Dieciséis de febrero.

1785 Lavoisier sintetiza agua a base de hidrógeno y oxígeno.
1821 Proclamación de la independencia de México.
1834 Nace el zoólogo alemán Ernst Haeckel.
1894 Se estrena con éxito en el teatro Apolo de Madrid la zarzuela La Verbena de la Paloma, con música de Tomás Bretón y libreto de Ricardo de la Vega.

1918 Joan Miró realiza su primera exposición en Barcelona.
1922 Se celebra la primera sesión del Tribunal Permanente de Justicia de la Haya, creado a instancia de la Sociedad de Naciones.
1923 Un equipo de arqueólogos abre la tumba del faraón Tutankamón.
1941 España: el centro de Santander devorado por un devastador incendio.

1962 Un decreto equipara en España los derechos laborales de la mujer con los del hombre.
1969 Nace Fermín Cacho, atleta español.
1980 Se inaugura el nuevo aeropuerto internacional de Vitoria (España).

1999 La asamblea del Ulster aprueba las estructuras del gobierno autónomo.

Estos son algunos de los acontecimientos que ocurrieron un día como hoy. Todos ellos son ya Historia. En mi pequeña historia, mi historia particular, también es un día de efemérides. Hoy coinciden en cumplir años dos personas muy importantes para mí. A una, la que cumple más años (no voy a decir cuántos, aunque a ella no le va esa clase de coquetería, aparte de que tampoco le hace falta), la conozco de toda la vida. Y nunca mejor dicho, y desde luego, si hoy soy quien soy, es gracias a ella, la mujer más fuerte y más hermosa que he conocido nunca.
A la otra persona, la que cumple menos (tampoco voy a decir cuántos, y éste sí que es coqueto), la conozco hace relativamente poco tiempo, aunque ha sido suficiente para que se haya convertido en alguien muy especial. Y sé que seguirá siéndolo cada día más, enseñándome cada momento dónde está la felicidad.

Dieciséis de febrero.

1785 Lavoisier sintetiza agua a base de hidrógeno y oxígeno.
1821 Proclamación de la independencia de México.
1834 Nace el zoólogo alemán Ernst Haeckel.
1894 Se estrena con éxito en el teatro Apolo de Madrid la zarzuela La Verbena de la Paloma, con música de Tomás Bretón y libreto de Ricardo de la Vega.

1918 Joan Miró realiza su primera exposición en Barcelona.
1922 Se celebra la primera sesión del Tribunal Permanente de Justicia de la Haya, creado a instancia de la Sociedad de Naciones.
1923 Un equipo de arqueólogos abre la tumba del faraón Tutankamón.
1941 España: el centro de Santander devorado por un devastador incendio.

1962 Un decreto equipara en España los derechos laborales de la mujer con los del hombre.
1969 Nace Fermín Cacho, atleta español.
1980 Se inaugura el nuevo aeropuerto internacional de Vitoria (España).

1999 La asamblea del Ulster aprueba las estructuras del gobierno autónomo.

Estos son algunos de los acontecimientos que ocurrieron un día como hoy. Todos ellos son ya Historia. En mi pequeña historia, mi historia particular, también es un día de efemérides. Hoy coinciden en cumplir años dos personas muy importantes para mí. A una, la que cumple más años (no voy a decir cuántos, aunque a ella no le va esa clase de coquetería, aparte de que tampoco le hace falta), la conozco de toda la vida. Y nunca mejor dicho, y desde luego, si hoy soy quien soy, es gracias a ella, la mujer más fuerte y más hermosa que he conocido nunca.
A la otra persona, la que cumple menos (tampoco voy a decir cuántos, y éste sí que es coqueto), la conozco hace relativamente poco tiempo, aunque ha sido suficiente para que se haya convertido en alguien muy especial. Y sé que seguirá siéndolo cada día más, enseñándome cada momento dónde está la felicidad.

Búsquedas.

Llevo más de mes y medio buscando unos aretes de plata que perdí en mi propia casa. Recuerdo perfectamente cuando me los quité por última vez, y juro por dios que nunca más volveré a pasar hambre que prácticamente he desarmado el sofá y he movido todo el salón buscándolos.

