año por primera vez:

La única condición indispensable para vivir bien el carnaval es tener muchísimas ganas de pasarlo bien. Por esta misma razón, requisito básico para acceder a él es soltar, en los depósitos a tal efecto situados en la entrada a la ciudad, cualquier atisbo de malos rollos, actitudes pendencieras o simple gana de fastidiar. Recordamos que no se podrán recoger a la salida, pues a medida que se vayan llenando los citados depósitos, se procederá a su automática destrucción.

Si tiene que desplazarse hasta el casco antiguo (si está fuera de él, sería lo más conveniente, o poco carnaval va a ver), olvídese de llegar hasta allí en coche. Sólo conseguirá un monumental cabreo y tener que volver por donde ha venido y aparcar en la Zona Franca. La ida puede hacerse a pie, son numerosos los grupos, disfrazados o no, que lo hacen y así se va metiendo en situación al socializar con ellos. Desde fuera de la ciudad se puede acceder en tren, que le dejará en pleno centro y a poca distancia del meollo del cachondeo, amén de que también encontrará en él numerosas personas que vienen a lo mismo y con las mismas ganas que usted. Por los horarios, sobre todo los de vuelta, no se preocupe. Al fin y al cabo, convénzase, va a pasar usted la noche aquí y terminará cogiendo el tren después de pasar por la Guapa.

Es totalmente indiferente acudir al carnaval disfrazado o vestido de paisano*. Si se decide por el disfraz, olvídese de las postales del Carnaval de Venecia. Son muy chulos, sí, pero poco prácticos. En Cádiz nos va más aquello de ‘hágalo usted mismo’, y por supuesto, prima más la originalidad de la idea que la confección del tipo. Si por el contrario elige vestirse de paisano (cuidado, según de qué paisano se trate también se considera disfraz), las Autoridades Sanitarias del Carnaval aconsejan proveerse de ropa cómoda y, sobre todo, de unos zapatos que no importe tener que tirar una vez pasado el domingo de piñata o, en su defecto, sean susceptibles de poderse limpiar con zotal o cualquier otro desinfectante, sobre todo si llueve o acude usted al carrusel de coros.

Y una vez dicho todo esto, sólo queda desear un buen Carnaval para todos ¡¡y que no decaiga la fiesta!!

*Heliópolis, tú puedes omitir perfectamente la lectura de esta parte del post.