En vista de que no había forma, para mi cumpleaños me regalé dos pares de pendientes. Llegué a casa y me puse inmediatamente uno de ellos. El otro, sin sacarlo siquiera de su bolsita, lo guardé con el consabido «los pongo aquí para que no se pierdan». Efectivamente, no los he vuelto a ver. Seguro que están junto con los primeros aretes, en una especie de Triángulo de las Bermudas itinerante que debe haber en mi casa.

Consultando al comité de expertos en una sobremesa de pantagruélico y maternal almuerzo dominical, mi padre sentencia que «cando o demo non ten qué facer, co rabo espanta as moscas». Mi madre, más pragmática, busca soluciones antes que culpables y me enseña la oración de San Cucufato.

A estas alturas, cuando ya el pobre santo debe estar pidiendo la castración a gritos, y las moscas van a pasar a ser especie en vía de extinción, todavía no ha aparecido ninguno de los pendientes. Eso sí, a cambio he encontrado unas fotos que busqué hasta la saciedad antes de decidir hacerme otras ante la premura de los plazos de la matrícula, el rotulador permanente para los CD’s cuando ya tengo tal cantidad de ellos sin nombre que me costará una tarde averiguar qué tiene cada uno y hasta un amigo ha encontrado un mando a distancia que ya daba por arrojado al contenedor de reciclaje.

Y es que, a pesar de nuestra vocación de amos del mundo, no podemos controlarlo todo. Ni siquiera los santos pueden, por mucho que les apretemos la moral. Dicen que quien guarda, halla. Pero no siempre hallamos aquello que buscamos. Lo más fácil que puede pasar, cuando buscamos con demasiado empeño, es que nos encontremos con cosas que no esperábamos, con cosas que no nos pertenecen o que son de otro o, incluso, con cosas que no deseamos en absoluto. Es el riesgo de buscar. Al fin y al cabo, con «o demo non se xoga».

Búsquedas.

Llevo más de mes y medio buscando unos aretes de plata que perdí en mi propia casa. Recuerdo perfectamente cuando me los quité por última vez, y juro por dios que nunca más volveré a pasar hambre que prácticamente he desarmado el sofá y he movido todo el salón buscándolos.

En vista de que no había forma, para mi cumpleaños me regalé dos pares de pendientes. Llegué a casa y me puse inmediatamente uno de ellos. El otro, sin sacarlo siquiera de su bolsita, lo guardé con el consabido «los pongo aquí para que no se pierdan». Efectivamente, no los he vuelto a ver. Seguro que están junto con los primeros aretes, en una especie de Triángulo de las Bermudas itinerante que debe haber en mi casa.

Consultando al comité de expertos en una sobremesa de pantagruélico y maternal almuerzo dominical, mi padre sentencia que «cando o demo non ten qué facer, co rabo espanta as moscas». Mi madre, más pragmática, busca soluciones antes que culpables y me enseña la oración de San Cucufato.

A estas alturas, cuando ya el pobre santo debe estar pidiendo la castración a gritos, y las moscas van a pasar a ser especie en vía de extinción, todavía no ha aparecido ninguno de los pendientes. Eso sí, a cambio he encontrado unas fotos que busqué hasta la saciedad antes de decidir hacerme otras ante la premura de los plazos de la matrícula, el rotulador permanente para los CD’s cuando ya tengo tal cantidad de ellos sin nombre que me costará una tarde averiguar qué tiene cada uno y hasta un amigo ha encontrado un mando a distancia que ya daba por arrojado al contenedor de reciclaje.

Y es que, a pesar de nuestra vocación de amos del mundo, no podemos controlarlo todo. Ni siquiera los santos pueden, por mucho que les apretemos la moral. Dicen que quien guarda, halla. Pero no siempre hallamos aquello que buscamos. Lo más fácil que puede pasar, cuando buscamos con demasiado empeño, es que nos encontremos con cosas que no esperábamos, con cosas que no nos pertenecen o que son de otro o, incluso, con cosas que no deseamos en absoluto. Es el riesgo de buscar. Al fin y al cabo, con «o demo non se xoga».

Cuatro.

Por cortesía de Heliópolis, que nos ha puesto deberes a unos cuantos, aquí va esta especie de cadena o ¿meme?:

1. Cuatro trabajos que he tenido:
1. Encuestadora.
2. Tutora de turismo rural.
3. Telefonista.
4. Administrativo.

2. Cuatro trabajos que he querido tener:
1. Bombera.
2. Cónsul en Bali.
3. Concertista de piano.
4. Capitán de crucero de lujo.

3. Cuatro películas que puedo ver una y otra vez:
1. 2046
2. Desayuno con diamantes.
3. Pesadilla antes de navidad.
4. Historias de Filadelfia.

4. Cuatro lugares donde he vivido:
1. Cadi-Cadi
2. Puertatierra.
3. Málaga.
4. El limbo (aquí todavía vivo algunas veces).

5. Cuatro programas de televisión que me gustan en exceso:
1. Todos contra el chef.
2. Friends. Lo bueno de tantos canales y tantas reposiciones es que siempre puedes pillar series como ésta en algún sitio.
3. Futurama.
4. En su día, era totalmente adicta a Cifras y Letras.

6. Cuatro lugares donde he ido de vacaciones:
1. Vigo.
2. Barcelona.
3. Lisboa.
4. Zahara de los Atunes.

7. Cuatro lugares donde me gustaría ir:
1. A uno al que no me dejan…
2. Praga.
3. Florencia.
4. Laponia.

8. Cuatro platos favoritos:
1. El caldo gallego que hace mi señora madre.
2. Una paella extraordinaria que probé cierto día.
3. Ventresca de atún.
4. Pasta en cualquier forma (menos rellena).

9. Cuatro sitios web que visito a diario:
1. El BOE.
2. El Boletín Oficial de la Provincia.
3. Elitefreak.
4. Las páginas de todos los bloggeros amigos, y algunas más.

10. Cuatro lugares en los que me gustaría estar en este momento:
1. De vacaciones.
2. De vacaciones en una playa.
3. De vacaciones en una playa lejana.
4. De vacaciones en una playa lejana en buena compañía.

11. Cuatro bloggers que la llevan…
1. Nimue.
2. Niob3.
3. Totito.
4. Paco.

Paseos.

Siempre vuelvo de la oficina a casa caminando. Los días que trabajo por la tarde y cuando el tiempo lo permite, lo hago por el paseo marítimo. En esta época del año en la que los días, tímidamente, se van haciendo más largos, coincide mi salida con el comienzo del atardecer. Entonces yo camino despacito, saboreando los rayos de un sol que ya no calienta apenas, si es que lo ha hecho durante el día, demorándome en la visión de las olas que llegan a Santa María del Mar dejando una playa de chantillí. Y parecería que el tiempo no pasa, que se queda prendido en esa playa de media luna, si no fuera porque el sol, que nos mira y permite, ahora sí, que lo miremos, termina por perderse en el horizonte.
Los que llegan a esta ciudad por primera vez, los que se entretienen un poco en conocer y observar, se sorprenden de que, al contrario que en las grandes urbes, aquí la gente pasea. Pasea por sus calles, por sus alamedas, por sus plazas. Pasea sin prisa por una playa inmensa que se disfruta todo el año. Pasea por entre piedras de miles de años, piedras con nombre. Pasean los niños y los que hace tiempo que dejaron de serlo. Pasean las familias enteras y los solitarios. Pasean las almas de ilusiones recién estrenadas, que descubren la belleza por donde pasaron ya mil veces y los seres que se huyen de ellos mismos vagando eternamente. Pasean todos, hombres y mujeres de esta tierra, forasteros contagiados por el dulce pasar de las horas, turistas con vocación descubridora. Pasean y en ello se complacen.
¿No lo harías tú?

Bunraku.

Fin de semana de buen cine, como viene ya siendo habitual gracias a mi asesor cinematográfico-literario. Habiendo pasado ya por Dogville y Ordet, era el turno de Dolls, de Takeshi Kitano. Película tan triste como hermosa, una maravilla visual que nos habla, apenas sin palabras, del amor, el destino y la muerte a través de tres historias y del paso de las estaciones.
El comienzo de la película, que no voy a contar aquí ni a desvelar más allá, es una explicación a su nombre y una introducción a lo que va a ser el sentimiento que es su hilo conductor. Se trata de una representación de Bunraku, el teatro de títeres profesional japonés, uno de los más sofisticados del mundo y que fue proclamado por la Unesco en 2003 «Obra maestra del patrimonio oral e inmaterial de la humanidad». En él, a través de la manipulación de los títeres, articulados y suntuosamente vestidos, por tres marionetistas con una destreza y coordinación tales que hacen olvidar que realmente se trata de marionetas, la narración del Tayu, que interpreta a todos los personajes adaptando su voz y entonación a cada figura y situación, y el intérprete del Shamisén, se representan obras que datan, en su mayoría, del siglo XVII, adaptadas a una duración de unas cuatro horas (originalmente, cada representación podía extenderse a lo largo de un día completo) y que tienen como característica común una gran carga dramática.

Mariya.

Cada mañana, antes de entrar a trabajar, tomo café justo al lado de la oficina. Llevo años haciéndolo. Alejandro, ahora dueño del bar, es toda una institución en la calle. A él se le dejan llaves, recados, documentación. Tiene un café horrible, pero funciona perfectamente como agencia de información y entrega inmediata. Alejandro es de los que viven detrás de la barra. De hecho, cuenta que cuando siendo mozalbete llegó a Cádiz desde su Medina natal para trabajar, dormía debajo del mostrador. Y alguna querencia ha debido quedarle, porque siempre está ahí. O al menos estaba. Porque el último verano, Ale se permitió diez días de vacaciones. Incluso ahora, lleva toda la semana con gripe, cosa que antes hubiera sido impensable. ¿Qué ha cambiado? Mariya.
Mariya es una rubia de ojos tristes que vino del este y que lloraba su condición de ‘ilegal’ ante un café en el bar Acacias. Hasta que Alejandro le cambió el lado de la barra con un uniforme, un permiso de trabajo y un contrato. Los habituales nos acostumbramos en seguida a verla allí y ella se familiarizó rápidamente con nosotros, con nuestras manías y con nuestros horarios.
Esta mañana, mientras tomaba el café y empezaba mi «Hojas de hierba», ocuparon los taburetes contiguos al mío una pareja joven. Pidieron sus cafés y Mariya, servicial, preguntó si les apetecían unas tostadas. Al oírla, empezaron a reírse para después mostrarse muy ofendidos por su presencia «como si aquí no hubiese camareros». Se tomaron el café y se fueron enseguida, espoleados por las miradas de todos los que habíamos estado tranquilos hasta ese momento en el que empezamos a sentir vergüenza de la condición humana. De la estupidez humana, mejor dicho, la estupidez de clasificar a la gente, de temer o rechazar a según quién porque según de donde, la manía de juzgar al prójimo, de condenarlo tan solo por lo que dice un pasaporte… La estupidez del que es hincha de un equipo cuya plantilla es como el vestíbulo de la ONU, del que busca los mejores profesores nativos para aprender con garantía un idioma, del que pide el champán francés y el salmón noruego y desprecia a la camarera bielorrusa que le pone el café en el bar de su barrio, a la chica musulmana con su hiyab que tiene que ‘aguantar’ en el colegio de sus hijos o al ecuatoriano que trabaja los campos.

Brújulas.

Ella salta sobre los charcos en una playa de invierno.

Él avanza sobre un asfalto gris.

Ella encontró su norte prendido en una piel.

Él huye de su frío volando hasta el sur.

Ella trenza y destrenza su pelo.

Él engarza amaneceres como pompas de jabón.

Ella ahueca sus manos.

Él vierte el perfume.

Ella borra pasados con miradas.

Él inventa futuros con sonrisas.

Ella sonríe.

Él, por fin, mira.